METALITERATURA

Revista de literatura

El misterio de la luminosidad. La escritura poética de Nilda Barba y de María Claudia Otsubo

4/30/2019 De interes

Misterio y realidad”. Conferencia y Lectura de Poemas.

Participa: Ciclo cultural "Misterio y Palabra" Graciela Liciardi y David Sorbille

Presenta: Roberto Ferro.

 

 
Por:   Ferro Roberto

Que otros se jacten de las páginas que ha escrito, a mí me enorgullecen las que he leído.

Jorge Luis Borges

 

La lectura es una cuestión de óptica, de luz,  una dimensión de la física.

La imagen poética es como un cuerpo sólido e incandescente irrumpiendo de pronto en el vacío. Deslumbra la mirada.

Voy a comenzar mi exposición por las segunda parte del título.

Me concentraré en los últimos libros que han publicado Nilda Barba espejismos (viajeros sin eternidad) (2018) y María Claudia Otsubo Diminuto verde (2018)

Sus poéticas  exploran territorios diversos, pero tienen  zonas de coincidencia:

Comparten un mismo gesto de tratamiento de las palabras, de la consolidación de reverberaciones tonales, en la construcción de la página como campo de posibilidades, del exorcismo de cualquier relación verbal unívoca e irreversible lo que abre camino a un incalculable abanico de perspectivas de sentido.

Acaso solo la literatura, y en ese espacio de manera extrema la palabra poética exhibe desaforadamente el divorcio permanente entre el lenguaje y el mundo. Para Barba y Otsubo la poesía es una utopía que busca iluminar esa diferencia, tender puentes de sentido.

La lectura insistente y migratoria de espejismos y de Diminuto verde  me ha llevado a imaginar una configuración que me permita simular los juegos de sentido de los poemas; un dispositivo que disponga las páginas unas sobre otras, trasformando el blanco en laminillas transparentes, de modo que mi mirada se trame con la letra impresa en enlazamientos nostálgicamente cómplices de un kamasutra de lectura, en los que la travesía de mi mirada y el cuerpo  extendido de la letra impresa se interpenetren sin retóricas de clausura de sentido. Cada uno de los poemas, dispuesto sobre su laminilla transparente, diagrama con mi mirada: un conjunto multilineal; las marcas siguen direcciones diferentes, forman procesos siempre en desequilibrio y diseñan acercamientos y puntos de fuga. Cada trazo aparece quebrado y sometido a figuraciones diversas de inserción, ya se bifurcan, ya se ahorquillan, ya se imbrican y desfloran. La suma en perspectiva de las laminillas, sobre las que se imprimen conjuntamente las derivas de la letra impresa con la confabulación de mi mirada, en modo alguno posee contornos definitivos, sino que aparece como cadenas de variables relacionadas entre sí. Esas cadenas dan a leer, por una parte, líneas gruesas de sedimentación, de insistencia, de repetición y, por otra, líneas de fractura, de corte, de suspensión.

La piel de la mirada se desliza por la rugosidad sin límites de los injertos, laberinto interminable de la confabulación que la mano y el ojo tejen y traman sin clausura y sin destino.  

Esa forma de lectura anuncia desde el principio una correspondencia en torno de los títulos tanto espejismos como diminuto verde son figuras metafóricas de lo  visual.

Espejismos se da a leer, en una sugerente disposición que entrega a la mirada lectora, al menos dos recorridos posibles; el texto aparece enmarcado por apartados señalados con números romanos: I “en tránsito” y II “en espera”, que constan de un solo poema cada uno; el cuerpo del volumen se presenta separado en cuatro secciones numeradas correlativamente: 1- afuera (en el andar), 2- adentro (después del reflejo), 3 – sueño y vestigios (más allá de la vigilia), 4 puertos (viajeros sin eternidad). El conjunto de esos títulos puede ser leído tanto como una constelación como por estaciones que marcan las diferentes etapas de un trayecto a través del tiempo y del espacio; esas travesías consisten en exploraciones que, desde luego, no se reducen al mero registro, esto es, a descripciones escénicas o afines, sino que se figuran experimentadas en hondura, como un viaje interior, viaje sentimental que se realiza, simultáneamente con el viaje interior.

“de esos puertos ahora zarpan y se pierden de vista”

“es el ojo que percibe mucho más allá/ el último silente destello”

Hay dos figuraciones líricas que ejercen un fuerte desplazamiento generando una notable atracción en los poemas de espejismos, una es la del espejo que lo separa de los sentidos tradicionales como la imagen e Narciso; en cambio, en los poemas de Barba se inscribe un espejo que se puede atravesar, hay otro lado desde el que las  voces líricas, la de un yo y la de una ella, pueden revisar el pasado estableciendo distinciones entre lo vivido y lo imaginado; la otra, es la del final del pasillo, que también es una condensación temporal, el anuncio de un recorrido con una marca de término que señala la confluencia entre las dos figuras.

La escritura se va urdiendo a través de gestos pacientemente recomenzados. Los espejismos del título, que se originan y se propagan al trasponer el espejo, en la palabra poética de Nilda Barba dejan de ser un paisaje interior de la memoria y reaparecen como un territorio inexplorado. Las voces líricas desde las que se profieren los poemas intensa y morosamente se apoderan de comarcas desconocidas; la escritura movida por el trazo de una delicada arqueóloga da sentido imaginario al pasado, pero en tanto que palabra poética desvalija ese pasado de lugares comunes dándole otra consistencia. En cada fragmento de su texto se vislumbra un punto invisible, desde allí recomienza la escritura, en ese centro descentrado de una espiral inasible, que es a la vez el principio y el final de la desaparición de un sentido conminado a abandonar su identidad para ser otro a cada mirada.

“hay un espejo”

“las propias marcas interiores escondidas en el cuerpo”

Nilda Barba ha publicado en 2018 Sentada a la mesa del poeta – En encuentro y lectura con Héctor Miguel Ángeli, lo que confirma su vocación de centrar en la mirada lectora su pasión poética.

En Diminuto verde Claudia Otsubo se da a leer separado en cuatro secciones:    “Alida Vallí”, “Poemas de Imbassaí”, “A ellas” y “Diminuto verde”.

En la escritura de Claudia Otsubo hay una urdimbre desde la que emergen las imágenes poéticas. La sensualidad de las voces líricas se asientan tanto en la visión como en el tacto, en ese entrecruzamiento he leído los poemas de Diminuto verde.

Las voces líricas inscriben el tacto en una suerte de visibilidad posible o sus posibilidades de mirada son el tacto.

En el tacto hay una percepción del cuerpo externo y la sensibilidad del propio cuerpo que es percibido. En cambio, en la visión el ojo que mira no aparece a sí mismo en la percepción. Contradiciendo estas observaciones sobre esa distinción, en Diminuto verde las voces líricas que dicen los poemas figuran las miradas como contactos y no como  ejercicios de visión. Las miradas perciben como si estuvieran tocando lo que ven. El cuerpo percibido entra en relación inmediata con el cuerpo que percibe:

“¿Ves/esta gota/que de mi mano/se desliza?”; “Ya la mano/se estira./ Su espalda/ frente/ a mis ojos/es un lienzo/ y por él/ deslizar/ quisiera,/palabras o trazos/ tal vez,/una caricia/que evoque/ el instante/ irrepetible.”

En los poemas de Claudia Otsubo los cuerpos se nombran desnudos: “En la mañana, te desnudas, por completo”;  “Hoy no se ha abierto/la ventana aquella/y es un ojo ciego/la pared desnuda” Esa desnudez se ofrece al encuentro, esa exposición de los cuerpos alienta la caricia: “Un manto eterno/se despliega/como una caricia”

La caricia es una aproximación sin fin. Esa aproximación que enfrenta las superficies tiene vocación de profundidad, ajena a todo ejercicio de dominio.

Otsubo inventa miradas que se tocan. Una mirada/tacto precisa que haya una firme renuncia a la apropiación, a la dominación.

Su escritura toca mientras ve para permitir que el otro surja en toda su diversidad. No hay dominio, hay comunidad.

En una crónica “Literatura infinita” de Claudia dice en consonancia con su valoración de la mirada lectora:

“Por lo tanto, hay en la lectura también una instancia de búsqueda, casi detectivesca. Una indagación que parte de una intuición, ya que no necesariamente se lee como crítico. Ese pararse frente a la escritura (la propia y la del otro) y tener la posibilidad, por ese ejercicio de poner en movimiento nuestra biblioteca, de reconocer la marcas o la huellas que antecede al propio texto que tenemos entre manos, es lo que le da infinitud al acto literario […] En otros ejemplos la nueva palabra escrita se roza con una anterior sin señalamientos aparentes […] Quizás por eso se sigue escribiendo. Cuando como una luz se enciende para el lector esta pista -de otra lectura- se produce una pausa interior que detiene el andar del ojo sobre la línea. Es entonces cuando el texto hace hondura. Ocurre también con la música, con la pintura, con el arte. Ocurre en la literatura, y la intertextualidad habla de su maravillosa infinitud.”

Es posible pensar la luz como metáfora del lenguaje; así  entendida, como claridad  virtual y donante de la visibilidad, significa la apertura a una semiosis ilimitada de los sentidos, no por la imposición de una plenitud presente, sino por despliegue sin fin de sentidos posibles.  De este modo, nos encontramos en relación con la luminosidad del sentido, que no es una claridad ya dada, sino que se halla en una vinculación tan esencial como problemática con la oscuridad, el horizonte  hace indecibles el infinito y la nada. El horizonte, al que me refiero, no está concebido a partir de los objetos y nuestra actividad de representarlos, sino como condición fundamental de la producción de sentidos.  Iluminamos el mundo con los sentidos que produce el  lenguaje, pero la luz no proviene de otra fuente. El lugar abierto, el espacio iluminado, nunca se configura como un escenario inmóvil cuyo telón se encuentra levantado; la posibilidad jamás garantizada de captar con el sentido un fragmento de mundo se funda en la imposibilidad de abrazar la totalidad de la semiosis. La ilegibilidad no es lo opuesto a la legibilidad; la ilegibilidad  libera los innumerables despliegues de la legibilidad; el impedimento de aprehender "el sentido" como una cosa concreta y acabada, es lo que deviene en  insistencia indeterminada por la producción incesante de sentido. Lo  iluminado en la apertura escénica supone  por fuerza un fondo oscuro que nunca puede ser iluminado en toda su extensión.

Esta luz queda unida por un vínculo esencial a la oscuridad, el sentido producido es figurado como un espacio abierto.

El lenguaje hace lúcido el mundo, la extensión incesante de los sentidos abren el lugar humano a horizontes inestables, tejidos por la cópula indecisa e indivisa entre lo infinito y la nada, que asedian en los bordes. Así pensada, la metáfora de la luz tiene necesariamente dos complementos constitutivos; por una parte, su  envés solidario: el horizonte del lugar humano debe lindar con la oscuridad, y, por otra, el sentido para ser inteligible exige una detención de la incesancia luminosa, se hace entonces trazo, en ese pliegue, en esa rugocidad emerge la sombra.

Paragrama y paradoja, sucesivos y simultáneos: la luminosidad del  lenguaje, tendida hacia todas las direcciones imaginables, recorta el territorio humano del mundo, empuja lo inteligible hasta el abismo de la densa cerrazón,  lo aparta de la oscuridad; pero en cada detención, en cada encrucijada, en cada injerto, la luz cambia hasta un grado de intensidad en el que  la marca, la huella, el trazo,  sólo son legibles como sombras de fugaz permanencia. 

La visibilidad no concierne a una lucidez general que ilumina objetos preexistentes;  está conformada de inesperados resplandores, intervalos en los que el sentido se esfuma y/o se hace emblema, se difunde y/o se condensa, distribuyendo lo visible y lo invisible, constituyendo la vacilación lábil y persistente del sentido, no como un símil de la fotografía, una remisión a  una imagen paralizada, sino como una sucesión alucinada de fulguraciones, una arqueología que se hace con algo más que con restos trascendentes, una arqueología de la inscripción en el cuerpo, territorio desmesurado en términos de memoria. El cuerpo es la extensión de una memoria cribada de olvidos. Una memoria discontinua, un territorio asediado por la bruma, la distancia, los cerrojos, el terror, la abulia de la rutina, la irrupción erótica.

Giorgio Agamben  piensa al ser humano como una máquina óptica. Uno de los aportes fundamentales que Agamben es la introducción de dos polos, uno humano o divino y otro natural o animal, pensando al hombre como un dispositivo bipolar. Su funcionamiento, por eso mismo, se caracteriza por articular y desarticular los dos polos que la constituyen.

En nuestra cultura, el hombre ha sido siempre pensado como la articulación y la conjunción de un cuerpo y de un alma, de un viviente y de un logos, de un elemento natural (o animal) y de un elemento sobrenatural, social o divino.

De tal manera que los dos elementos, el natural o animal y el sobrenatural o trascendental, en el caso de la máquina óptica, tal como nosotros la entendemos, son el ojo del alma (ojo metafísico) y el ojo del cuerpo (ojo físico), cada uno con una luminosidad caracteriza una visión particular y una mirada propia.

Por detrás del ojo del alma, funcionando como modelo y paradigma, se encuentra el ojo del trascendental; por detrás del ojo del cuerpo, el ojo del animal. La máquina óptica por lo tanto articula e integra dos miradas dispares, y produce, como un efecto de esa integración, una cierta imagen (o imágenes) de lo humano.

La palabra poética de Barba y Otsubo convocan el pasaje entre esos dos órdenes constitutivos de nuestra existencia.

No hay fórmula, no hay receta, el destello de luz, la luminosidad del sentido no se deja atrapar por una explicación que la reduzca una causalidad o una determinación, queda en el territorio incierto del misterio.

Ahora voy a abordar la primera parte del título de mi exposición.

El misterio de la luminosidad.

El término novela de misterio a menudo es utilizado como sinónimo de novela de detective o novela de crimen, es decir, una novela o cuento en la cual un detective (profesional o aficionado) investiga y resuelve un misterio criminal.

Como se ha mencionado ya tantas veces el policial suele ser pensado como una forma de exponer las relaciones entre el crítico, el investigador, y el escritor, el criminal, cuyo delito consiste en quebrantar a ley de la repetición la ley del estereotipo. En ese sentido Barba y Otsubo dos asesinas seriales.

Misterio, en el contexto teatral europeo designa una modalidad de drama religioso que en el Medioevo ponía en escena pasajes de las Sagradas Escrituras. Por su carácter arcano, simbólico y mágico  los misterios medievales pueden considerarse herederos de los rituales celebrados en Eleusis, cerca de Atenas, en la Gracia clásica.

Los misterios eleusinos eran ritos de iniciación anuales al culto a las diosas Démeter y Perséfone.

Diosas gemelas, representaban para los pueblos de la antigüedad los poderes de la naturaleza, su transformación y emergencia cíclica.

Los Misterios de Eleusis que celebraban a estas Diosas eran ritos dionisíacos de pasaje destinados a personas adultas que proporcionaron un espacio sagrado para vivenciar nuevos estados de conciencia y una percepción del más allá de la vida.

El final es el principio.

El misterio de la luminosidad. La escritura poética de Nilda Barba  y María Claudia Otsubo.

Sus poéticas no se dejan explicar por el orden apolíneo, antes bien toda tentativa nietzscheana se sitúa en el plano de lo dionisíaco.

He recurrido a los ritos de Eleusis como la imagen metafórica para exponer la imposibilidad de la vía de la explicación argumentativa para el desello que la palabra poética emite para iluminar las vastas zonas de oscuridad que los otros lenguajes dejan sin palabras. Los mitos no existen por sí solos, están a la espera de ser encarnados.

La tensión de las imágenes metafóricas visuales atrae la tensión de luz y sombra.

La incandescencia en los poemas de Nilda Barba ilumina una pasión que ha declinado y que se figura como un espejismo.

La incandescencia en los poemas de María Claudia Otsubo se inscribe en un diminuto verde de una mirada que se hace roce y se hace tacto.

En las dos poéticas que he intentado leer en concierto la luz hace posible nombrar ml que permanece en la sobra y no se deja nombrar por los otros discursos. 

Fotos: https://www.facebook.com/AbreguAna/media_set?set=a.10156335910803861&type=3 

Video: https://youtu.be/pxTH1nQ43wI 

 




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