METALITERATURA

Revista de literatura

Como fuego inacabado y luciente de Raquel Gianella

1/16/2020 Interesante

Si la literatura es palimpsesto como señala Gérad Genette, la vida y  la poesía se repiten en el “barco a la deriva” y se va “en gran barcaza/cruzando aguas doradas”, como en los tramos que nos muestra  El barco ebrio de Rimbaud. Amor, deseo, lucha, peligros van despeñados hacia la sombra final que es la muerte, advertida por ellos, tú, ella, nosotros y el fantasma, la matriz de la escritura, velo último (o primero) de la realidad que nos separa de “eso” que no se puede decir.

 
Por:   Liliana Bellone

Raquel Gianella escribe, lee y recuerda, teje su texto con los hilos de la historia personal, del diario íntimo como señalara Horacio González sobre su escritura, diario donde está Buenos Aires, el tango, Gardel y Contursi, el amor, el arrabal, las noches y la barca de las estrellas…

Desde el lugar del lector, se escuchan entonces las voces, las imágenes y las figuras en un trabajo lirico de apelación y repetición: la infancia perdida, los cuentos de hadas  y la corrosión del tiempo. Desde su barca, la poeta advierte otra vez a Rimbaud, el de Una temporada en el infierno, que dice su vertiginosa palabra desde un lugar donde las palabras no alcanzan.

Lo social y la luchas por la justicia se modulan en la figura emblemática de Milagro Sala, la presa por embanderar a los humildes, la capaz del levantamiento de los pueblos, la abogada de los pobres y desposeídos,  Milagro, la que recuerda a Micaela Bastidas, esa Milagro Sala, que evoca a Juana Azurduy, a  Martina Silva de Gurruchaga, a Manuela Sáenz, a Macacha Güemes  y por supuesto, a Evita, todas voceras y protagonistas de la rebelión y la libertad.

Desde su orilla poética Raquel Gianella dice la forma del  axolotl del cuento de Julio Cortázar, el anfibio trasmutado en humano, narrador y pez, atrapado en el movimiento continuo, “molusco cósmico” , infinito, mortal  e inmortal que es el devenir del ser o de lo que no es ser, la nada y la existencia, el yo y el Otro, los otros y el yo, y finalmente lo “real”, eso que todo lo puede, porque no es palabra, porque no es ni deja de ser, agujero negro, primigenio, lugar a donde se dirige el barco ebrio.

En los versos  y en la prosa poética de Gianella está Rimbaud, sus luces permanentes y sus fuegos, sus estrellas y abismos, sus tormentas y remansos, sus naufragios, sus colinas y sus castillos, sus puentes levadizos, sus piedras, como en el otro infierno,  el de Dante Alighieri en su Divina Comedia.

Viaje por la vida, por el deseo, el recuerdo, el amor, la amistad, la nostalgia, la carencia y la  plenitud, viaje iniciático y final, porque el poema roza algo de lo eterno. Poesía devenida de la vigila y los sueños, de la experiencia, el camino, la lectura del universo y la lectura de los libros, que repiten otras voces, escritura palimpsesto, de segundo grado, como es al fin la literatura, esa gran tautología y de la que surgirán los textos que entraman las condiciones sociales, los límites y la trascendencia de lo humano junto al asombro ante lo inexplicable, la memoria, la palabra, lo dicho y lo no dicho, lo imposible de decir y la convicción generosa y abnegada de decirlo.  Función poética; fuego inacabado y luciente.

Como Fuego inacabado y Luciente. Buenos Aires. Nueva Generación. 2019.

                                          

 

Revista de literatura, especializada en literatura latinoamericana.



Ana Abregú.

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