METALITERATURA

Revista de literatura

¿Cómo se vive la poesía?

4/15/2020 Interesante

Foto de Pilar Vilcapaza, poeta de Puno, Perú.

Es necesario amplificar todos los sentidos mentales para evidenciar la realidad viva del arte poético. Su realidad ínsita en la propia forma de entendernos como seres humanos, su matiz inherente a nuestro propio eje de pensamientos y sentires. 

 

 
Por:   Julio Barco


Ahí, para empezar, el sentido del sentido. Es necesario, alejarnos de la banalidad del prejuicio y volver a cierta ingenuidad de la ternura, de los ojos claros, de la confusión.  Con esto, solamente quiero decir que la poesía es un estado de nuestro pensamiento, perpetuamente agitado, que se sujeta a la creatividad (y sus oleajes); a la libertad, a un sueño discursivo personal que termina siendo canto compartido en la intimidad.  Recuerdo que Goethe hablaba de lo súbito que puede ser un poema; Hinostroza explicaba como el relámpago de la inspiración lo sumía en la predisposición para el canto, aunque era desembocadura de "tener la mano caliente", es decir, una disciplina y estudio previos para poder encauzar el fulgor esencial del trabajo poético. La mente que se observa a sí misma y se oye se sujeta a una libertad interna. 

La mente atada a un discurso, a una ideología o furor se ata a un conflicto. Vivir la poesía, por ende, es "habitar" el mundo desde un sentimiento más intenso con el lenguaje, -palabra, nube símbolo, matices de la propia conciencia- que nos abre la posibilidad del diálogo infinito. Habitarlo más allá del lenguaje, en el propio fluir, en el propio andar: la poesía se alimenta de las percepciones desnudas y profundas; busca un cuerpo donde sostener su lenguaje que se adentra dentro de sí misma y brota como hierba salvaje. Ahora pongo un disco de Duke Ellington, doy vueltas en mi habitación y siento que la poesía se nutre, pese a todo, del temblor de la realidad, de sus furores y vientos; de su comprensión y vaticinio; de las esquelas que caen sobre el cuerpo y son urgentes de tatuar sobre el cielo de la hoja. Pienso en las calles y la música tan particular de la poesía china, rumana, chilena, francesa, inglesa, alemana, japonesa, italiana, cubana, ecuatoriana, norteamericana -es interesante plantearse las diversas y vastísimas arquitecturas poéticas de cada país- y me embriaga su largo itinerario de colores: la poesía es también un largo dragón de millones de colores que todos cargamos sobre los hombros y brota y se difunde como una espada. Leo estas palabras que pegué en mi pared:

Es el alba, en su rocío

la hoja pegunta al tacto
si es carne o cristal frío
lo que siente su contacto
. (1)

¿Qué diferencia el latido del poema del latido del humano? A diferencia de otras artes, en el arte poético el lenguaje es el protagonista. Separado de la música, el poema tiene todavía algo que lo aproxima al canto: el deseo, el fervor, la ceguera de la fiebre; y luego, evidentemente, la calma, la paz, la serena introspección. He ahí un poema: vibrando como un fruto fresco, oscilando en su propia vitalidad. La poesía se alimenta de la propia poesía y es arte donde conocer y entender sus fluidos es esencial para que no decaiga su rigor, su fuego. Hay, sin embargo, mucha animadversión hacía los que cultivan este ritual con la palabra. 

Hay una rabia que impide realmente pensar serenos en este oficio. Rabia alimentada por la envidia y límites de nuestra propia cultura. Alguien podría decir que jamás fue popular la poesía, ignorando tal vez el respeto que tiene actualmente en varios países y la enorme cantidad de autores que siguen naciendo.  No obstante, la poesía sigue siendo rara, un elixir, un oasis o un vaso de agua fresca donde muy pocos tienen sed. Pues, también, la poesía es un contacto más intenso con la realidad de las cosas, con la realidad de uno mismo entre la realidad y las cosas, y la naturaleza mental que brota de ese contacto.  
Esto conduce, como bien entendió Brodsky, a una intensificación de la mente, a un resplandor de las ideas. En esa ecuación de elevación mental, de complejitud de lo real, se debate la mejor poesía; que es, -valga la metáfora-, cierto árbol del conocimiento propio. He ahí el poder que dota al poeta de cierto emparentamiento con lo alquímico al hacer del lenguaje un ser vivo. Y al darle más agudeza de sentidos. Hay que observar que ya corrió basta lenguaje y se fusionó con los sentidos que nos dio la ciencia en el último siglo (2)

Ahora bien, yo pienso en toda la aventura del espíritu poético peruano (3) de nuestra región fluyendo entre la primera vanguardia, caminando a otros rumbos más clásicos o de la generación del 27. Suenan los helicópteros en la mañana tranquila, hay que preparar el desayuno, pagar la deuda del internet, viajar a ver a una muchacha hermosa como el canto y me pregunto si seguiremos leyendo poesía cuando vivíamos en Marte o conquistemos otras galaxias. Imagino enormes y divertidas bibliotecas con poetas de todo el cosmos, con registros divergentes sobre el sentido de la gramática, una lingüística no encerrada en la triada mental lacaniana, o sujeta a la unimensionalidad marcuseana, o en la enajenación capitalista.  Cuando los países se disuelvan cuántas Bibliotecas de Alejandría caerán; cuánta soledad del lenguaje y cuánta desmesura de futuro. Frente a ello, para poesía solo puede seguir siendo obstinadamente fiel a su fe de comunicar, de elaborar lenguajes y espejos, brújulas y laberintos. Y se me da por pensar que la poesía tiene la misma duración de la especie humana. Si el hecho simbólico es el que nos separa de la naturaleza y nos da todo el artefacto cultural, me parece necesario comprender que el rol poético tiene el papel protagónico de ser el que exprese esta coyuntura. Sigo pensando en el siglo de Rubén Darío, en el Salmo a la Pluma, cuando expresó

Nada hay más grande, nada, que tu destino, ¡Oh Vate!

Algo que no deja de advertir el poder trascendental que le confiere a la plenitud del poeta. No está demás advertir y decir por si alguno lo duda aún: la lectura forma al poeta, como el fuego forma los metales. El poeta es esencialmente un ESPECIALISTA en reavivar los rescoldos del signo. Leer es leer las eras, entender el oído mental detrás de lo plasmado. Pienso que la lucidez de este acto dota al propio sistema de vida de un cierto don. Cierto talento para observar y decir, y en su decir fundar lo real y crear actos vibrantes. Todo esto me  conduce a igual entender que uno le debo mucho a los poetas muertos, a su tesón y sabiduría por aprender a sujetar su ritmo diario a un oficio que, entre otros miles. Yo pasé horas educando mi mente en la poesía de todos los tiempos. Me apasionan los lenguajes y me gustaba saborear los tonos. La música mental, en sus diversos ritmos, te conecta a toda clase de registros. Encontraba melodías disímiles según la tensión de cada poeta. (Ahí veo la fuerza cósmica y lúcida de Oquendo: los poetas de la vanguardia peruana buscaron más ceñir una libertad lúdica desde un discurso que adjetivaron como nuevo.)

Vallejo es un poeta que, al mismo tiempo que se metamorfosea interior y estéticamente, dota a su trabajo de una crítica constante. Teoría que ya reflexiona Baudelaire cuando entiende la modernidad. No basta con el furor, es necesario lograr una ubicación crítica. Acción y teorización, hablar de las técnicas de los beat, entender la densidad neborracoa, analizar la mística española y la hermética italiana. Por ende, así como para lograr un buen verso necesito captar el sentido de los diálogos metafísicos de Rabelains, o entender los registros de libertad de Girondo, o la forma en que ubica su criterio estético Joyce, Verástegui, Pessoa o José Carlos Mariátegui, sin olvidar al tedioso de Zizek, tan horriblemente predecible, o al intenso Alenxander Block, Esenin, Maiakosky y Pavese que son también energías cercanas. En nuestro país, en este sistema, en este instante, 2020, adolecemos de mucho contacto con diálogos que -más allá de la piconería, la envidia, la mala onda de muchos, la mezquindad- logren fundir la mente a otras puertas, logren un espacio grande de contacto con la materia más rebelde y crítica del lenguaje.
Los dos latidos en un mismo acto. La buena poesía reflexiona sobre su propia naturaleza, que viene a ser la naturaleza humana, en sus diversos matices.  Pongamos dos casos Montalbetti & Miguel Ildefonso: Montalbetti desarma el sentido de qué es la palabra como tal en un juego donde usa registros de otras materias pero como la inteligencia es una sola su intento de poema logra tener cierta originalidad que se respeta; y que -desde su mirada crítica, negra- logra abrirnos curiositos paisajes. Ildefonso, también, se yergue como una figura que tiene bastante reflexión sobre el acto poético (no olvidemos a Tulio Mora, escribiéndole el prólogo a Jorge Pimentel; al propio Pablo Guevera; los interesantes ensayos y crónicas de Hinostroza; o la extensísima obra de Verástegui (4) de la cual se puede decir mucho) Lo que, en suma, nos lleva a observar  Frente a todo esto expuesto, considero que existe una naturaleza lúcida e indómita que posee todo creador para componer sus poemas. Una fuerza, tono, mirada, mundo interno, universo. Con eso, se puede hacer gran poesía a pesar de la sencillez o cualquier límite. Sapiencia que es claridad o vacío, conciencia o latido. En la frecuencia más afín al espíritu propio, los poetas hablan y su voz tiene el poder de ser acto comunicativo, que sigue incesantemente dentro de los diálogos que establecemos con nosotros mismos.

Expuesto todo esto, me gustaría más bien ubicar mi decir dentro de una duda y búsqueda constantes, que -desde mi experiencia- me da constantemente deseos de seguir.

Ahora me pregunto, ¿qué nos lleva a seguir escribiendo aunque las alarmas de las ambulancias destrocen el sueño, la crítica literaria y la poesía valgan un pepino para el grueso de la población? Hay una necesidad que no se mide ni se rige por la lógica racional, ni por filtro alguno es capaz de pasar, y que es la necesidad imperativa de crear. Sin ese combustible/motor vital es inútil la poesía. Me veo a mis 28 años tan atado a este trabajo de decir el mundo como a mis 12 o 13 años cuando empecé a dibujar mis primeros versos. Creo que la vida y el arte se parecen, usas sistemas de juego y lógica muy parecidos, y el arte poético es un drenar la propia existencia.

Para mí también la poesía se da en la vida misma, como un estado de alerta, como un estado de juego o de apertura a la libertad, creo que la poesía, si algo posee fundamente, es un horizonte de poder ser o hablar desde la libertad, y es Hace unos días visité la tumba de Julio Ramón Ribeyro. Creo que todo prosita grande no pierde la poesía en su lenguaje; la necesita para que su lenguaje respire y arda, convulsione en la palpitación físico-mental del deseo: erizar el pensamiento. Ribeyro, por ejemplo, al comparar la obstinación de la pobreza con las higuerillas, o la soledad famélica de 2 muchachitos con los gallinazos, capto que también hacía poesía. Fue ahí, en su lápida, donde leí su epitafio: "el secreto para seguir es tener siempre la flecha tensada al futuro"  Yo creo que el temblor, el pavor, la energía creativa, la fuerza y furia de un poeta se fundan en esa forma de tensionar la cuerda. La flecha, que es sabia, que es entendimiento, es el lenguaje que lleva el fuego a la pradera.

De los primeros balbuceos que zurcieron el lenguaje hasta el último poema escrito en base a algoritmos en un sistema operativo, hay bastantes siglos, habría que pensar seriamente antes de dedicarse al trabajo poético. Que es destino, gozo, dolor, furia, llanto y elevación. Con la poesía se logra continuidad, diálogo, crítica, éxtasis, movimiento corporal, puentes infinitos, pensamientos divergentes: luz perpetua. 

(o) De la novela Paradiso de Lezama Lima. (pág 197 edición oveja negra tapa blanca verde oscuro) 

(1)Digamos que la física cuántica, las 2 Guerras Mundiales y otros fenómenos abrieron otro campo de sensibilidad para entender el arte, para escribir desde otros "ojo"
(2)Que, por azar, es el que más conozco y del cual me siento más heredero. 
 (3) Como todo poeta que conoce a fondo el oficio, Verástegui termina invitándonos a participar en la poesía desde un espacio de diálogo constante, de  profundo y sacerdotal contacto con la palabra. Otro caso raro: Pancorvo, que habitaba entre la poesía más clásica de España y su misticismo cristiano-andino y la realidad más chirriante de Lima.

 




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