METALITERATURA

Revista de literatura

El alma de los Parias por Jorge Nedich

10/26/2014 Interesante

Jorge Emilio Nedich, nació en Sarandí, Partido de Avellaneda, Buenos Aires en 1959. Sus anteriores novelas, Gitanos, para su bien o para su mal (1994), Ursari (1997), Leyenda Gitana (2000), La extraña soledad de los gitanos (2001), huellas, evidencias, pistas que condujeron a la actual propuesta: El alma de los parias; textos relacionados entre sí, no por el tema, sino por la evolución de los dispositivos de escritura. En esta última, un narrador maduro y sensible irrumpe con toda su potencia, una voz que encuentra su lugar en las letras entre narradores argentinos.

 

 
Por:   Abregú Ana

Abordar éste, el último libro del escritor Jorge Nedich, me produjo algunas contradicciones con reflexiones sobre muchas otras obras, en cuanto al género que se declara autobiográfico y la relación entre palabra y suceso.

El narrador, Stieva, escribe a su hijo, para intentar contarle sobre sí mismo y más que nada las motivaciones aparentes por las que se han mantenido alejados, ya sea por las circunstancias como por las resistencias del narrador.

Se percibe que habría alguna imposibilidad de comunicación entre padre e hijo, el registro del texto es un diálogo con el hijo; éste último se hará presente en preguntas retóricas con que el protagonista, el narrador, emprende el relato de su propia vida, he dado todas estas vueltas preparándote para poder hablarte de mí, dice el narrador, casi al comienzo del libro; la frase, precursora, ambigua, se abre a la idea que el narrador puede actuar sobre el destinatario, preparándote, dice Stieva.

La peculiaridad del lenguaje se entrecruza con la peculiaridad del escritor, Jorge Nedich pertenece a la etnia Gitana, la implicancia del hecho está imbricada en esta autobiografía, el propio texto revela la relación entre palabra y etnia, entre palabra y cultura que son a su vez la temática del texto, diferenciándose la palabra que deviene de la oralidad a la de la escritura.

Los gitanos, nómadas por cultura, no tienen escolaridad, apenas quizás unas pocas asistencias en la primaria y ausencia en la secundaria, nos cuenta el narrador.

Este texto recorre la historia de su protagonista, que es la búsqueda del hijo a través de la búsqueda del lenguaje.

Se relata la pesquisa de las palabras que no fueron dadas, sino que tuvieron que conquistarse, atravesando limitaciones, prejuicios, percusiones de una sociedad que por una parte exige que sea  quien no es pero cuando puede serlo lo rechaza.

Los gitanos, en esencia, no expresan su mundo mediante un lenguaje escrito producto del aprendizaje y elaboración que deriva del colegio o la formación escolar; Stieva, es una excepción. En este texto Stieva exhibe la revelación que le significó la literatura.

Stieva descubre, por el contrario de lo que le han inculcado, que la libertad es la palabra –un juego la frase misma y su significado, el texto abunda en estas interesantes ambigüedades, producto del uso de la palabra para expresar el doble sentido, la palabra y su significado-,  y que ha estado encerrado en  un círculo que lo ha mantenido fuera de esa otra realidad.

Stieva es como el hombre que sale de la caverna de Platón,  ve el mundo real, y cuando vuelve, intenta dar cuenta de ese otro escenario; el resultado es el que ya conocemos, rechazo, miedo, exclusión, soledad, un estado al que no podrá regresar, la ignorancia.

El mundo que descubre es la palabra, no sólo por su sentido, sino por su forma;  los gitanos son sociedades iletradas, ágrafas, aún así es pobre  intento de explicar la fascinación de una voz que se ha obligado a comprender las palabras como objetos en sí mismos, además de constitutivos del lenguaje; la pronunciación, la magia de encontrarles sentido a la forma y a su definición, como un gerundio retiene las imágenes congelándolas, dice Stieva, usando la definición como metonimia visual.

En este rol, las palabras como objetos visuales,  el texto reproduce una armonía, además de una impresión iconográfica que trasmite un sentimiento comparable a la que el mismo Stieva emite, imágenes sacras, el sentido superior de poder expresarse con palabras, que en el texto presenta una desmesura jubilosa.

Stieva tiene que acomodar el lenguaje a un mundo que no ha estado representado por palabras escritas, un mundo tutelado por reglas que se modela bajo la carga de sostener la cultura, las conductas, el futuro; Stieva tiene que satisfacer un vacío de palabras e intervenir en ese mundo; desde ese punto de vista, tuvo que inventar una forma de explicar y explicarse una existencia que intenta resistirse precisamente a la relación de la palabra escrita con ese mundo. El resultado es una forma única de relato, contradictorio, venciéndose a sí mismo, ir contra lo que le han enseñado: la innecesaria intervención de la palabra escrita como un modo de protección contra una evolución de la sociedad en la que no se sienten incorporados y a su vez, los margina.

La conmovedora historia no es meramente un relato de vida, los dispositivos por los que circula la posible interrelación entre palabra y mundo, palabra y sonido, estructura de lenguaje y referente, constituyen los elementos que colocan en juego este texto, envolviéndose a sí mismo entre significados, sentido, interpretación.

El narrador no es un descifrador, es un constructor que tiene que dar cuenta de una cosmogonía compleja, la gitana, que se ha resistido al lenguaje representativo, intransigencia que es norma, mandato y cultura; suplantada con la observación como validación de la experiencia de vida.

Este narrador, ahora letrado, parece realizar el mismo movimiento: buscar la relación entre la validez de  sus reflexiones, con el instrumento de la palabra, para lo cual utiliza recursos del animismo en la relación con los objetos como modo de trasmitir sensaciones, el auto de mal ánimo, dice el narrador, que amplía con el uso de comparaciones;  Stieva traduce su mundo entre figuras con animales: iguanas, perros y otros, que funcionan como intermediarios metafóricos, comportamiento comparado a través de la observación de lo que tiene a su alcance un niño que creció sin escolaridad y una cultura que le enseña a dominar el entorno natural.

El relato de lo que antes no tenía lenguaje escrito para transmitir, la forma de traducir su realidad visual y sensorial al uso de la palabra, el artificio literario, la comprensión de una forma simbólica, sintetizar ideas abstractas y transmitir el mundo visual son las complejidades que atraviesan  la carnadura del relato en el que vibra la circunstancia azarosa de la reconstrucción de una identidad que necesita integrar ambas realidades, el ser gitano, tener acceso a la palabra escrita.

En este movimiento, el narrador recrea texturas entre el significado y la forma; la mixtura entre el lenguaje como elementos y el lenguaje como objetos independientes en relación visual extra temporal, la musicalidad, la forma, lo que se cuenta y el peso del resultado: frases gramaticales, organización lingüística, premeditación en una trama con saltos temporales, réplica del funcionamiento a la manera de la forma gitana, la evocación, la reposición de historias cuyo soporte es el recuerdo, la rememoración, la operación de contar;  Stieva, en definitiva, replica lo que aprendió, la organización de la biografía en saltos temporales en función de la necesidad de establecer un por qué, una explicación, una consecuencia, tal vez un accionar moral o conductual, en el que hay enseñanzas, crítica social, política.

El registro de fechas, dice Stieva, no tiene sentido en la cultura gitana, el tiempo, no es secuencial, el relato replica la sensación de inmanente presente, las palabras para contar, están en el presente, independiente del tiempo verbal del texto o la circunstancia anecdótica de referencia.

Lejos de constituir un enigma,  revela Stieva, ha conseguido el ingreso a la Universidad, en la Carrera de Letras.

Asistimos al relato de las dificultades y circunstancias que ha tenido que atravesar  Stieva para llegar al propio texto, en el camino, el enlace con formas literarias y artificios de representación, la poética del autor se vuelve íntima, emotiva, reposición de palabras en el lenguaje materno, manu, papu, como afirmación de cánones teóricos, el lenguaje del escritor, es el lenguaje de la infacia, entre otras articulaciones teóricas por las que este texto circula casi con devoción, lo que da la idea de regodeo en el reconocimiento de conceptos y teorías literarias, de homenaje al conocimiento formal.

La lectura de este texto me ha provocado una reflexión sobre posiciones respecto al diseño del proyecto escritura; Onetti decía - y no es una cita textual-, que aquella palabra que se quería trasmitir con el texto, es la única palabra que no debía estar en el texto; sin embargo en la novela de Jorge Nedich, esta regla cae ante la fuerza y necesidad de la voz narradora que parece necesitar todas las palabras que le costó adquirir.

El texto es un conmovedor relato del viaje hacia el lenguaje, vibra en sonoridades y colores, filosofía y teoría; así de literal es la realidad en la oralidad, dice Stieva, con la filosofía volví a recuperar la metáfora, la sabiduría que anida en el sesgo de la frase, dice Stieva.

El narrador, en el afán de recuperar al hijo con este instrumento que lleva tratando de adquirir durante casi toda su vida, la escritura, cavila sobre la diferencia entre los que aman la literatura y los que viven en ella.

Entre los niveles de narraciones que intervienen, destaco los recuerdos familiares, sin dejar de lado la importancia de la reposición hacia la escritura de las evocaciones que tuvo que sufrir una conversión desde Stieva en el pasado, al presente: Stieva en poder de la palabra; sólo éste último puede indicar: Mamá es una simbolista incomparable de corte machadiano, frase gráfica de la evolución de Stieva en la comprensión del mundo al que se esforzó por alcanzar.

En referencia al título, el Alma de los parias, el alma de Stieva, alter ego de Jorge Nedich  en la búsqueda de acomodar su identidad, entre los nuestros los tuyos, palabras del narrador con que marca la diferenciación cultural, con un texto que parece operar como asimiló, nómada entre teorías y formas literarias, consagrando a la reposición de relatos, ahora con el instrumento de la escritura como soporte para constituirse en un yo que parece no encontrar dónde encajar.

Este libro es un documento testimonial, notable,  sobre la circunstancia de la escritura misma, expresa en este registro trascendental la evolución hacia el lenguaje, con características implícitas en el movimiento asociado a la etnia, una voz propia, madura, a falta de mejor enunciación: escritura gitana; aún inadecuado, porque parece de acotada dimensión, sin embargo es más una señal de unicidad, de originalidad, que de enmarcación; una palabra fundacional, más que de reducción.

El efecto del diseño constructivo, la forma, la voluptuosidad de las frases, componen una atmosfera poderosa, un clima en el cual es fácil dejarse llevar, fluida y arenosa a la vez, este texto es un grito, un rugido, un movimiento sísmico, una belleza, un logro; además de placentera, esta novela se abre a muchos posibles narrativo, en el que la literatura, como efecto, es uno de ellos.

 

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