METALITERATURA

Revista de literatura

Pretérito Imperfecto

7/24/2007 Textos

Primer capítulo de la novela inédita A DESTIEMPO escrita en el año 2006 por José Luis Valls, médico, médico psiquiatra, psicoanalista y escritor argentino residente en Buenos Aires, Argentina.

 
Por:   Valls José Luis

 

No me lo aceptaba, pero estaba mareado. Casi no podía sostenerme en pie. No quedaba ya una sola gota de la caja del Ye Monks que había traído hacía no menos de una semana. La había comprado en el freeshop de Ezeiza a buen precio. Es bueno ese whisky, todos los escoceses que tienen ahí a la venta lo son, pero ese siempre me gustó más, es un poco menos dulce que los otros. Hoy ya ni lo distinguía del alcohol de quemar. Me dejé caer sobre ese sofá, así como estaba. No sé cómo pero me aguantó. Durante un rato miré el techo que se movía en una órbita elíptica como si por un rato esa bebida hubiese transformado mi persona en un sol con sus planetas o un planeta con sus lunas. Yo era el centro del universo pese a que no podía asir a nada con mis manos. Miraba azorado cómo todo giraba en torno mío ¿De qué me servía si no lo podía dirigir? Yo, el rey sol. Mi cuerpo no me obedecía, nada ni nadie lo hacía ¿Qué había pasado? A mí, a Luis XIV. Sentía que una sensación de hastío me abarcaba como lo hace cada ola de mar antes de hacer añicos su ser sobre la arena. Había malgastado mi vida. No había cumplido. No era lo que había debido ser. Todo había comenzado a descalabrarse después del accidente. No pude superar esas muertes ¿Quién puede? Mi mujer y mi hija eran todo para mí. Si eran todo, de buenas a primeras me quedé sin nada, fui nada. Mi pasado me dejó sin futuro, sin presente. Pasaba la vida tratando de rellenar ese vacío. Siempre corriendo detrás de lo que nunca alcanzaba. Nunca debí permitir que viajaran en ese auto viejo, era nada más para la ciudad que lo tenía. Todo se deteriora con el tiempo y el auto también. A veces creemos que no cambiando las cosas de nuestro derredor conseguimos que no pase el tiempo. De tanto mirarnos en el mismo espejo dejamos de vernos. El tiempo es eso que se ve, el cambio, el deterioro de las imágenes que entrega ese vidrio plateado. Debí haberles prohibido que viajaran con mi dificultad de desprenderme de las cosas. Debí haberle cambiado los frenos a ese cachivache, no simplemente arreglarlos. Debí, debí, debí, me siento lleno de debís ¿Cómo pagar mis deudas? Después, eso del juego fue otra idiotez, uno no puede creer en la magia, ni creerse que va ser tan inteligente que le va a ganar a la banca. Ésta tiene mecanismos defensivos muy eficaces, llámense matones por ejemplo. Los tipos que le estaban dando una paliza al pendejo ese, no los conocía, debían ser nuevos ¿Cómo se llamaba el pibe? Oscar, o algo así. Pobrecito, tuvo suerte que justo pasaba yo por ahí en ese momento, que si no, no contaba el cuento. Mirá que estudiar los defectos de los bolilleros ¿Porqué estos pibes no usarán su capacidad de concentración en el estudio? Cómo debe ser el susto que se llevó que no lo vi más jugando, a lo mejor se curó. Pero si yo no aparecía se la daban, algo recibió, para que vaya teniendo, pero no le dieron todo lo que pensaban darle. No son joda esos negros hijos de puta, tienen una sed de sangre que aprovechan cualquier motivo para saciarla, son perros de pelea con smoking. Verdaderamente este es un mundo de mierda, todo lo que parece no es, ni siquiera es lo que no parece que parece. Ya me cansé. Antes creía que me las sabía todas, ahora que me las sé, sé que no sé ninguna. Pese a todo, pienso que no hubiera sido tan difícil ser feliz, pero todo era siempre después, nunca cuando lo necesitaba. No, nunca lo había conseguido. Y ya era tarde. Cuando uno ve las cosas ya es tarde, ya pasaron, el tema es prever, que no es sólo ser prevenido, es entender el pasado para darse cuenta de lo que va a ser el futuro. El problema es que a uno lo mata la maldita esperanza y sin ella no se puede vivir, pero es como querer llegar a rico ganando en la rula, nunca se cumple y siempre se renueva. Es el martirio de Prometeo por robar el fuego de los dioses, me acuerdo qué asco me daba el hígado que nos hacían comer cuando éramos chicos, hacía bien para la anemia nos decían. El mío se debe estar haciendo mierda con todo el whisky que estoy tomando ¡Maldita sea!

Me quedé dormido un rato en medio de esas angustias en el sillón grande de tres plazas que había comprado Marthe no se para qué (Sí se, para dormir ahí cuando se cansaba de mí, de mi cuerpo y de mis quejas), ese que está al pie de mi cama. Esperaba desesperadamente que ella viniera, necesitaba de su belleza, su calor, con su sola presencia me sentía mejor. Se estaba haciendo de noche, menos mal que encendí la luz al entrar en la habitación, si no, tendría que hacerlo ahora. Tengo que poner otra llave de luz de este lado, así cuando salga del baño no necesitaré cruzar la habitación para apagar o prender la luz. El trasladarme me cuesta cada vez más. Me hizo bien esa pequeña siesta, me sentí mejor cuando desperté. Parece mentira lo que puede hacer un pequeño sueño con la cabeza de uno. Últimamente me pasaba mucho eso de quedarme dormido en cualquier lado, aunque fuera unos minutos. En cambio a la noche, en la cama, insomnio total, contando los segundos, viéndolos pasar sin moverse.

Al despertarme, los planetas continuaban su danza, pero ya sólo como siempre, sin que nos demos cuenta. Yo simplemente estaba en uno de ellos, había dejado de ser el sol.

Esa guacha todavía no había vuelto ¡Cómo le gustan los pibes! Sentía el mísero deseo de que por lo menos viniera a coger acá, delante de mí y me dejara participar o por lo menos presenciar cuando se la cogían, cómo se revolcaba de placer cuando entraba una verga en sus túneles, en sus parques de diversiones, en sus trenes fantasmas. Pero no, ni eso, a gatas me dejaba ver algo de su belleza, cada vez menos tocarla ¿Qué tengo yo? ¿Qué es lo asqueroso mío? Pareciera que mi presencia le produjera náuseas ¿Porqué? ¿Por mi gordura, mi repugnante gordura? Marthe, amada mía, no aguanto más. No puedo más estar a tu lado y sentirte tan lejos. No tolero tu desprecio, tu maltrato, y sin embargo no puedo vivir sin vos. Vivo torturado por este amor loco. Soy yo el que desea vomitar. Soy un asco.

En ese instante me vino, como caballo desbocado, un impulso muy fuerte de masturbarme, la imagen irrefrenable de Marthe sobreexcitada cuando esas sombras imaginadas por mi desquicio entraban en sus agujeros le dio cierta alegría a la lágrima en que se había convertido mi miembro viril, pero ya casi no podía llegar hasta él, eran pocas las noticias que tenía de su existencia. Era otro de mis olvidos inalcanzables. Fue solo un momento, el suficiente para de nuevo hacer revivir esperanzas, pero nada más. Enseguida llego el NO, tampoco. Ni eso. Ese NO se había incorporado ya de manera definitiva en mi vida. Intenté reincorporarme. Recordé otra vez lo mucho que me costaba dominar mi cuerpo. Pensar que cuando era chico no lo pensaba, me ponía de pie de un salto casi sin darme cuenta. Eso se había transformado. Se había convertido en toda una tarea producto final de una compleja actividad de pensamiento que me agotaba ya antes de cualquier movimiento. Éstos debían tener su táctica y su estrategia, táctica y estrategia que debían renovarse en cada nueva situación. Debía bajar primero una pierna, luego apoyarme en el respaldo del sillón para bajar la otra, afirmarme en el suelo y así ¿Si probaba tirándome al suelo y luego sosteniendo mi espalda contra el borde del sillón? Otro de mis disparates, primero tendría que sacar la alfombra para que no resbalen mis pies, por otro lado la alfombra no convendría sacarla, para que amortigüe mi golpe en la caída, caer sobre la madera del piso directamente puede resultar más duro. Me debatía en esos preparativos que me abstraían de la percepción de la realidad. Mientras me concentraba en esas tareas podía pasar un camión a toda velocidad a mi lado que no me daba cuenta. Era peligroso, claro. Al principio pensaba que eso haría que Marthe no me deje sólo, pero nunca se mostró preocupada, dijo que confiaba en mí. De todas maneras caía en esas encrucijadas permanentes que devenían en dudas interminables, dudas paralizantes. Había sucedido en esos años que mi cuerpo había crecido a límites incalculables ad infinitum en todas las direcciones de las tres diferentes dimensiones posibles, aunque no de manera armónica, pareja. Principalmente había “crecido” en el sentido transversal y algunas partes más que otras, mi barriga por ejemplo, con ello había aumentado mi peso y todo era más difícil para mí, hasta pensar y sentir. Había muchas partes de mi cuerpo a las que me costaba llegar, ni sabía ya si estaban aún. La extensión de mi superficie se había sobredimensionado tanto que me sentía un imperialista de mí mismo, un mare nostrum de grasa, me resultaba difícil llegar a algunas de mis colonias vitales desde mi Aventino, eran provincias alejadas. Mis uñas de los pies, por ejemplo. Debía esperar a que Marthe se dignase cortármelas. Lavarme esos pies, qué difícil, corría peligro mi vida cada vez que pretendía hacerlo sólo. Era como querer pasar un ómnibus en la ruta dos en un Citroen 2 CV (conmigo arriba ni arrancaría siquiera, quedaría desarticulado en sus piezas de origen, todas sueltas, como caca de perro en la calle). Sabía de partes de mi cuerpo sólo por las noticias de los diarios, mi amor no me hacía darme cuenta que existían, ni me las acariciaba, ni me las miraba, ni me hablaba de ellas. Esto sucedía en esta época en que el cuerpo, su forma, su imagen, pareciera lo más importante para el común de la gente, mucho más de lo que era el pensamiento, su valor, como lo era en aquélla época cuando éramos chicos, antes de la segunda guerra, la importancia que tenían para nosotros los grandes pensadores, que por otro lado existían, o nos creíamos que existían. Esos pensadores que hoy deberíamos ser nosotros pero que no lo somos, nos la pasamos corriendo tras la guita o tras la fama, o tras no sé qué, que se escurre entre las manos. Así que me sentía apartado del mundo, despreciado por él. El ideal era la delgadez, la belleza corporal, la juventud, no más la inteligencia. Yo no tenía ni una ni otra, había devenido monstruo. Como cuando jugaba a asustar a mis primas en Orense. Ellas huían despavoridas pero no cesaban de reírse, querían en realidad que las alcanzara cuando me hacía el jorobado de Notre Dame, deseaban secretamente mis cosquillas ¿Qué habrá sido de ellas? La veo a Irene con su vestidito floreado y a Lina, siempre tan circunspecta, como volviendo de la procesión. Marthe, en cambio, no quiere que la alcance, no más. Sólo quiere que le de mi guita para ponérsela encima de su cuerpo. Cuando se entere de lo que me pasa con el dinero me abandona ¡No lo puede saber nunca! Quisiera matarla por interesada, se lo merecería, pero no puedo ¡Es tan hermosa! Su belleza me vuelve loco, me marea, me domina. La belleza de Marthe hace conmigo lo que ella quiere. Es mi dueña, soy su perro faldero. Al fin pude sentarme, afirmé mis pies en el suelo, me acerqué al respaldo de uno de los costados del sillón para apoyar mi brazo derecho y conseguir así el envión que lograra levantar mis casi doscientos kilos. Se necesitaba algo más que mi voluntad para eso, me había condenado a levantador de pesas perpetuo, levantador perpetuo de mi propio cuerpo, a cada instante batiendo records nunca homologados. La cama, pese a ser de esas bien fuertes, no iba a resistir mucho más. Nada iba a resistir más. Algo iba a estallar en mi vida. Quizá mi sobrecargado corazón, quizá mi alicaído cerebro, mi inmensa cabeza, mi desenrollada arteria aorta, mi engrasado hígado, mi inexistente futuro, mi pasado imperfecto. Con sumo esfuerzo llegué al borde del sillón, apoyé mi brazo y conseguí pararme. Vivía en un permanente camino de montaña, de esos que uno dice ¿Todavía faltan cinco kilómetros? Esos en que uno pareciera que nunca llega. Fui al baño. Como pude crucé la puerta, sentía un hambre devastadora, como siempre. Es fácil para los médicos decir que hay que comer menos, nada de alcohol y todas esas cosas que siempre dicen, como si la sociedad les hubiera ubicado en un lugar de freno contra los placeres de la vida y como si el placer fuera contrario a la vida. Lo que no saben decir, creen que no es tema de ellos, es ¿Cómo se hace? Como si uno no supiera de antes que tiene que comer menos, que tiene que tener una medida adecuada para todas las cosas. Las noches de insomnio era lo que más me mataba. Ese dormir de a saltitos, como policía en “imaginaria” ¿Porqué no me dormiré de una vez para siempre?

  Miré mi inmensa cabeza en el espejo, vi lo casi irreconocible de mi cara dentro de esa inmensa papada, algo escondida por esa barba espesa (no para mí que veía mi cara como si la barba no estuviera). Qué extraño, había veces que mi papada era lo único que veía, y otras que me parecía tener la cara de siempre, como si la papada fuese una especie de marco con pelos que hasta uno podía suprimir o aislar imaginariamente ¿Cómo hacer con mis manitas que dejaron de ser grandes para parecer chicas pues no crecieron tanto como el resto, para lavarla o refrescarla un poco? ¿Cómo hacer para agacharme? Mi barriga ya era tan grande que estaba lejos de poder abarcarla con mis brazos como en otras épocas, me costaba y hasta parecía una tarea imposible hacer llegar mis manos al lavatorio y subirlas con la carga de agua sin que se vacíen en el camino.

Lo logré, lo próximo es la toalla ¡Qué desastre! Me siento un inválido. Tendría que tomarme un valet o algo de eso que hiciera todo por mí, tendría que reconocer que ya no puedo hacer nada, absolutamente nada. Tendría, tendría. Y Marthe que no viene ¿Cómo mierda voy a hacer para pagarle a estos hijos de puta? ¿Este no es el encargado de cuidarnos? ¿Cuidarnos de qué? De ellos mismos. Es el mismo método de siempre, pagame que si no la mafia te va a hacer algo que vos ni te imaginás, no esperés que te manden avisos con papelitos, los avisos van a ser los hechos ¡Hijo de puta! Estoy en sus manos. Tendré que conseguir de alguna manera varios cargamentos más y dárselos todos a él, pero no me quedan reservas ¿Cómo aguanto? Marthe me deja en cuanto se de cuenta que no tengo más plata. Si me abandona me mato. Me muero de hambre ¡Ay!  Me dieron ganas de cagar, es un retorcijón, me cago encima, la puta madre. No me banco todo el laburo para llegar al inodoro, esperando que éste me aguante algo más que ella. Ya está, conseguí hacerlo, al fin, a tiempo, menos mal ¡Qué felicidad! Fue uno de los momentos más felices de los últimos tiempos. Quedé un rato así. Cerré los ojos intentando ver algo. Me pareció escuchar algún ruido en la habitación. Habrá llegado Marthe. Recordé que le gustaba darme sorpresas, jugar a las escondidas. Era fácil, con sólo ponerse detrás de mí ya escapaba a mis sentidos y a mis posibilidades de encontrarla. Aunque ubicarse ahí era peligroso, podría aplastarla sin darme cuenta.

-Marthe ¿Estás ahí? ¿Me podés ayudar a limpiar? Sabés que no llego y que puedo romper el bidé si me siento encima, tampoco llego a las canillas y me quemo. Ayudame ¡Sé buena!

Silencio. Serían ideas mías. Debo estar alucinado también. No sé porqué he caído tan bajo, tan indefenso en todos los sentidos. Si comienzo a escuchar cosas que no son y ver lo que no existe, estoy listo, delirium tremens que le dicen. Marthe me va a abandonar, un día de éstos carga sus cosas y no la veo más. Las minas te chupan la mosca y después te tiran. La puta madre ¡Qué mal me siento!

-Marthe ¿Estás?

Me acordé del ¿Lobo estás? –Me estoy poniendo la caperucita… Esas ocurrencias infantiles que de tanto en tanto me volvían, cada vez más, reminiscencias de Orense, cuando era más chico en todos los sentidos. Mirá que hice tanta guita y no volví a Galicia, soy un ingrato de mierda. Siempre quise huir de ahí, nunca se me había ocurrido volver, ir de visita siquiera ¿Y si me escapo allí? ¿Si me las llevo a Marthe y a la nena? No quiere, tendría que insistir. A lo mejor les atrae la novedad, a la nena en especial. Pero es inútil, con este tamaño es muy difícil esconderse, más aún su belleza, enseguida llama la atención. Nos descubrirían enseguida, semejante gordo con semejante mina no pasan desapercibidos. Además,  estos hijos de puta tienen contactos en todas partes, más en España. Son como Dios. No sé qué mierda voy a hacer. Para qué me metí en esto. No sé nada, ni cómo me voy a limpiar esta mierda. Ya sé, abro primero el bidé y luego me siento encima, pero voy a mojar todo, aunque peor es quedarme todo sucio. Bueno, lo conseguí, ya está, me senté encima y no pasó demasiado más que mojarse un poco el techo del baño. Se seca sólo. Estoy sentado encima del chorro. Bien. El próximo lío es apagar el chorro, cerrar la canilla. A ver si puedo hacerlo sin ver, tengo que acertar a la canilla. Ya está, menos mal. Conseguí secar esta inmensa carpa de piel y grasa que es mi culo. Hasta me paré, di vuelta y llegué a apretar el botón del inodoro ¡Vamos todavía! Me sentí mejor. Pensar que uno tiene que seguir viviendo sin saber cómo se hace ¿Hasta cuando? Enfilé hacia la puerta, no tuve necesidad de apagar la luz del baño porque no la había prendido antes pese a que no era temprano. A veces me gusta algo de penumbra, en especial el verla avanzar, sigilosa. El baño es muy luminoso por el ventanal, y es tan blanco, en  cambio el dormitorio es más oscuro. Marthe siempre me dice que el arquitecto lo hizo mal, que debería ser al revés, en parte tiene razón. El dormitorio es más oscuro porque le tapa la luz el cedro, ya casi se mete en el cuarto. Eso es lo que el arquitecto no tuvo en cuenta, lo que iba a crecer ese árbol. Abrí. Como el dormitorio estaba oscuro prendí la luz del baño para  iluminar algo el dormitorio con esa luz y no llevarme nada por delante.

Caminé algún paso y de pronto me paré. Sentí un escalofrío. Yo no podía haber dejado apagada la luz del cuarto, con lo que me cuesta hacer cualquier pequeñez, en cuanto entro al cuarto prendo la luz para luego no tener que ir a prenderla, hasta cuando es temprano lo hago.

No habían sido alucinaciones los ruidos. Alguien la apagó.

-¡Marthe!

Entonces fue cuando la vi. Estaba recostada en mi cama, pero del lado derecho, no del suyo. Me extrañó, además la expresión, parecía estar desnuda. Esto en cambio no es extraño, a ella le encanta dormir desnuda. Me impresionó la fijeza de la mirada, me miraba con los ojos abiertos, como si no me reconociera, como si le diera miedo ¿Miedo de mí? Me da vergüenza decirlo, pero por un instante sentí hasta cierto orgullo de que alguien me volviera a tener miedo. Hasta que me di cuenta que esa mirada estaba detenida en el tiempo. Ahí me angustié.

Recién en ese momento vi la sangre.

 

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