METALITERATURA

Revista de literatura

Deberíamos habernos besado...hasta el amanecer de Miguel Ortemberg

9/10/2018 De novelas

Inés Messore

Miguel Ortemberg

Roberto Ferro

Raquel Ortemberg

 
Por:   Ferro Roberto

Una cartografía poética del amor pasión

El que está enamorado a la manera romántica conoce la experiencia de la locura, y su pasión es perturbación, herida, desamparo o júbilo: el cuerpo todo entero arrastrado, anegado de Naturaleza.

Roland Barthes

 

Obertura

Tu cuerpo lejano, el comienzo de tu aliento, el final de tu falda

 

Se ama a la persona por excelsitud, a aquella que no se puede comparar a ninguna otra: su imagen embelesa y la pasión que desencadena en el enamorado no conoce vallas ni fronteras, porque el amor lo instala en una dimensión absoluta de la temporalidad existencial.  El libro que presentamos nos entrega  una idea asombrosa: el lenguaje poético protege al enamorado, que cuando se siente expuesto, sitiado por la soledad, se ampara en la palabra poética. La poesía es su tabla de salvación, su refugio, porque el amor apasionado funciona, al igual que la literatura, como una ética vital.

Se impone, entonces, recordar que el enamorado es un subversivo, su gesto de descontrol y desmesura  perturba y altera a los que no lo están porque les recuerda que ellos no son correspondidos como él. Por medio de la codificación de las retóricas amorosas, la sociedad tratará de domesticar al enamorado.

En tiempos de automatismo ultramoderno, el sujeto enamorado, cuyo motor es la paradoja, se encuentra asediado por el utilitarismo consumista; el poemario de Miguel Ortemberg es un manifiesto de la resistencia  reivindicativa, una tormenta de lenguaje que se desborda en la mente enamorada. El sujeto enamorado tal como lo sugieren las voces líricas de Debríamos …posee la pulsión romántica de crear para su amada actividades consideradas inútiles por las sociedades industriales y altamente tecnologizadas, se anima a crear como ofrenda un volumen de poemas.

 

De la lectura, la óptica y el ritmo

Con la mirada froto los objetos y me entregan algo que llega a mis entrañas

La lectura es una práctica relacionada con la física, por una parte, por vía de la óptica que se ocupa de las propiedades y fenómenos de la luz visible e invisible y, consecuentemente,  de la visión; y, por otra, dentro de la mecánica,  está intrínsecamente vinculada con el ritmo  que puede definirse como un movimiento marcado por la sucesión regular de elementos débiles y fuertes, o bien de condiciones opuestas o diferentes. Es decir, un flujo del movimiento, sonoro o visual, generalmente producido por una ordenación de elementos diferentes del medio en cuestión.

Todo lector, sabiéndolo o no, lleva consigo un aparejo con una amplia variedad de lentes, que le permiten tanto adecuar el campo de visualización y el ritmo con que se desplaza en ese espacio. Dispuesto a leer Deberíamos habernos besado hasta el amanecer mi elección fue comenzar con una lectura a vuelo de pájaro, entonces, elegí usar unos binoculares; luego, para una visión en íntima cercanía, una visión que pudiera enfocar la microcopia de las líneas de los versos, me serví de una lupa.

 

A vuelo de pájaro sobre un territorio tardo romántico

Afuera, adentro, más allá de las estrellas

A la distancia, que nombro a partir de la imagen del planeo de un pájaro que cadenciosamente sobrevuela tratando de hacer un reconocimiento,  instalé a Deberíamos  en el vasto territorio de la escritura de Miguel Ortemberg. Territorio atravesado por el vector intenso de ráfagas y vértigos propios de una poética marcada por una impronta  tardo romántica.

El romanticismo se constituye como una fuerza que supone un rechazo a esa concepción del mundo que parcela la realidad y la secciona a partir de una lógica regida por una matriz unívoca, fundada en la convicción irrestricta  de las causas y las consecuencias, inscritas en series inevitables, sin otra alternativa ni posibilidad. Ortemberg cultiva en su obra un romanticismo del descubrimiento, un entusiasmo por las maravillas tangibles que él mismo intuye en la realidad concebida de una manera más amplia, que no reduce a lo fáctico. El romanticismo es suelo fértil, la condición de posibilidad a partir de la cual su escritura se va configurando en toda su complejidad y extensión. La actitud Zen, digo como el dominante de su inclinación hacia la cultura oriental, gesto romántico si lo hay, no aparece aislada, sino que integra una constelación con el credo surrealista, ciertas formas de un romanticismo tardío y una valoración de la dimensión lúdica de la existencia humana, que no excluye su condición absurdamente trágica. Cuando me refiero al romanticismo tardío o de un estilo tardo romántico aludo a la presencia perdurable de tesis o actitudes de inspiración romántica

-La conciencia de un yo como entidad autónoma, dotada de capacidades variables e individuales como la fantasía y el sentimiento y, por lo tanto contraria  a la universalidad de la razón instrumental.

-La primacía del genio creador de un universo propio en el que el poeta ejerce como demiurgo.

-Valoración de lo diferente frente a lo común, lo que lleva una fuerte tendencia individualista y, por consecuencia, la valoración de la originalidad y la creatividad.

- La concepción de que una obra imperfecta, inacabada y abierta es preferible a la obra perfecta, concluida y cerrada.

-El intenso aprecio de la cultura popular. La reencarnación del Buda, ocurre en Jonte y Lope de Vega, donde hay una pizzería, “El fortín”. Lo que me permite obviar detalles.

La nostalgia de paraísos perdidos de la infancia, veamos sino la fotografía del autor de la solapa o de paraísos perdidos, en definitiva las figuras metafóricas del viaje.

En su novela de próxima aparición Palermo zombi, su protagonista el Lobo Rocambole,  regresa del continuo, del más allá intemporal, para intentar rescatar la memoria del momento en que se produjo su muerte, viene a recuperar su tiempo propio, eso ocurre durante la crisis del 2001 en la Argentina. También en Niebla sobre Buenos Aires (El duelo) el amor pasión trasgrede los límites de la finitud temporal. En el poemario que presentamos hay un notable poema que lleva por título “El viaje”.

Lo que apunto a examinar a través de la figura del viaje en la escritura de Miguel Ortemberg es esa tensión, ese ritmo, que se tiende desde lo mismo  hacia lo otro. Por eso lo que indago no es tan solo el viaje en su materialidad o en su concreción imaginaria o ficcional, sino también su funcionalidad productiva en tanto que operador discursivo y esquema lírico narrativo; el viaje como mirada y como caracterización de un interrogante frente o un enigma que atrae el deseo de búsqueda. Es en la imagen del viaje donde el romanticismo se despliega de modo más nítido,  no es tan solo el viaje en su materialidad o en su concreción imaginaria o ficcional, sino también su funcionalidad productiva en tanto que operador discursivo y esquema narrativo; el viaje como mirada y como caracterización de un interrogante frente a un enigma que atrae el deseo de búsqueda.

Cuando me refiero a tardo romanticismo, aludo a una vasta corriente de la lírica contemporánea que retoma, profundiza y disemina algunos de esos rasgos, en particular el potente anacronismo que sugiere la afirmación de esos valores.

Me refiero a la primacía del sentimentalismo y de las emociones que tuvo lugar durante el Romanticismo. Es decir, una tendencia que asigna la elección existencial más bien al sentimiento que al intelecto;  y, asimismo,  la consideración del contenido de la conciencia como teniendo su forma original e indiferenciada en la experiencia del sentimiento.

Todo ello supone una poética en la que las imágenes  y los procedimientos líricos   encuentran un desarrollo privilegiado cuando se centran en  pasión amorosa; en las relaciones en las que la atracción física y el goce de la belleza corporal estimulan el sentimiento, en la posesión y unión física de los amantes.

Sus características se manifiestan en la implicación del anhelo de fusión completa con la otra persona, la exclusividad de su posesión,  tanto en el poseer como en el ser poseído.

 

Microscopía de la pasión, los intersticios del texto          

De los amores redondos, del sabor de las frutas, del aroma del tiempo

Para apreciar nítidamente  los trazos de los poemas dejo de lado el binocular y recurro a una lupa como lente de aproximación.

En Deberíamos habernos besado…hasta el amanecer   la palabra poética tiene la forma de un conjuro, una forma de invocación del mundo, pero el pulido cincel de las voces líricas dejan de lado  los pudores que pueden provocar las formas cristalizadas del lenguaje apartándose de toda grandilocuencia o verbalismo decorativo. Los poemas dan a leer, nos dan a  leer, una tensión que atraviesa  los límites semánticos de las palabras, acaso deberíamos insistir para no quedar aislados en un solo intento, Miguel Ortemberg inscribe sus búsquedas en los bordes, las cotas, las fronteras, los deslindes, entre la liviandad de los sentidos, la pesadez de los conceptos y la fragilidad de los cuerpos.

Sea cual sea la forma gramatical en la que se despliega, el título de un texto funciona como un nombre propio. Inscripto en el borde más extremo del libro, en el marco que encierra la escritura, el título identifica al texto y, como todo nombre propio, permite que lo designemos en su ausencia. Pero, además, ese título, Deberíamos habernos besado…hasta el amanecer      es también una promesa exaltada de un viaje sin retorno, de un intento de viaje de ida, una especulación de la palabra poética en la búsqueda del sentido de una pasión amorosa.

Los poemas nombran lo innombrable,  el decir poético dice que se ama a la persona por excelencia, a aquella que es incomparable: su imagen provoca una pasión  que  no conoce límites, porque el amor a cualquiera de nosotros, los lectores,  nos sitúa en un afuera del tiempo.

El vivir juntos plantea la posibilidad de una utopía de agrupamiento afectivo entre dos personas que obran el milagro de acompasar el ritmo propio de cada uno a un ritmo común. Ortemberg afirma el valor absoluto del amor como un orden de valores afirmativos capaces de enfrentar todos los riesgos.

Su escritura no nos revela nada acerca de la claridad, es decir de la visibilidad de la imagen, sino nos acerca, justamente nos acerca a la claridad y a la penumbra, a la resonancia y al silencio. En definitiva, nos acerca al sagrado roce de los cuerpos.

Finalmente, debo hacer una advertencia a cualquiera de los innumerables lectores de Deberíamos habernos besado…hasta el amanecer :  quien se interne por sus páginas corre un serio peligro, la escritura que se  apresta a recorrer está más allá de cualquier cartografía, emergerá a su mirada como una región tan inminente como remota y a través de la escritura de Miguel Ortemberg como un territorio para ser poéticamente anhelado y perdido; ese lector cualquiera, si se anima, deberá recomenzar una nueva invención a partir de sus más recónditos deseos. 

Entonces, cuando tengas este libro entre las manos, cuando dejes que tus dedos jueguen con el roce de la tapa y se deslicen hacia el borde de las páginas, cuando ya hayas decidido, finalmente, dar fin a la ceremonia de tu primer encuentro con Deberíamos habernos besado…hasta el amanecer   y tu mirada enfrente las líneas que componen el primer poema Atravesaron las paredes, mares, rocas ígneas, abismos, prejuicios, temores, avenidas, estaciones, millones de años para encontrarse a la intemperie de una esquina, acaso te sientas asaltado, como yo me he sentido, por la idea de que la poesía es la conjunción incesante e infinita de temas que se reiteran, agita con tenacidad nuestros océanos más recónditos, revive y renueva las ideas, las imágenes, las obras, de los que se asoman a sus profundidades.

Buenos Aires, Coghlan, setiembre de 2018.

Roberto Ferro

 

Fotos: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10155864386933861&type=1&l=a5f1930675

Video: https://youtu.be/VQz9m7dGogk





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