METALITERATURA

Revista de literatura

Las pepas

2/18/2020 Textos

Seguimos presentando a escritores que se suman a la propuesta de Microficción.

Ana Rochi, periodista, entrevistas vinculadas al mundo de la gastronomía, viajes, life & style. 

Revista Luz, Clase ejecutiva, RSVP, Publicidad, Marketing & Desarrollo, eye to eye (2008 – actualidad)
Docente Gato Dumas Colegio de Gastronomía - materia Sociología del Consumo (2017-2019)
Consultora: Ministerio de Producción y Trabajo de la Nación (2004 – actualidad) 
Mystery Shopper: (2014 – actualidad)
 
 
Por:   Ana Rocchi

Las pepas

 

¡Viva la Pepa!! Me encanta esa expresión. Española. Me parece un himno de liberación, de desarmar, de revolear todo y salir corriendo como cuando éramos niños. Y casi no teníamos límites. No había mundo imposible. Lo que quisiéramos. A gusto y piacere. Hasta que una mirada progenitora o no, protectora o no, pero sí dominante, nos ponía el bozal o el freno. Chau libre albedrío. Las pepas. Esas son otras. Las galletitas preferidas de mi papá y mías. Con membrillo en el centro. No había encuentro sin ellas. Le llevaba para estoquear. Igual no le duraban mucho. Luego, no compré más. No supe compartirlas con nadie más que no fuera él. Las veo en las góndolas y me resultan lejanas, desconocidas. Había otra, Pepa Sampini. Una solterona muy delgada y alta. Vivía con su hermana Maruca. La casa era de paredes verdes, con muchos claroscuros, a lo Caravaggio. Sombras. Camisas abotonadas hasta la garganta. Cabellos recogidos. Arrugas que invadían sin freno. Ropas hechas a mano y a crochet. Una soltera y la otra, viuda. Y una madre antiquísima que las juntó como ramillete. Hasta que también murió entre encajes y percalinas. Pepa tenía miedo de todo. Casi no salía. Miraba la vida detrás de la ventana. Su rostro anguloso sólo desandaba un pasillo lateral que llevaba al fondo. Una galería impecable de flores. Su mundo era de helechos serruchos, malvones, hortensias, geranios y algunas calas. A la noche, escuchaba en la radio “Esta es su serenata”, mientras, sus pies se movían al ritmo de una Singer negra y potente.

 

La pelu

 

Panza para arriba en el sillón giratorio, forrado de cuero verde. El techo giraba y yo feliz, reía. Alrededor, tijeras, cepillos, navajas, una bacha con pie de madera y una publicidad gigante de Lord Cheseline. Mis pies no llegaban a la punta. También me podía reclinar y tenía apoya cabeza y brazos. Era mi potro neumático, sin patas.  Hasta que llegaba algún cliente y me destronaba. Mi abuelo lo engalanaba con el peinador impecable y lo embadurnaba con espuma de agua y jabón. No había charlas. Era todo una seguidilla de chistes con algún que otro diálogo. 90% risas. Pero correctas si fuera posible de calificar así. Nada estertóreo ni chabacano. Uno de los últimos pasos era sacar la pelusa, luego un cepillito suave por la nuca para limpiar pelitos remolones. Y ahí sí, el señor se miraba de frente en el espejo gigante, generalmente decía Muy bien y se incorporaba alisando la ropa o los tiradores de pantalones tapapanzas.  Otra vez libres. Ahora a jugar a otra cosa. El ludo. A veces, a las damas. Usábamos una silla tonet de mesa. Me daba lo mismo elegir las blancas o las negras. No me acuerdo si ganaba o perdía. No me importaba. Hacíamos un parate. Él se preparaba un mate de leche, yo caramelos media hora y seguíamos. Se abre la puerta de vidrio repartido y otro intruso.  Quiere un corte a la garzón.

 

Las muñecas

 

En mi infancia yo era maestra. Mis alumnos estaban ahí enfrente, sentados, mirándome, de espaldas a una pared celeste, deslucida. Les hablaba, les explicaba. Pero más tiempo me llevaba escribir y dibujar en los cuadernos, forrados con papel araña azul. El auditorio era mi compañía en días fríos, grises, de árboles desnudos y nudosos. Una ventana gigante me acompañaba. Intuía que por ahí andaba mi madre, lavando ropa o encargándose de los animales domésticos. Dialogaba feliz con los niños fantasmas, presentes y ausentes. Otras tardes me acompañaban mis muñecas, algunas con vestidos reciclados, tejidos al crochet no sé bien por quién. Katya, Elsa, Monique. A todas las maquillaba con las lapiceras bic de distintos colores. Había una que no era para jugar, era para mostrar, vestida de azafata, hermosa. Por un tiempo, estuvo sentada en un almohadón gigante en el medio de la cama de mis padres. Luego se guardó para que no se ensuciara. Un destino solitario. Allí, en un hueco del ropero de estilo provenzal, con madera oscura y pesada, vivió su vida de juguete inútil. Ni siquiera nombre tuvo. A la noche todas dormían conmigo, me ocupaba de que cada una conciliara el sueño. Las cuidaba. Y con ellas, ya no sentía miedo a la puerta derecha del placard, donde se colgaba la ropa de mi padre. La miraba fijo. En mi fantasía, alguien saldría en cualquier momento. Un extraño que de repente abría esas fauces negras de madera, haciendo caer la pequeña llave de bronce torneado que brillaba entre la penumbra. Luego de tanta quietud con miedo, de mirada fija a esa llavecita, con mis muñecas alrededor, a modo de legión francesa protectora, con sus vestiditos tejidos, con sus ojitos de pestañas largas y arqueadas, nos dormíamos todas.

 




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