METALITERATURA

Revista de literatura

Tres versiones de Santa María

8/27/2014 Onetti

En esta monografía trabajaré con las novelas: La vida brevePara una tumba sin nombre y La muerte y la niña de Juan Carlos Onetti, con el objetivo de hacer una reflexión sobre la composición del espacio ficcional de Santa María[1]. Hare un rastreo de los elementos que conectan este espacio a lo largo de las novelas trabajadas y también de los elementos de inestabilidad que están directamente relacionados con las particularidades de cada texto. Me enfocaré en el estatuto ficcional de Santa María  en cada caso, es decir, en el nivel de ficción que ocupan en relación con la narración, con los personajes de Diaz Gray y de Brausen, y con los espacios reales referidos en el texto como Buenos Aires.

 
Por:   Winocur Manuel

 

La pregunta central para comprender el funcionamiento del espacio ficcional de Santa María es cuál es el estatuto de realidad de Santa María en el marco del relato. Los relatos de Onetti se caracterizan por su trabajo y su reflexión sobre la construcción de la ficción misma, y Santa María se articula como el eje espacial de esa reflexión. Identifico en las novelas de Onetti una compleja estructura de narraciones dentro de narraciones que dan lugar a una serie de niveles de ficción, niveles que a su vez se confunden y se difuminan por momentos, borrando los límites que los separan. La Santa María de La vida breve se encuentra, en principio, en un segundo nivel de ficción, inventada y relatada por el narrador en primera persona, Juan María Brausen; mientras que en Para una tumba sin nombre asciende al primer nivel de la ficción, con el mismo estatuto de realidad que el narrador en primera persona. Este primer estatuto aparente se irá desarmando en cada novela a través de diversos desplazamientos y procedimientos que generan ambigüedad. A partir de estas categorías, de estatutos de realidad y niveles de ficción, profundizaré en cada novela, marcando los procedimientos que establecen y deconstruyen estos estatutos de realidad de Santa María.

El otro par de categorías que me propongo utilizar es el de elementos de estabilidad y elementos de inestabilidad. Se trata de un juego de similitudes y diferencias entre las diversas construcciones de Santa María que permiten dar una identidad a este espacio ficcional que nos permite reconocerlo como una constante en la obra de Onetti, y que a su vez multiplica las Santa Marías en un sistema especular de distorsiones que responden a las particularidades constructivas novela y a veces también a cada momento de la narración en el interior del texto. El estatuto de ficción del que hablaba se mueve también en este espacio de similitudes y diferencias. En conformidad con estas ideas, Saer anota:

“A propósito del espacio-tiempo, habría que detenerse quizá en Santa María, el lugar imaginario de Onetti, intercalado en un impreciso punto geográfico entre Montevideo y Buenos Aires, por lo menos en el diseño de su inventor, Brausen, y al que sólo es posible darle el nombre genérico de lugar a causa de su estatuto y sus dimensiones imprecisas... (…) Este lugar, a diferencia de otros territorios imaginarios de la literatura, que disfrazan someramente una región real, tiene una serie de extrañas características que expresan lo que podríamos llamar las tendencias barrocas de Onetti, ya presentes en La vida breve, y que alcanzan una curiosa exacerbación en Para una tumba sin nombre y La muerte y la niña. En estos dos relatos, espacio y tiempo, ficción y narración, experiencia y fantasía, verdad y falsedad, realidad y representación literaria, son sometidos a diversos trastocamientos, en los que presentimos que la reflexión sobre las paradojas de la ficción prevalece sobre la representación misma” (Saer, 2012: 13, 14)

Como indica el autor, el foco estará en las paradojas, contradicciones y conflictos de los estatutos de realidad y ficción, y no tanto en las características estables que pudieran apuntar a una realidad referencial. Entre estas características estables se encuentran, además del mismo nombre de la ciudad, una serie de personajes y espacios más o menos recurrentes y definibles. El elemento estable más claro es el personaje Diaz Gray[2], asociado frecuentemente al espacio de su consultorio desde donde el Brausen de La vida breve comienza a construir la ficción de Santa María, y que marca también la primera escena de La muerte y la niña. Diaz Gray es un médico de unos cuarenta años, que Brausen inventa en La vida breve y que luego pasa a ser narrador en Para una tumba sin nombre y, alternativamente, narrador o foco de la narración en La muerte y la niña. Luego se observan elementos geográficos que permiten describir a Santa María como una ciudad pequeña, en la costa de un río, con una plaza central, un mercado viejo, y una colonia suiza en las inmediaciones. Conocemos algunos datos de su historia, de su fundación y su demografía, en su mayoría de descendencia nórdica; y sabemos también que son de usos y costumbres tradicionales, y de religión cristiana. Pero, como indicaba Saer, son los elementos inestables, lo que hacen a Santa María tan difícil de cartografiar, los que nos interesan particularmente para hablar de cada novela. Ya definidas las categorías de análisis, paso entonces a hacer un análisis comparativo de los textos elegidos.

El estatuto de Santa María en La vida breve es, en principio, el del espacio inventado, el de una ficción que construye el narrador Brausen, de un lugar que no existe. Aquí el acto fundacional, la creación de Santa María y de Diaz Gray, su primer habitante, están motivados por una necesidad de dinero, pero también, como se demuestra muy pronto, de una necesidad de Brausen de huir de sí mismo y de la Buenos Aires que lo rodea. El motivo de la huída será fundamental en esta novela y tanto Brausen como Diaz Gray se dan a la fuga al final de la novela, lo que llevará a Brausen a Santa María. En esta novela, la otredad de este espacio ficcional comienza a corroerse a medida que Brausen deja de hacerse cargo de su propia vida para entregarse a sus ficciones. Los niveles de la ficción se desdibujan en diversas identificaciones. Para Brausen, el espacio de Buenos Aires es el campo de batalla contra la tristeza, en el que siempre se pierde, Montevideo es el lugar del origen, la familia y la infancia, y Santa María es la libertad, y la posibilidad de salvación. Brausen establece con Santa María una relación de apropiación que desplaza el estatuto de verdad de la vida inmediata de Brausen:

“Tantas cosas, definitivamente mías, y que empezaban a  ser lo más importante y verdadero: toda la ciudad y la colonia, el consultorio, la plaza, el rio verdoso, ellos dos en un mediodía, alimentados por la culminación de la gran blancura solar, hechos concretos por las sombras redondeadas y retintas en las calles, conservándose para mí gracias al silencio y la especial soledad de la hora.” (Onetti, 2007: 94)[3]

En La vida breve encuentro a menudo una identificación parcial entre Diaz Gray y Brausen, y entre Diaz Gray y el conjunto de Santa María. A menudo Diaz Gray asume la primera persona que le pertenecía a Brausen, desdibujando la brecha entre creador y creación. Dice Brausen: “...fui yo mismo, vestido con un largo guardapolvo mal abrochado, quien mantuvo abierta la puerta del consultorio hasta que la mujer desconocida pasó rozándome...” (Onetti, 2007: 50) En esta identificación acerca los dos planos de ficción que separan a Brausen y a Diaz Gray, y encuentro en ella la expresión del deseo de huída de Brausen que se consumará al final de la novela. Con el tinte de ese deseo y una vaga mutación física, dice Brausen: “... atravesaba con los ojos los vidrios de las gafas y de la ventana del consultorio en Santa María para dejarme acariciar el lomo por las olas de un pasado desconocido, mirar la plaza y el muelle, la luz del sol o el mal tiempo.” (Onetti, 2007: 185) Este acercamiento también funciona en la otra dirección, ya que Diaz Gray intuye la existencia de Brausen, lo nombra, conoce de alguna manera su estatuto de creación ficcional de un Brausen, que a su vez se intuye construcción ficcional. Los límites entre los dos niveles comienzan a difuminarse más a medida que avanza la novela: la aparición de un personaje llamado Onetti, que apunta (de manera ambigua) a la realidad referencial de la construcción de la novela, y el cruce de Macleod que luego de despedirse de Brausen en Buenos Aires aparece como dueño de hotel en Santa María.

De la sección final quisiera enfocarme en dos secciones que me parecen y representativos para definir el estatuto de Santa María en La vida breve. Ambas escenas están marcadas por la figura del mapa de Santa María[4]. En la primera sección Brausen intenta fijar la imagen aérea de Santa María y luego dibujar un mapa que termina por hacer pedacitos: “Luché por la perspectiva a vuelo de pájaro de la estatua ecuestre que se alzaba en el centro de la plaza principal (…) la estatua levantada por la contribución gustosa y la memoria agradecida de sus conciudadanos al general Diaz Gray” (Onetti, 2007: 344) Aquí se observa una nueva identificación entre Diaz Gray y el conjunto de Santa María, ya que no sólo Brausen lo ubica en la estatua ecuestre antes vacía, sino que le asigna su nombre a una calle, un parque y una confitería, mezclando la categoría humana con la espacial en un solo gesto originario de creación ficcional. La figura de la estatua ecuestre es central para la configuración de Santa María, y volverá a sufrir otra transmutación en la novela La muerte y la niña. La creación y destrucción del mapa consiste en un juego entre la apropiación que Brausen hace de Santa María, su insistencia sobre la posesión, y la gradual independencia que va ganando este espacio hasta llegar a convivir con el espacio de Buenos Aires y Montevideo. En el anteúltimo capítulo, Brausen ubica a Santa María en el mapa y huye de Buenos Aires junto con Ernesto. Aquí vuelve a aparecer el mapa donde se marca la posición de Santa María. Resulta significativo que el camino que deben trazar para llegar a Santa María sea oblicuo, largo y sinuoso. Dice Brausen: “…establecí el tiempo y el rodeo necesarios para llegar a Santa María a través de lugares aislados, poblachos y caminos de tierra, donde sería imposible que nos cayera en las manos un diario de Buenos Aires.” (Onetti, 2007: 371) Para entrar en el nuevo nivel de ficción los personajes deben emprender una fuga sinuosa y extendida, alejarse del nivel de realidad de Buenos Aires, deben detenerse en las afueras de Santa María y entrar despacio. Como en todos los aspectos, el camino geográfico que lleva a Santa María está marcado por los desplazamientos y las ambigüedades.

La Santa María de Para una tumba sin nombre invierte su estatuto con respecto a Buenos Aires, y ahora se narra como la realidad estable del narrador en primera persona, del doctor, presumiblemente, Diaz Grey; mientras que la ficción en segundo nivel, la de Rita y el Chivo, transcurre en Buenos Aires. En esta novela se configura una tensión entre el avance de la modernidad reflejado en la figura de la gran ciudad bonaerense, en los recorridos del microcentro que van de Retiro a Constitución; en contraste con la tradicional Santa María. Buenos Aires es el lugar de la pobreza y la mezquindad, donde se construye el relato de Rita y el chivo. Allí, por ejemplo, se contrasta la circulación del dinero para acentuar este aspecto: “…espiarla a su lado, anónimo, verla grotesca y malvestida mendigar con trampa un dinero que yo le hubiera dado años atrás en Santa María multiplicado por cien aunque necesitara robarlo.” (Onetti, 2012a: 146) Se opone una Santa María mítica, generosa, al relato de una Buenos Aires mezquina y pobre. Pero ese relato y esa tensión están constituidos desde el doctor, y desde Jorge Malabia, dos personajes recurrentes de Santa María que, desde su posición de “notables”, es decir, defensores de la tradición sanmariana, configuran un relato en el cual Buenos Aires es un lugar otro. Los viajes a Buenos Aires, de Rita pero también de Jorge y de Tito, tienen siempre como desenlace una vuelta al espacio de Santa María, una búsqueda del origen que pueda dar sentido al hastío de la gran ciudad.

Otro elemento que compone la tensión entre los dos espacios de esta novela es la alusión al avance de los medios de transporte. Jorge Malabia, defensor de la tradición, se empeña en moverse a caballo en un contexto en que ya sólo se monta por deporte; y a su vez construye el relato de la mezquindad alrededor de las dos grandes estaciones de tren de Buenos Aires donde se movilizan las multitudes anónimas. Sobre el empeño de Jorge Malabia se dice en la novela: “Porque todos ellos, los amigos de su niñez, tenían o usaban automóviles, jeeps, motocicletas; ayudaban así a que la ciudad, Santa María, olvidara también sus orígenes, su propia infancia, su próximo pasado de carretas, carricoches, bueyes y distancias.” (Onetti 2012a: 161). También hay un trabajo de contrastes con la vestimenta, en la que se ridiculiza a un joven Malabia que adopta las modas de Buenos Aires, como representante de la vanguardia europea; y que luego se contrasta con las vestimentas tradicionales que Malabia recupera: “No traía entonces el traje ciudadano sino otro disfraz, casi ya un uniforme, usado por los jóvenes no definitivamente pobres de Santa María en aquel verano.” (Onetti, 2012a: 128) Este contraste se suma a la serie de contrapuntos que construyen los espacios en esta novela.

Santa María, como lugar de origen y de infancia, se construye de manera casi idílica, con un paisaje rural y costumbres enraizadas, como lugar del que se huye y al que se vuelve irremediablemente. Refiriéndose a Rita y al chivo, relata Malabia: “…cuando comprendió que ya no podía protegerlo, que iba a morir, se lo trajo a Santa María. Lo trajo al pueblo natal, el país de la infancia, donde todo es más fácil y los finales son felices.” (Onetti 2012a: 167) En esta ironía se condensa la clave de interpretación de la Santa María de Para una tumba sin nombre. Se trata del lugar estático, de no-movimiento y no-tiempo, desde el cual se puede construir la narración de lo mezquino. Y es además el espacio idílico en el que se nace y en el que se viene a morir, el lugar donde la tradición resiste al avance de la tecnología y la deshumanización que se ilustra en el relato de Rita, donde lo que falta es la piedad. Pero esta construcción de Buenos Aires no debe tomarse con ingenuidad porque está claro que el invento de este relato proviene de los “notables” de Santa María, que ponen en boca de Rita la farsa del hastío y del fracaso con cierta ironía, y que se refieren a “…una Santa María definitivamente mítica.” (Onetti 2012a: 155), es decir, modulada por el discurso del privilegio y la resistencia de la tradición al paso del tiempo. Pero desde el punto de vista del narrador, esta Santa María es estable, tiene una larga historia, y funciona como nodo estático que da cuenta de una construcción inestable y mezquina de la modernidad, ilustrada en una Buenos Aires caótica, pero proyectada en un nivel inferior de la construcción ficcional.

Finalmente, el caso de La muerte y la niña presenta una Santa María en el primer plano de la ficción, es decir, al mismo nivel que la realidad del narrador en primera persona, o focalizado por una tercera persona, pero con una amplia cantidad de desplazamientos y ambigüedades que nos remiten más a la Santa María ficcional de Brausen de La vida breve, que a la Santa María estática de Para una tumba sin nombre. Encuentro algunos elementos de estabilidad y enraizamiento en esta novela: un Malabia tradicionalista, que sigue negando el avance de los medios de transporte a pesar de poseer ya dos automóviles, los espacios de la Colonia Suiza y los mitos fundacionales ligados a ella. Pero sin duda lo que marca este relato son los desplazamientos e inestabilidades.

En esta novela se observa un complejo juego de orígenes que giran alrededor de identificación y desplazamiento de las ideas de Dios, autor y fundación; que determinan de distintas maneras el estatuto de realidad de Santa María, dentro del mismo texto. La voz del narrador alterna entre una primera persona de Diaz Grey, que cómo en Para una tumba sin nombre nos remitiría a un primer nivel de ficción de Santa María; y una tercera persona que focaliza al médico pero a veces irrumpe con una primera persona que nos remite a la subjetividad de Brausen. La novela expone una serie de tradiciones religiosas cristianas, la mención de Jesucristo y los votos de un cura, que se yuxtaponen a la existencia de Brausen que es Dios padre, autor y héroe de Santa María. Brausen toma además la posición central de la ciudad, es decir, en la estatua ecuestre de la plaza central ya referida en La vida breve, espacio que primero estaba vacío, luego ocupado por un mítico Diaz Gray, y en este caso por una estatua de Brausen que además sufre una serie de mutaciones animales a lo largo de la novela, mutación dudosa que sólo se revela a los observadores atentos: “…el caballo tiraba a vaca mansa y la figura de arriba tenía rasgos de potro, de bestia indomable.” (Onetti, 2012b: 330) Este rasgo irónico que refiere al carácter rural y económico de Santa María insiste además sobre el borramiento del estatuto de realidad de la ciudad, siempre a merced de la voluntad caprichosa del escritor/Dios Brausen.

Produce gran extrañeza la conciencia que tiene Diaz Grey de su propia ficcionalidad, y es más, de ficción creada por Brausen: “Juan María Brausen, maldita sea su alma que ojalá se abrase durante uno o dos pares de eternidades en el infierno adecuado que ya tiene pronto para él un Bráusen más alto, un poco más verdadero.” (Onetti 2012b: 304)[5] Es particularmente significativa esta última cuantificación, como si hubiera una graduación de verdad que aumentara a menudo que se escalan los niveles de ficción. Por otra parte, Goerdel, Bergner y Malabia son los personajes que existen definitivamente en el nivel del relato de Santa María, como fuerzas aliadas y opuestas, pero enraizadas en las tradiciones histórico-religiosas y en la realidad de Santa María, mientras que Diaz Grey y Brausen atraviesan los niveles de ficción para crear estas inestabilidades que enrarecen el relato.

Además de los personajes, el espacio mismo presenta una ambigüedad en su historicidad. Santa María es un espacio que fue creado de un solo gesto de su creador Brausen, pero en este relato parece haber obtenido un pasado, una historia. Hay en la novela un relato de la fundación de la Colonia Suiza, y un surgimiento de la historia como fuerza creadora, que es una fuerza que está en conflicto con la creación súbita del autor Brausen: “Creo que esto es personalidad nacional ya cristalizada históricamente” (Onetti, 2012: 338) Aparece la posibilidad de una identidad, y de un concepto de nación que le agrega una dimensión histórica al espacio de Santa María. En el ámbito de los personajes de la ciudad sucede lo mismo. En contra del capricho del autor, que no les permite envejecer o los hace envejecer con funcional torpeza, que no registra el paso del tiempo de una manera regular, que maneja a sus súbditos desde el cielo; se erige la posibilidad de una historia, de un pasado comprobable: “-Hay un pasado –dijo casi con asombro, como si no lo entendiera del todo.” (Onetti, 2012b: 322) Un pasado que se registra en la historia de Goerdel, la llegada y la narración de fundación de la Colonia Suiza. Y también en Diaz Grey, en quien aparece la posibilidad de una historia previa al acto creador de Brausen, unido al recuerdo paralizado de una niña de tres años. En síntesis, para ambos personajes, la posibilidad de una genealogía. Pero como el relato no es ingenuo, reconoce en esta genealogía nada más que otro nivel de la ficción, distinto pero equivalente a los demás. Lo que resulta entonces es una multiplicación especular de ficciones de Santa María, que coexisten en tensión en el discurso religioso, histórico-fundacional y literario: “Siempre sentía la reiteración; los héroes y los pueblos subían y bajaban. Y el resultado que me era posible afirmar, lo sé ahora, era un ciento o miles de Santa Marías, enormes en gente y territorio, o pequeñas y provinciales como esta que me había tocado en suerte.” (Onetti, 2012b: 339)[6]

En conclusión, he registrado una serie de constantes y mutaciones en la construcción de Santa María a lo largo de las tres obras que permiten ilustrar la forma en que Onetti trabajaba con este espacio imaginario, sin fijarlo nunca y siempre en una modulación de estabilidades e inestabilidades que se articulan en relación a los diversos narradores y a los niveles de ficción que presenta cada novela. Tal vez los elementos constructivo más importantes sean los contrastes en los que se configura el espacio de Santa María: a veces destino y a veces origen de la fuga, a veces resguardo y lugar de reposo, y otras veces origen de la calumnia el odio, a veces inmanencia de la creación literaria y a veces complejo resultado de una genealogía. Pero incluso en este vaivén de modulaciones, llega a perfilar un conjunto de características de espacio rural mítico, de defensa de la tradición, que nos permiten darle un carácter general. La gran habilidad del autor consiste en la creación de un espacio que atraviesa las novelas sin lograr nunca una completa identidad con sí mismo, como si fueran tres versiones especulares de una misma Santa María.

Bibliografía

Onetti, Juan Carlos, 2007, La vida breve, Buenos Aires: Punto de lectura.

Saer, Juan José, 2012, “Prólogo. Onetti y la novela breve” en Novelas Breves, Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Onetti, Juan Carlos, 2012 (a), Para una tumba sin nombre en Novelas Breves, Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Onetti, Juan Carlos, 2012 (b), La muerte y la niña en Novelas Breves, Buenos Aires: Eterna Cadencia.

   



[1] Para este trabajo decidí no incluir bibliografía crítica para priorizar un trabajo intensivo con los textos.

[2]    Hay una inconsistencia interesante en la manera que se escribe el apellido de Diaz Gray. En La vida breve Onetti escribe Gray con “a” mientras que en La muerte y la niña aparece con “e”. La diferencia de escritura no hace ningún cambio en la pronunciación inglesa y ambas formas se utilizan para denominar el color “gris”. Este pequeño desplazamiento que solo se advierte en la escritura parece un detalle precursor de la differánce de Derrida. Yo intentaré respetar para cada novela la escritura correspondiente. 

[3] Sería pertinente hacer un estudio de las variaciones climáticas y paisajísticas en estas novelas, que revelan procedimientos muy interesantes, en la importancia de la lluvia, la tormenta y los días soleados. Pero este desarrollo excede los límites de este trabajo.

[4]    Mapa que alguna vez el mismo Onetti quizo dibujar y que dejó inconcluso.

[5] El subrayado es propio

[6] El subrayado es propio.

 

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