METALITERATURA

Revista de literatura

LA VERDADERA DIMENSIÓN

12/29/2007 Textos
A la memoria de Voltaire, padre de Micromegas
 
Por:   Gesualdi Norma Rodrigues
-Y bueno, qué quiere!, exclamó, en este pequeño mundo, exagerar es tan sólo una manera de hacerse perceptible. Si yo no exagerara, no podría percibir los fenómenos, que son tan microscópicos. Ocurre que, desterrado de mi mundo natural, fui arrojado a este universo de medidas infinitamente pequeñas. Cuando llegué aquí, fue terrible, al principio creí que estaba ciego y sordo. Durante largos días deambulé, sin saber por dónde, solitario y apesadumbrado. Recuerdo una única certeza, la de que había tierra firme debajo de mis pies. Lo demás era vacío y silencio. Mis sentidos dormían, como inexistentes, y no había estímulo alguno para despertarlos. Al poco tiempo tuve una leve intuición: la de una tenue, casi imperceptible, pero constante presencia. La sensación de no estar totalmente sólo, empezó a acompañarme. Era como una señal minúscula, que impresionaba en el límite de su receptividad, a un poderoso sensorio. Me inundaba una sensación extraña, como de magnitudes no correspondientes entre sí. Era, pensaba, como si se quisiera recoger un grano de arena con una grúa. Pero ahí estaba la señal y yo, esperanzado en la más leve compañía, seguía su pista hasta el extremo de lo perceptible. Y Aún más allá, hasta el comienzo de ese misterioso y privado reino de lo imaginable. Imágenes pretéritas, de mi mundo de “antes de llegar aquí”, se apoderaban de la pantalla de mi conciencia. Esto ocurría cuando la señal se reducía a cero y se imponía el silencio. Mi madre, mis pasados amores, la casa de mi infancia, se entrelazaban dándome a veces por largos momentos (mientras la señal estaba ausente), la sensación de realidad y compañía. Sospechar la irrealidad de mis ensueños, me arrojaba al más absoluto silencio. Otras veces, la pequeña señal empezaba vagamente a exigir mi atención. Entonces se producía un combate en el cual, entremezclados, se debatían para lograr el dominio, estos guerreros minúsculos, apenas perceptibles, cuyo rostro me era negado, y aquellos otros, con rostros y con nombres, escapados de mis libros de Historia: Atila, Napoleón. Con el correr del tiempo aprendí a soportar estas batallas. Fui empezando a desear, en secreto y en silencio, el triunfo de los guerreros minúsculos, que aunque sin rostro, daban señales que empezaban a acompañarme. Mis imaginaciones comenzaron a llevarme más hacia el futuro que hacia el pasado. Mi madre y la casa de mi infancia se iban espaciando. Mis antiguos amores perdían la nitidez de sus rasgos, parecía que en beneficio de un rostro, al que nunca había visto yo antes. Ese rostro se fue imponiendo dulcemente, ya sin violencia, transformando en promesas la nostalgia. Recuerdo que esa noche empecé a soñar. El nuevo rostro se repetía en mis sueños. Festejé alborotado el surgimiento de esa nueva pantalla en la que danzarían a partir de ahora, mis hasta entonces tristes imágenes. Una mañana, se me ocurrió la idea. Desperté sobresaltado y ya no pude seguir durmiendo. Fue ese el momento en que empecé con mis “exageraciones”, como usted llama a mis inventos. Le aclaro que las últimas señales que recibí, antes de la idea, se habían ido espaciando de manera alarmante. La última, lo recuerdo bien, fue tan sutil que arrastró consigo, en su búsqueda, a todo mi sensorio, ya extenuado hasta el límite del dolor. Nuevamente perdido entre señales inaudibles, me sentí abandonado a un triste destino: el destino de mis propias imágenes. Sabía que contaba ahora con mis sueños, pero tampoco eso me consolaba. el futuro y las promesas habían sido un engaño, urdido por mi, en verdad, desesperanzadas ilusiones. Desesperanzado, como ellas, lloré interminablemente. No obstante, sobrevino la calma, y con ella, la idea. Una íntima convicción de no dejarme doblegar, se apoderó de mí. Descreería del destino que aparecía como mío. Mi destino, más bien se me antojaba como el de quien transformaría en voz a esos sonidos inaudibles, y en rostro a esos rasgos invisibles. Sentí la obligación de no dejarlos perder en el vacío. Y por ese sentir supe que, también en sus ojos, pequeños ojos, empezaba a perfilarse por porciones, mi propio, gigantesco rostro. Ilusionado con este anhelo de reciprocidades puse manos a la obra. La tarea era clara, he aquí la idea: elevar al pequeño sujeto hasta mi gran tamaño. Fue así como construí el aparato al que he llamado “anteojo”. Dos lentes muy pulidas, sostenidas por un eje. Lo colocaría delante de mis ojos, e inmediatamente, el mundo microscópico aparecería aumentado tantas veces como yo hubiera pulido las lentes. Una vez montado el aparataje, y ubicado en su sitio, esperé a que surgiera la señal. No tardó mucho en presentarse. Rápidamente enfoqué el anteojo hacia el lugar desde donde pensé que provenía. Conseguí visualizar su rostro por unos segundos. Inmediatamente, supongo que asustado, se sustrajo al dominio de mi ojo ya con lente. Sacudido por el impacto, pensé largamente en esa imagen que ya no me abandonaba. Un rostro había interrumpido mi ceguera. Con mi anteojo, había tendido un puente. Ya no estaba sólo. El nuevo rostro, aunque fugaz, logró imponerse entre mis anteriores imágenes. Se mezclaba con mis sueños, mis recuerdos, los recuerdos de mis sueños; en combinaciones nunca vistas. Se distinguía, no obstante, por producirme un singular entusiasmo. Pero poco a poco se fue instalando una extraña certeza: ese rostro, que tomaba por nuevo, era en verdad, familiar. Y pronto me di cuenta: era el rostro que aparecía en mis sueños. El hallazgo me sumió en opuestas tempestades anímicas. Desesperanzado, era arrojado nuevamente al lugar del que quería escapar: el de mis propias imágenes, tan solo intercambiadas pero siempre las mismas. ¡No había rostro nuevo alguno! Mi extrema necesidad de compañía lo había inventado todo. No estaba por lo tanto, acompañado más que por mis propios deseos. Esperanzado, por momentos volvía a anhelar el triunfo de aquel rostro, y a saborear como un dulce placer, el reencuentro de su imagen en mi anteojo con su imagen en mi mente. Pasaron varios días antes de decidirme a repetir el experimento. Ese rostro fugaz que prontamente se sustrajo, me había conmocionado demasiado. Volví a enfocarlo con mi anteojo, ya infinitas veces. Noté que ya no se asustaba. Tan pendiente estaba yo de él que llegué a conocer el más mínimo de sus gestos. Y en sus gestos leí lo que pasaba ¡Era él quien ahora estaba perdido en el vacío y rodeado de silencio! Su rostro, convertido por mi anteojo, al tamaño de su rostro en mi mente, fue violentado por el tamaño de mi rostro, directamente, en su ojo. Mi tamaño excesivo, como antes para mí su pequeñez, lo había dejado sólo. Comprendí entonces que mi experimento no estaba todavía terminado. ¿Cómo lo continué, me pregunta? ¡Le diré que no fue nada fácil! Construir un anteojo para él, igual y contrario al mío, que en lugar de aumentar disminuya tantas veces como el mío aumenta y que además tenga tamaño microscópico, era, para mi pobre mente ya extenuada, casi un imposible. Pero no podía abandonar la empresa. El problema me habitaba y requería solución. Además, y creo que es éste el motivo más importante, nuevas oleadas de entusiasmo me inundaban, al vislumbrar un placer que podía ser todavía aumentado y mayormente compartido. Poco a poco se fue aclarando la solución en mi mente. Si intentaba yo mismo manipular el anteojo, lo destrozaría o se perdería irremediablemente entre los surcos de mi mano. ¡Él mismo y no otro, debería construir su propio anteojo! Llegar a una solución tan clara, me deparó un momento de alivio. De inmediato entré en nuevas oscuridades: ¿cómo se lo transmitiría? Después de largas cavilaciones tuve la certeza de que debía más bien impresionar otros sentidos. Llegar al ojo por el oído, esa fue la consigna. Debería ingeniarme para transmitir el mensaje con las instrucciones para el armado del anteojo. Mis conocimientos sobre acústica me estrellaron contra una barrera que parecía infranqueable. Si yo transformaba mi mensaje en una onda sonora musical, su velocidad de propagación correría la suerte de ésta, y sabía que las ondas sonoras, para poder propagarse, necesitan siempre de un medio. Este medio, el espacio, terminaría al comenzar el vacío que seguramente envolvía a un ser de tamaño tan diminuto. Y en el vacío, las ondas sonoras, lo sabía bien, no se propagan. Entonces, nuevamente el problema: ¿cómo llegar con mi mensaje allí donde no había quizás un medio apropiado para propagar la onda musical? La respuesta apareció de pronto, como si hubiera estado atada a la pregunta con un hilo muy firme de manera que, al tirar de él, se iba asomando, primero una, después la otra. Tiempo atrás yo había experimentado con lo que llamé “Música Semántica”. Fue un gran hallazgo en aquél momento, pero por algún motivo que no recuerdo, lo interrumpí sin seguir avanzando. La Música Semántica está constituida por Frases Armónicas ( le explico someramente para no aburrirlo; los detalles los encontrará usted desarrollados en mis notas de aquel tiempo). La Frase Armónica, lo es, porque está compuesta por palabras del mismo grado de complejidad. El resultado final es que el flujo sonoro entraña, indisolublemente unidas la frase musical y la frase verbal significante. En la música corriente, una canción por ejemplo, en cambio, el significado y la música están disociados en lo que se llama “letra” y “música”. En la música semántica entonces, la música y el significado están en el alma de la Frase Armónica. He aquí entonces que vislumbré la forma de transmitir mis frases: ya lo adivina usted, se propagarían por el espacio unido a las ondas musicales hasta que, terminado el medio de propagación de éstas, ingresaran ya solas, al universo diminuto de mi receptor, al cual, confiaba yo, sólo el significado tendría acceso. Por supuesto que contaba con una premisa que no se había demostrado: que cuando la frase tiene significado, su propagación trasciende los límites de la Acústica. Además, debo decirle que todo este sistema se apoyaba aún en otro supuesto: el de encontrar una particular escucha. Solamente un oído muy complejo sería capaz de percibir mi Música Semántica. Pero no tenía otra alternativa más que confiar en encontrar ese oído. Mi Música conquistaría su sordera, en el camino de llegar a abrir sus ojos. Construir la Frase Armónica fue la parte más difícil de toda mi tarea. Pero, finalmente, las instrucciones quedaron transformadas en una sorprendente sinfonía. Entonces, empecé las transmisiones. Debería hacerlas cada día a la misma hora y con el mismo tiempo de duración. Cualquier equivocación introduciría una modificación que alteraría irremediablemente los resultados. Fue un trabajo de paciencia y de gran dedicación. Durante meses y meses de transmisiones puntuales a las cinco de la tarde, no obtuve ningún resultado visible (yo lo observaba con mi anteojo ). Nuevamente se apoderaba de mí el desaliento. Y los reproches: porqué no me había conformado con mi primer invento y con las riquezas que me había deparado? La nostalgia volvía a instalarse en lo más hondo. Pero ahora eran nostalgias de momentos más recientes: el rostro y la primera vez que lo vi, en mis sueños. Y la segunda, cuando lo vi con el anteojo. También recordaba la primera intuición de compañía, que me arrancó de aquel desgarrador silencio. Pero ya todo aquello había pasado y me pertenecía. Y ahora, ambicionando lograr nuevas conquistas, estaba sumido en una cada vez mayor desesperanza. Me reprochaba no haber pensado antes en las dificultades. de pronto se me iban presentando. Quizás por alguna falla en el sistema, ya en la emisión o en la recepción, el mensaje no había llegado a destino. O bien, el mensaje había llegado pero no había sido entendido. Y la otra posibilidad, la más terrible y en la que no hubiera querido pensar nunca: el mensaje había sido recibido y entendido, pero no había sido aceptado. Pensar en esta posibilidad me desmoronó. Todo mi trabajo, cargado de sentido hasta unos momentos antes, se transformó de pronto en un vano y ridículo esfuerzo. Después de todo, qué sabía yo de su mundo! Quizás él no fuera, como yo un ser anhelante de rostros y sonidos, sino, por el contrario, su mundo se le derramaba en plenitud. Terminaba convencido de que era ésta y no otra, la causa de la falta de respuesta. Él había entendido mi mensaje pero no le importaba nada mi propuesta. No sé cuanto tiempo habré pasado en ese estado ( le aclaro que nunca suspendí las transmisiones). Sé que un día observé su primera respuesta: se dirigió a una especie de depósito de donde extrajo dos pequeños cristales a los que empezó a tallar concienzudamente. Una violenta agitación me recorrió. De inmediato me fui serenando hasta llegar a un profundo bienestar. Una extraña calma, al instalarse, me ilusionaba con el sabor de la conquista realizada. Mi mensaje había sido recibido, comprendido y aceptado. Había realizado el mejor de mis inventos: el trabajo que cada uno tenía que hacer para hacer aparecer el otro rostro en la lente de su anteojo. Yo, todavía informe en aquellos cristales, dentro de muy poco tiempo pasaría a ser también un rostro. Empezaba a prepararme para el momento ya cercano del encuentro. Y fue así como llegó el día, en que cada uno con su anteojo nos pusimos frente a frente. Fue el día en que, por primera vez nos vimos en nuestra verdadera dimensión. Norma Rodrigues Gesualdi normagesualdi@gmail.com www.normagesualdi.com.ar
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