METALITERATURA

Revista de literatura

Cierre de las Jornadas Julio Cortázar [1]

12/3/2018 Cortazar

[1] Debemos el rescate  de las palabras de cierre de las Jornadas al riguroso trabajo de desgravación de Denise Pascuzzo;  solo he introducido algunos cambios y ajustes a esa versión, así como las notas al pie de las citas. RF

Convesarión  Noé Jitrik, Roberto Ferro.

 
Por:   Ferro Roberto

 

Cierre de las Jornadas Julio Cortázar[1]

Roberto Ferro

Noé Jitrik

 

Roberto Ferro: A lo largo de estas dos Jornadas tanto en las ponencias como en las intervenciones de los asistentes en los diálogos que se fueron suscitando,  el señalamiento de una tensión entre escritura y vida en Julio Cortázar ha ido surgiendo como un asunto problemático compartido por la crítica literaria, la historia de la literatura y las diversas formas del periodismo cultural, que más allá de los matices considerados en cada oportunidad, aparece como una evidencia incontrovertible; los fundamentos que la avalan parten de una certeza asentada en la garantía que otorga  la nitidez con que se advierten notables diferencias entre los imperativos que articularon el campo de su poética literaria, por una parte, y los imperativos que fueron constituyendo su postura ética y política, por otra. Uno de los aspectos más notables de estas Jornadas ha sido trastornar esa oposición que, tan frecuentemente, conduce a un coágulo cerrado sin modulaciones ni variantes significativas sobre el que se insiste como si fuera una verdad revelada. Creo que en estas Jornadas las diversas especulaciones han apuntado al cuestionamiento del modelo subyacente a esa certeza, que concibe los términos escritura y vida en Julio Cortázar como meras posiciones en contraste mutuo y mutua determinación, generando una parálisis que deviene en la formulación de estereotipos que tienen una amplia aceptación en los diferentes discursos que abordan su obra.

Tomando uno de los  ejes que ha habido en torno de lo que hemos estado oyendo (es indudable que es más difícil tomar la escucha que tomar la palabra, ese es uno de los méritos de estos encuentros)  me parece que política y literatura son dos términos que habilitan un tratamiento particular dentro de la problemática relación entre escritura y vida. Me interesa hacer una reflexión personal en esta exposición que cierra las Jornadas, una especie de  coda centrada en dos citas de Cortázar.

Cortázar en 1969 le impone a la Revista Life (les quiero decir que la revista Life en esa época era mucho más que TN) una modalidad de entrevista que consistía en un procedimiento totalmente inusual: la revista envía las preguntas, él las contesta por escrito, luego, recibe nuevamente el original a publicar para que lo suscriba; es decir, para controlar la versión de sus respuestas y que no se tergiversen sus opiniones. Después de un tire y afloja, Life acepta esas condiciones. Entonces, ahí escribe lo siguiente:

       La moral y la práctica quieren que un escritor exprese habitualmente sus ideas en publicaciones que pertenecen a su propio campo ideológico e incluso intelectual; no es esto lo que ocurre aquí, y tanto Life como yo lo sabemos y lo aceptamos. Desde nuestro primer contacto quedó entendido que mi consentimiento no solamente no significaba una “colaboración” para Life, sino que para mí representaba precisamente lo contrario: una incursión en territorio adversario. Life aceptó este punto de vista y me dio las garantías necesarias de que mis palabras serían reproducidas textualmente. Soy, pues, único responsable de ellas; nadie las ha adaptado a exigencias periodísticas, y es justicia decirlo desde ahora.
       Mi desconfianza inicial, mi demanda de garantías, sorprendieron a los responsables de Life como sorprenderían a muchos de sus lectores; empezaré por referirme a esto, pues es una manera de responder prácticamente a algunas de las preguntas de carácter ideológico y político que se me formulan. No solamente desconfió de las publicaciones norteamericanas del tipo de Life, en cualquier idioma en que aparezcan y muy especialmente en español, sino que tengo el convencimiento de que todas ellas, por más democráticas y avanzadas que pretendan ser, han servido, sirven y servirán la causa del imperialismo norteamericano, que a su vez sirve por todos los medios la causa del capitalismo. No dudo de que una revista como Life se esfuerza en su estructura interna por lograr una gran objetividad, y que abre sus páginas a las tendencias más diversas; no dudo de que muchos de sus responsables y redactores creen facilitar así eso que se ha dado en llamar “dialogo” con los adversarios ideológicos, y favorecer por esa vía un mejor entendimiento y quizá una conciliación. Amargas experiencias me han mostrado de sobra que por debajo y por encima de esas ilusiones (que muchas veces son hipocresías disfrazadas de ilusiones), la realidad sigue siendo otra. Hace dos años, las revelaciones acerca de las actividades de la CIA en el terreno de los supuestos “diálogos” pulverizaron todas las ilusiones posibles en ese campo, y no será la liberalidad de criterio de Life la que pueda alimentar nuevas esperanzas en ese terreno. El capitalismo norteamericano ha comprendido que su colonización cultural en América Latina -punta de lanza por excelencia para la colonización económica y política- exigía procedimientos más sutiles e inteligentes que los utilizados en otros tiempos; ahora sabe servirse incluso de instituciones y personas que, en su propio país y en el exterior, creen combatirlo y neutralizarlo en el terreno intelectual. Hay algo de diabólico en este aprovechamiento de las buenas voluntades, de las complicidades inconscientes en las que caen tantos hombres a quienes la difusión de la cultura les sigue pareciendo ingenuamente el mejor camino hacia la paz y el progreso. La buena voluntad de Life puede ser en ese sentido tan diabólica como la más agresiva de las actitudes del Departamento de Estado, e incluso más en la medida en que muchos de sus redactores y la gran mayoría de sus lectores creen sin duda en la utilidad democrática y cultural de sus páginas. A mí me basta una ojeada a cualquiera de sus números para adivinar el verdadero rostro que se oculta tras la máscara; consulten los lectores, por ejemplo, el número del 11 de marzo de 1968: en la cubierta, soldados norvietnameses ilustran una loable voluntad de información objetiva; en el interior, Jorge Luis Borges habla larga y bellamente de su vida y de su obra; en la contratapa, por fin, asoma la verdadera cara: un anuncio de la Coca-Cola. Variante divertida en el número del 17 de junio del mismo año: Ho Chi Minh en la tapa, y los cigarrillos Chesterfield en la contratapa. Simbólicamente, psicoanalíticamente, capitalísticamente, Life entrega las claves: la tapa es la máscara, la contratapa el verdadero rostro mirando hacia América Latina.[2]

 

La entrevista de Revista Life de 1969, obliga a tomar con cierta ironía la idea de que Cortázar era un ingenuo políticamente. Quisiera seguir esa línea, en la que Cortázar plantea que en gran medida, casi como un gramsciano, la pelea es en el campo cultural, y como el imperialismo ejerce su dominio y las vías privilegiadas de esos cursos de acción. El imperialismo que, a partir de ciertas trasformaciones, hoy se caracteriza como globalización, en lugar de controlar los estados nacionales con sus propios ejércitos, como durante la época de  la política de la seguridad nacional, está desarrollando otra estrategia de dominación y de  explotación de los pueblos. Ahora el imperialismo se sirve de los entes financieros, y no necesita invadir un país, sino lo coloniza de otra manera. Le instala, por ejemplo, en su propia capital, delegaciones del Fondo Monetario Internacional, como en el caso de la Argentina, en la que esa delegación desarrolla sus actividades en el Banco Central. 

            En conexión con esto último,  traigo a colación que Cortázar, en Corrección de Pruebas de Alta Provenza, que recoge sus reflexiones durante la revisión de las pruebas de galera de su novela El libro de Manuel, incluye al final una nota que dice: "Todos están hablando de lo que pasó en las Olimpíadas. Está bien, ¿y quién nombra a Trelew?"[3]. Entonces, pensando que las cuestiones de difusión de las noticias ya no son como en la época de Rodolfo Walsh, donde se podía hacer una cadena de noticias, con este nuevo modo de circulación de las noticias, ha proliferado un fenómeno que se caracteriza bajo el rótulo de fake news, las noticias falsas, voy a tomar otra cita de Cortázar:

Es sabido que toda atención funciona como un pararrayos. Basta concentrarse en un determinado terreno para que frecuentes analogías acudan a extramuros y salten la tapia de la cosa en sí, eso que se da en llamar coincidencias, hallazgos concomitantes - la terminología es amplia. En todo caso a mí me ha ocurrido siempre cumplir ciclos dentro de los cuales lo realmente significativo giraba en torno a un agujero  central que era paradójicamente el texto por escribir o escribiéndose.[4]

 

Esto de las analogías y las correspondencias me lleva a pensar en la Francia invadida por el ejército alemán durante la segunda guerra mundial; en ese momento había  franceses que apoyaban esa invasión, porque era un estado nacional cuya intervención se volvía posible con el concurso de los colaboracionistas, es decir, con aquellos que eran cómplices de la dominación de un estado extranjero que avasallaba la soberanía nacional de Francia.

            ¿Cómo llamaremos en el futuro a aquellos que están sirviendo a este nuevo modo de invasión que consiste en instalar una oficina de control de la renta nacional como ocurre en la actualidad en la Argentina? Invasión de eso que pensamos que es nuestro país. ¿Cómo los vamos a llamar? ¿Los podremos llamar colaboracionistas? Quizás sí. Digo los que son asesores filosóficos del presidente y niegan el pensamiento crítico o  los que se benefician con las dádivas de ese censor que es el responsable del Sistema Federal de Medios y Contenidos, alguna correspondencia puede haber con ese término. Los que convalida que la Argentina sea un estado asociado, no ya a los EEUU, sino al Fondo monetario Internacional.

            También podríamos recurrir al título de una novela  del escritor colombiano  Fernando Vallejo que se llama La virgen de los sicarios. ¿Cómo llamaremos a aquellos que son propulsores de las noticias falsas? Se me ocurre siguiendo a Cortázar; que podríamos llamarlos sicarios porque esas noticias matan de verdad.

            Sin pretender un análisis exhaustivo, hay varios procedimientos habituales, uno de ellos consiste  en construir la agenda, no solo poniendo de relieve aquellos hechos que tienen un sesgo negativo para los que se oponen al régimen que gobierna en este  momento, sino ocultando  y postergando aquellos que los perjudica. Solo daré un ejemplo:  la dilapidación de las reservas del Banco Central, 30.000 millones de dólares en dos meses,   para la especulación financiera de muchos de los miembros de este gobierno que se han enriquecido con esas operaciones, ha sido sistemáticamente obviada por los medios hegemónicos.

            Me apoyo en una reflexión reciente del pensador argentino Jorge Alemán que evoca una metáfora precisa de Wendy Brown, “el neoliberalismo se asemeja más a una termita que a un león”. Su corrosión comienza por el interior de la estructura del edificio y con la constancia, velocidad y la eficacia de un dispositivo que ya no necesita siquiera de políticos competentes o dotados de noción de Estado o perspectivas históricas.[5] En este aspecto coinciden los colaboracionistas y los sicarios.

            Por lo mismo nadie se reconoce como “neoliberal”, todo el mundo es un demócrata que cumple con la obligación de construir un círculo inmunitario frente al hecho maldito del “populismo”. Sin duda esta es una cuestión también filosófica, todos los proyectos de la modernidad que relacionaban la experiencia de la verdad como una transformación de si y a la vez con una transformación colectiva entran en un severo colapso. Lo que vuelve a esas grandes apuestas teóricas y éticas en búsquedas tan necesarias y urgentes como también inciertas.

            En relación con esto último,  recuerdo que Hannah Arendt  en uno de sus ensayos  “Verdad y mentira en la política”,  toma como presupuesto  la idea de que la historia es ante todo interpretación, por lo tanto, hechos, pero no en tanto que instancia fáctica, sino los  hechos situados en la configuración del relato historiográfico, que no olvidemos que es una narración,  se constituyen no como afirmación como hipótesis. Es decir, en otras palabras, de modo directo y llano, no hay verdad en la historia, sino investigación rigurosa y documentada para contextualizar los hechos y facilitar una más afinada comprensión de los mismos.[6]  Ahora bien, ¿qué ocurre cuando todos los días los medios hegemónicos difunden fake news?  Cuando se falsean los hechos, se falsea también el contexto y se perturba y desmonta la interpretación confiable. Estamos frente a un dilema que no es hermenéutico sino moral.  Gloso a Arendt: "La marca de la verdad de hecho es que su contrario no es ni el error ni la ilusión, ni la opinión […]sino la falsedad deliberada o la mentira”.

            Una falsedad deliberada no es ni más ni menos, si aceptamos el gesto cortazariano de las correspondencias y las analogías,  que matar la posibilidad de una interpretación de la verdad de los hechos, de ahí que es posible caracterizarlos como sicarios a los propaladores de fake news.

            Entonces, me parece, tratándose de Cortázar y en relación con las ponencias de las Jornadas, no podía evitar hacer una reflexión sobre esta cuestión, cuando en los textos de Cortázar esto circula y se enfatiza. Y como todos los que han participado y la propia exposición de Noé, han ahondado sobre la calidad literaria de la obra de Cortázar, me parece que si, como en un cuento fantástico, me sentara con él a tomar un  café, por ahí me ayudaría a pensar esto de las analogías y las correspondencias: ¿cómo llamar a alguien que acuerda con la pérdida de soberanía de un país? Si ahora no es necesario que nos manden un ejército; nos mandan los auditores. Esto quería decirlo porque me parece que era pertinente y que no podía quedar fuera de las Jornadas el pensamiento político y crítico que tuvo Cortázar. Cómo llamar a aquellos que al servicio de intereses trasnacionales difunden fake news o aparecen como los empleados del mes de un gobierno caníbal.

            En una entrevista que hicimos aquí, en este ámbito, hace menos de un mes, Noé se refirió a los riesgos  que Cortázar asumió por su literatura; pero también tomó otros riesgos, tomó también riesgos políticos. Por eso yo lamento que se haya ido mi amigo Mario Goloboff, que tuvo una afirmación que yo no comparto sobre Policrítica en la hora de los chacales. Creo que era una afirmación muy liviana y que compartía el lugar común. Creo que ese texto hay que volver a leerlo, porque ahí hay una defensa a ultranza del valor de la palabra literaria.

Cortázar elabora en su Policrítica una postura  original, pero no exenta de cierta ambigüedad contradictoria. Ante todo, elige un poema-ensayo para enunciar su intervención, que lo diferencia de las formas habituales de la polémica, la carta pública, el artículo ensayístico, la declaración pública. Ello le permitía abrir el texto a  múltiples lecturas y de algún modo, lo instalaba en una postura que evitaba tanto identificarse con cualquiera de los bandos en punga, como desplegar la escritura literaria como el recurso para exponer su pensamiento.

Más allá de la entidad estética del poema-ensayo, su valoración no radica en el acierto o en el fracaso, sino en el hecho de que Cortázar recurriera a la escritura literaria para figurar las tensiones puestas de manifiesto, no se puede negar el acierto de la elección de una discursividad apropiada para dar cuenta de que, en esas contradicciones, subsiste su apego a ciertas modalidades vinculadas a la autonomía de la obra literaria.

No me queda más que reiterar una cosa: algo debe tener la obra de Julio Cortázar, algo debe tener, para que en cualquier lugar, en donde aparece su nombre y lo convoca, produce este efecto, esta atención de ustedes que nos maravillaba cuando compartíamos confidencias con Noé, que se sorprendía de que el público reunido estaba atento, me decía alborozada mi amiga Silvana López: “Están tomando notas”. Porque de eso se trata. No me queda más que agradecerles e insistir sobre la cuestión: hay algo lúdico en Cortázar. También uno puede, lúdicamente, pensar las cuestiones que nos están rodeando.

 

Noé Jitrik: Bueno, después de este exordio de Roberto, ¿qué decir? No quiero bajar la temperatura de esto porque ha sido muy bueno. La verdad es que es una culminación muy buena. Tal vez todo sea cuestión de problemas de lenguaje. No hace mucho también me invitaron a celebrar un aniversario de Carta Abierta, ahí en la Rural. No sabía muy bien qué decir. No me preparé nada, pensando que alguien me va a iluminar. Y de repente algo se me ocurrió, en esta especie de juego: estuve leyendo en los periódicos que Macri había estado en Mendoza hablando con unas mujeres, y que les había dicho que había que empoderarlas. Y me sorprendió, porque me parecía que esa palabra era de Cristina Kirchner. Entonces, puedo hacer una interpretación de esto, es decir, alguien que no tiene un lenguaje propio se apropia del lenguaje de otros; y el que no tiene lenguaje propio, no tiene pensamiento propio. Así que es un problema de lenguaje: tener pensamiento propio es tener un lenguaje propio. Y me parece que eso se irradia como cuestión a lo que podemos llamar “intervención” de los intelectuales, escritores, etc. Yo formo parte de un grupo de científicos que trabaja sobre esta cuestión de la ciencia en la actualidad y sacan papeles y demás. Y la verdad es que cuando escriben algo yo corrijo [risas]. Escribir torpemente es una fisura, es una falla, es un punto de ingreso a una inopia, a una deficiencia.

            Este saber escribir no es escolar, es el saber que viene de la literatura. Esto indica que intelectuales y escritores que quieren hacer política, quieran vincularse espontáneamente y hacer un discurso político como el que acaba de hacer Roberto, si lo hacen desde lo que ellos son, algo va a significar en la posibilidad de pensar una acción de otra naturaleza. No es idealismo esto, esto es así. Si ustedes piensan que los políticos más importantes del mundo, los más revolucionarios, eran escritores, se puede decir que Trotsky falló, que políticamente fue víctima, pero no hay dudas de que era un escritor. Y lo que sigue valiendo de la presencia de él es lo que escribió, no por lo que hizo cuando tenía el poder. Es porque siguió escribiendo infatigablemente.  Pero esto pone el problema mayor, y es una especie de sentimiento de culpa que uno tiene. Claudia Otsubo me dijo hace un ratito: “Estamos hablando de todo esto y en la Plaza Congreso ayer pasó tal cosa”. Está bien, no estábamos en la plaza, estábamos haciendo esto, pero no vivimos con la naturalidad de quien hace lo que puede con el registro que tiene, con el instrumento que tiene, está participando. Desde aquí hay que hacer y todo este discurso al que yo he asistido es un discurso de acción porque nos confirma, y en un momento político como éste, lo que hay es precisamente confirmación de lo que somos. Digamos, cuando los investigadores no pueden entrar a CONICET teniendo méritos suficientes para iniciar una carrera, ¿cómo se sienten? Se sienten desconfirmados, se sienten no reconocidos, se sienten mal. Cuando a los científicos se les quita dinero para la investigación y piensan que tienen que irse, dicen: “¿Qué soy yo? ¡¿Qué soy?!” Cuando nosotros asistimos a las crisis de las editoriales, y vemos el pataleo que hacen para sobrevivir las grandes editoriales, que es elegir la porquería que creen que se va a vender, y no una labor en relación con la cultura, es una desconfirmación. ¿Qué hago con lo que escribo? Hay que reconfirmarse. Y nosotros nos reconfirmamos reuniéndonos, hablando, discurriendo, en estos niveles que cada cual creó dentro de su propia personalidad, en su filo y demás. Así que no es ninguna solución, no estoy diciendo nada que pueda ser tomado como un hacer posible, simplemente, para usar los términos de Virginia Castro, esta es la “situación”. En esta situación nos tenemos que manejar sin renunciar a lo que somos. Y afirmando lo que somos como si el tiempo fuera eterno. Fíjense que yo digo esto y tengo noventa años, y digo: ¡hay que seguir trabajando porque el tiempo es eterno! La cosa no se termina porque el registro civil le dice a uno, a cierta edad la jubilación, chau, se acabó, ya no tiene derecho a hablar. Y cabe a todos, por la situación en la que están.

En fin, si Roberto hizo un alegato pro-cortazariano, yo hago uno para todos nosotros y ya.

 

 



[1] Debemos el rescate  de las palabras de cierre de las Jornadas al riguroso trabajo de desgravación de Denise Pascuzzo;  solo he introducido algunos cambios y ajustes a esa versión, así como las notas al pie de las citas. RF

[2] Life en español, vol.33, N° 7, Chicago, 7/04/69.

[3] Julio Cortázar, Corrección de pruebas en Alta Provenza, Barcelona, RM, 2012.

[4] Julio Cortázar, “Muñeca rota” en Último round, México, Siglo XXI, 1969.

[5] Jorge Aleman, “Neoliberalismo y posfascimo”, Pagina 12, , 06/05/2018.

[6] Hannah Arendt, Verdad y mentira en la política, Barcelona, Página indómita, 2016.

 




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