METALITERATURA

Revista de literatura

Un chino perdido en la Biblioteca de Babel

11/3/2014 Interesante

Del mismo modo que el infatigable bibliotecario imaginado por Borges, cada uno de nosotros peregrina por el universo en busca de un libro. A lo largo de esa travesía perturbamos constantemente el orden de la infinita biblioteca. 

 
Por:   Ferro Roberto

Del mismo modo que el infatigable bibliotecario imaginado por Borges, cada uno de nosotros peregrina por el universo en busca de un libro. A lo largo de esa travesía perturbamos constantemente el orden de la infinita biblioteca. A partir de Borges, la Biblioteca es el universo y la literatura es la totalidad de ese universo, aunque la Biblioteca que habitamos es siempre incompleta y arbitraria. Ya se sabe: caminamos por ella colocando y descolocando escrituras, abriendo y clausurando ficheros, derrumbando e inventando otros.

                Aunque sea vana costumbre seguimos interminablemente buscando sentidos en los libros que leemos, y acaso lo más apasionante de esa costumbre, es que el sentido que encontramos nunca es el mismo, porque depende de una estrategia de lectura, de una forma de atención que disputa su legitimidad en medio de un proceso según el cual los órdenes se van modificando y hace que el centro de comprensión de una época sea constantemente móvil.

                En Borges hay una teoría de la literatura que se disemina por toda su obra, y es posible afirmar, sin mucho riesgo, que esa teoría de la literatura es básicamente un elogio de la lectura.

                Hoy y aquí, en una biblioteca, se me ocurre con un gesto peregrino preguntarme, digo preguntarme en voz alta, digo preguntarme para hallar una respuesta que pueda resonar en los oídos de los que pueblan los senderos del laberinto de esta biblioteca, que de alguna manera es todas las bibliotecas, preguntarme cómo leer a Borges en el fin y/o el principio del milenio, cómo leer a Borges aquí, hoy, nosotros.

                Pero antes de encontrar la respuesta, en especial para que la respuesta no se convierta en un cómodo sedante que nos satisfaga apenas un rato y luego retorne como una tenaz cefalea, antes se me impone la necesidad de contar una historia.

                Hace ya algunos años, llegó a Buenos Aires un catedrático chino,  Lin Yiang, que dictaba clases de castellano en una universidad de Tianjin; por un indescifrable entramado de relaciones burocráticas había sido comisionado para traducir a Jorge Luis Borges al chino; razón por la cual debió trasladarse hasta aquí y permanecer algunos meses para superar las innumerables dificultades que la ardua tarea suponía. Simétricamente, movido por otra cadena de destinos y azares, una fría tarde de invierno, fui presentado como su tutor a Lin Yiang lo que en otros términos significaba que yo sería su cicerone intelectual.

                Nuestros primeros encuentros fueron una larga serie de equívocos, él se refugiaba en una muralla de cortesías interminables y yo no tenía modo de avanzar más allá de los vanos intentos que me parecían cada vez más torpes. El frío de aquel invierno se ha quedado adherido como un marco indeleble al recuerdo de mi desilusión inicial, yo había fabulado un diálogo con un émulo de Ts’ui Pen, el personaje de “El jardín de senderos que se bifurcan”, y no lograba más que frases hechas, reverencias y sonrisas.

                Una tarde recibí un llamado telefónico de Lin Yiang, en su voz había un cambio apenas perceptible, casi perentorio, me pedía que nos reuniéramos esa noche. Me sorprendió, nuestro programa sólo contemplaba encuentros en el Instituto de Literatura Hispanoamericana o en el consulado chino, siempre por las mañanas.

                En aquellos años yo daba clases de literatura en un estudio de la calle Corrientes, jugando a confundirme con un personaje emigrado de las novelas de Raymond Chandler, vidrio esmerilado y nombre con letras negras mediante. Lin Yiang se paró frente a mí y juntando las manos comenzó a hablar apenas llegó, como previendo que si caíamos en nuestras mutuas ceremonias, íbamos a naufragar otra vez en el vacío; esto es lo que me dijo, trascripto con la imprecisión de la memoria y el auxilio de la imaginación.

                —Venerable señor Ferro, yo en verdad sólo soy un oscuro profesor de provincias que enseña castellano en una remota universidad de la China; sí, es verdad que he traducido del castellano al xiang, la lengua propia de mi región, documentos para la cancillería, artículos de diarios, contratos, alguna carta personal; también es verdad que he leído buena parte de lo que en occidente dicen que es la gran literatura, pero no sólo jamás he traducido un texto literario, sino que jamás he leído escritor argentino alguno y hasta hace tres meses sólo tenía vagas referencias acerca de Jorge Luis Borges. Entonces, usted tiene que ayudarme, no puedo volver a Tianjin sin cumplir con mis obligaciones.

                Lo que vino después fueron varias semanas en las que nos encontrábamos todas las noches, a veces hasta la madrugada, tomábamos litros de café, yo prefería acumular las cajitas de té sin abrir que él traía, que aun conservo como testimonio de aquellas veladas. Como fugado de alguna narración de Calvino, yo trataba de hacer mi relato de viajes por el territorio Borges, él no sólo me oía atentamente sino que tomaba nota en  pequeños cuadernos de hojas muy finas, en los que a una velocidad increíble iba tejiendo extraños esquemas en los que mezclaba ideogramas, palabras en castellano y marcas que unían y separaban los párrafos.

                Para seguir un orden, yo me propuse guiar a Lin Yiang por la vasta obra de Borges pensándola como un territorio que se podía ordenar de acuerdo con los puntos cardinales, aunque no siempre mis precisiones  iban a coincidir con las de la brújula.

                Comencé por el sur que es, creo sin dudar, la profundamente sentida identidad argentina de Borges que se manifiesta no sólo en la tematización literaria de escenarios y hechos argentinos, sino también en la forma en que inscribe su genealogía, esta última tiene que ver con ese rasgo que podemos llamar criollismo argentino y que para comprender hay que asediar el significado particular que tiene en la Argentina el término “criollo”.

                Cuando guiaba a Lin Yiang hacia el sur borgeano nos debimos detener en los avatares de la vida de Borges que por azar o por destino se habían combinado para construir una existencia en la que el escritor debido a una miopía crónica que acabó en una casi total ceguera, se había retirado de una participación inminente en el presente para instalarse en una dimensión temporal en la que a menudo compartía la turbulenta historia de nuestro país con sus antepasados. Los nombres están entretejidos en las páginas de sus narraciones y poemas: en la línea paterna, su abuelo, el coronel Francisco Borges, cuya madre Carmen Lafinur, era hermana del poeta Juan Crisóstomo Lafinur, cuyo linaje, a su vez, se remonta hasta Juan de Garay. Por parte de su madre, su bisabuelo, el coronel Isidro Suárez, que murió en exilio durante el asedio de Rosas a Montevideo, y su  hermano de diez años fue ejecutado por la Mazorca en la muralla de la Recoleta. Un tío abuelo, Francisco Narciso de Laprida, fue presidente del Congreso de Tucumán que inició el movimiento por la Independencia, y un tío del coronel Isidro Suárez,  Miguel Estanislao de Soler, fue jefe de estado mayor del General José de San Martín.

                Cuando terminamos el recorrido por el sur de los territorios borgeanos, sur que tenía tanto de Pampa interminable como de pasado que trama la historia nacional con la genealogía familiar, le propuse a Lin Yiang que nos dirigiéramos al norte. Si el norte tiene alguna significación distintiva como punto principal de orientación me pareció que llevar a mi compañero de viaje hacia ese punto en Borges era indudablemente llevarlo hacia la importancia del lenguaje, precisándolo hasta llegar a su principal forma de manifestación estética, la literatura, así como en su preocupación por los procedimientos de escritura y que él solía llamar el “estilo literario”. Hablar con Lin Yiang de Borges, cuando íbamos hacia el norte, fue revivir con él los placeres de una vida dedicada a la literatura. Uno de los momentos en que más nos acercamos el uno al otro con Yiang, desde las lejanas orillas de nuestros diversos imaginarios fue cuando leímos casi a dúo esta frase de Borges:

De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.

 

                La literatura de Borges está formada de otras literaturas la lectura es el punto de encuentro en el que se traman hasta hacerse un único libro. De allí entonces partimos con Yiang hacia el oeste. Recordamos lo que Borges había repetido en numerosas ocasiones que el rasgo más significativo de su niñez fue la biblioteca de libros ingleses de su padre. Allí en esa comarca repasamos Stevenson, Wells, Chesterton, Edgar Allan Poe. Casi no tuve dudas cuando en algún recodo del camino le presenté a Yiang la figura de Macedonio Fernández, amigo de su padre y el hombre que iba a influir en la actitud y el pensamiento de Borges más que ninguna otra persona. Al lado de Macedonio, Borges desarrolló su escepticismo intelectual hacia las creencias espirituales o prácticas más usuales así como la afición por una forma personal de idealismo filosófico que Macedonio había ido formando. Juntos leyeron y hablaron  de Schopenhauer, Hume y Francis Bradley.

                En ese recorrido por el oeste traté de señalarle a Yiang el legado que Borges había recibido de Macedonio, en particular, los conceptos esencialmente filosóficos y las cuestiones metafísicas especialmente aquéllas que se referían al tiempo, el infinito y la identidad que se incorporaron como elementos de ficción o narración a su prosa y que con los años, le permitirían afirmar a Borges: “soy simplemente un hombre que utiliza la perplejidad con fines literarios”. También nos detuvimos largo rato en las estaciones Dante, Kafka y Spinoza.

                Deliberadamente había dejado para el final el este. Allí Borges se había encontrado con Scherezade y la Cábala como una cifra de ese encuentro leímos “El acercamiento a Almotásin” y “El Aleph”. En ese itinerario Borges  había vislumbrado la otredad en saberes que no tenían que ver ni con la historia personal ni con el universo intelectual en el que se había formado, acaso la extrañeza de muchas de sus narraciones tengan que ver con el modo en el que supo comprender los avatares tan diversos de culturas lejanas. Tenía pensado que no estaba mal como golpe de efecto terminar nuestro viaje con Yiang en una escena especular: a Borges siempre lo había fascinado la historia de Marco Polo que tras haber recorrido durante años las comarcas del Gran Kan, finalmente, en una  cárcel de Génova había dictado sus historias para que un escritor de aventuras, un tal Rusticello de Pisa, las escribiera en una lengua que no era la suya.

                En esas inolvidables noches, iba percibiendo cómo la lectura de los textos de Borges iban trastornando la perspectiva de Lin Yiang, entonces intenté introducirlo en la problemática innovadora que la escritura borgeana había supuesto para la literatura argentina. Cómo en el curso de unas pocas décadas Borges había imaginado una relación nueva y diferente para la literatura en la Argentina, cómo había reorganizado completamente su sistema poniendo en un extremo la tradición gauchesca y, en el otro, la teoría del intertexto. Pero tropecé con múltiples dificultades; Lin Yiang comprendía la erudición borgeana trabajada en los recovecos de las enciclopedias, podía percibir el juego de sus trastornos y desplazamientos sobre el cuerpo de la literatura europea y sobre las versiones que esta literatura construyó para sí como el Oriente; entendía el modo en que Borges fue diseñando sus símbolos: los espejos, los laberintos, los dobles; su afición por las mitologías nórdicas y por la Cábala. Pero se perdía irremediablemente cuando yo intentaba explicarle la dimensión rioplatense de Borges que desalojaba a la literatura occidental de su centralidad absoluta. No entendía esa tensión que su escritura había instalado. Lo podía leer como un escritor cosmopolita, comprendiendo los temas filosóficos, su tensa relación con la lengua inglesa, la increíble intensidad de su lenguaje, pero no iba a poder leer a Borges como yo pretendía, porque para ello había partido de un supuesto muy discutible, que fui revisando tardíamente: los lectores no comparten saberes universales; Borges es un escritor argentino, sólo aquellos que están instalados en esa tradición tienen la posibilidad de ingresar a sus territorios con una dimensión única que enriquece sus lecturas.

                Borges es un escritor universal, uno puede encontrar sus textos en los estantes de librerías de cualquier parte del mundo, incluso en los exhibidores de los aeropuertos compartiendo el espacio con abominables bestsellers. Hay interminables repertorios bibliográficos sobre su obra en universidades de todo el mundo. Borges puede ser también leído despojado de su tradición, pero nosotros, aquí y ahora, nosotros podemos leerlo además tramando su lectura del Martín Fierro con Sarmiento o con Lugones, podemos leerlo de ese modo porque para nosotros la palabra milonga o la palabra federal tiene otras resonancias. No es esta una proclama chauvinista, ni del peor gusto nacionalista que tanto rechazaría Borges, es una exigencia de fidelidad al placer de la lectura.

                La universalidad de la escritura de Borges tiene un punto de enriquecimiento cuando se la lee desde nuestra tradición literaria.

                Por eso, hoy, aquí y ahora podemos ingresar al laberinto de sus textos con la sólida compañía de Carriego y Bioy, de Macedonio y Arlt,  de Cortázar y Jacinto Chiclana.

Cito a Borges para terminar:

Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez. Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del siglo XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con El Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.

 

Con los textos de Borges ocurre lo mismo, yo sólo me he referido al tesoro oculto que tienen los lectores que hoy y aquí están con nosotros. He tratado de recordarles y recordarme que la tradición argentina, por supuesto que no aludo a la que pretende uniformar el pasado en una galería de disfraces más o menos convencionales, sino a la tradición de las heterodoxias, la de los conflictos, la de la diversidad, esa tradición argentina no debería ser olvidada a la hora de leer a Borges.

 

PD: Una semana después de concluir este trabajo, recibí un fax de Lin Yiang, fechado en Tianjin, en el que me anuncia que en los primeros meses del año próximo aparecerá su tomo de traducciones de cuentos y ensayos de Borges, lleva por título “La biblioteca en el laberinto”.

 

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