METALITERATURA

Revista de literatura

Para que sea otra voz

7/29/2019 Improbables

Sobre Desde aquella ventana de Roberto Ferro.

            El eterno doble del juego me pone en jaque, me interpela y me incomoda –o desinhibe, pienso riendo–; me abraza la duda de este comienzo que no empieza aquí para nadie, tampoco para mí –si es que supiera donde empieza todo realmente– y que tiene el vértigo no solo de la eternidad, del abismo imperturbable de la palabra escrita sino también el de la continuidad –o contigüidad–.

 
Por:   Rotundo Laura

El caso es que en la novela la reminiscencia se excede a ella misma como modo y los dobles –de ellos mismos y de otros– bailan catala –como los famas del otro JC– con las voces que ya no se creen tales aunque estén vestidas de novelas o de sombras.

            Los que trabajamos con Roberto –o en su contra, más que nada– sabemos que estamos sometidos a la doble identificación con –o entre– la vida y la literatura; y hablo de sometimiento, no de interpelación, ya que a esta altura me creo en condiciones de afirmar ciertos procedimientos. Pero, pienso: esta humilde reseña debe hablar de la novela, no de mí; y me respondo: Ferro, como recuerda JC – me gusta escribir JC y no Jorge Cáceres y así no atenuar las intenciones– diría que debe ser sobre la lectura y a medida que voy leyendo veo que la lectura soy yo o parte de mi, entonces yo tampoco podía faltar en este convite (y me reservo el guiño). 

            Creo haber percibido muchas veces que las novelas de Roberto hablan de la escritura y al mismo tiempo que no es solo de la escritura de lo que hablan; creo que más allá de las sombras agazapadas –ya casi sin camuflajes– por detrás de las tramas policiales hay una instigación constante que mezcla –o percude, o perturba– la figura del narrador que evoca incansable e insistente por entre los eternos y espejados pasillos. El placer de la escritura se escurre por entre los avatares de la pluma que narra y que ya no sabemos bien –por suerte o por incomodidad– a quien pertenece, entre los resquicios que el desconsuelo social deja tras su infame inquina con los que nada hacen para permanecer o sucumbir, afloran las pasiones mundanas y etéreas del ser narrador y narrado por la escritura y la vida, por Ferro o JC.

            Si JC fuese Ferro (uno anónimo, sin la presión de ser quien es), Vieytes bien podría ser Piglia y se podría ensuciar un poco el cuadro leído bajo la lupa de las pasiones compartidas, una gran amistad y el deseo de justicia –literaria y social–, pero eso sería reparar un poco el texto o quitarle sus quiebres, su textualidad: alguien tiene que morir para dar lugar a los sucesos que den lugar a la palabra –que nunca es ella ni sola– para que se conjuguen en el entramado literario los interminables significados posibles y/o imposibles. 

            La muerte que es escrita y que “escapa a la tríada pasado– presente y futuro”, la literatura la deja al margen porque en la ausencia del narrador, en la ficción de lo narrado está la perdurabilidad del relato en el tiempo y la posibilidad de ser leído eternamente. Esa muerte no será entonces vida nunca pero si perpetuidad, la memoria o su posible lectura hacen que escape al vacío de la desaparición del cuerpo, en el cuerpo de la letra que la nombra. La novela, esta novela, evoca la muerte no solo como motivo sino como vínculo, como otra forma de estar o de rememoración. Nada es tan real y unívoco como la muerte, que, a diferencia de la palabra y sus múltiples sentidos, solo puede leerse como ausencia en el momento en que es nombrada. Y el amor, si es que puede pensarse en una relación copulativa con la muerte –y repienso el nombre de la relación con cierta sorna pero sin poder cambiarlo por otro– sin ser nombrado y siempre abismando el deseo y re dirigiendo el sentido de las acciones aparece como un turbio velo que deslinda y compone la intención, la atención. Ronda siempre pero se diluye. JC, el solitario vendedor de libros viejos, no puede asirlo ni eliminarlo del juego, forma parte de su costado de ilusión y de sueño, de su retina desviada que lo percibe por el rabillo como a una musa.

            La trama policial, la funcionalidad de sostener un orden y una tensión determinada por el  género no es solo una forma de denuncia del lugar que ocupan las personas en la sociedad, del infame poder que tiene el que posee dinero, el abuso y la impunidad de la que gozan y practican a costa de inocentes – y en la denuncia  resuenan ecos de Walsh–, sino además una manera de esconderse detrás de JC que no es ni alter–ego, ni heterónimo, ni desdoblamiento ni saga sino otra excusa para materializar otro destino –o posible narrativo como lo llama el Dr. Ferro... si es que podemos decir que alguno de ellos exista realmente– que el que lee o escribe accede a partir de la ruptura de la identidad y de la distancia o el diletante espacio habitado o existente –canal, arenisca, espesura– entre ficción y literatura.

            Pero eso no termina allí como no lo hace la novela una vez que resuelve el enigma superficial que la vertebra, sino que se expande en el tránsito de las historias por las distintas plumas que intentan asirlas, perpetuarlas y exponerlas sin adueñárselas del todo. Poniendo siempre en juego la idea de que la escritura es lo que hace al texto, ventila suavemente el velo interminable con respecto a la circulación, no solo de los textos sino de los modos de leer, de qué modos se lee un texto literario y como se leen los textos en y de la vida, las tramas que nos envuelven y nos vinculan, nos ciñen, nos perturban y nos condicionan, o contaminan o envilecen o amarillo.

 





Ana Abregú.

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