METALITERATURA

Revista de literatura

Semen Simetría del joven sol de Julio Barco

4/20/2020 Interesante

Entré a la poética de Julio Barco desde Arder, poemario que comenté en este mismo medio, luego, Descierto , proyecto con el cual conviví desde que lo escribió, hasta que se publicó

 
Por:   Abregú Ana

Una experiencia periférica sobre el viaje del autor sin poder determinar si vuelve o huye, transcurre la épica de la poesía peruana; la sensación de un cuerpo que se niega al movimiento que no se deja alejar de la poesía, encarnada en el amor, y la épica del relato del instante, el cuerpo, y los sueños del protagonista como objeto narrado.

El personaje de Semen, parece una continuación temporal, sólo que ocurre antes que Arder, otra vez un viaje, una mujer y el despojamientos del personaje que no tiene miedo de desnudar aquello que amenaza su inconsistencia.

 

Sé que no voy a poder cambiar algunas cosas, como dejar de escribir, aunque ya más de una vez se me dio por parar el tren- aunque la depresión existencial del tamaño de un supermercado tal vez no la pueda superar, dado que se termine mi relación con Mara. Y mis ambiciones literarias. Mierda. Escucho una canción de Spinetta, excesivamente cursi, pero filosófica y hermosa -con su buen toque de realismo emocional-, y necesito saber en qué lugar verdaderamente me hallo. Estoy demasiado nervioso, ansioso. Saco mi celular. Miro si alguien me escribió al facebook. Veo algunas notificaciones. Y me pongo a escribir en el muro de mi Facebook, ¿en qué estás pensando?

 

En esta frase está contenido el universo del texto, la mujer, la realidad, el presente, la incertidumbre, la voz poética que Adhiere a la hipótesis de Kurt Gödel “ningún sistema formal puede afirmar su propia coherencia”; y mi sistema de intervención como lectora, como en un rizoma, retorna a ese otro texto Descierto, como un modelo que interviene en este, aunque este libro fuera posterior.

El texto desafía el universo formal de la escritura y establece un universo propio, articulado en el mundo del contexto personal. El autor en viaje, es el poeta en viaje, con las inquietudes que el instante le propone. La prefiguración ocurre en la memoria, en lo referente a la mujer. El relato, la épica de un presente que va representando la creación de la sustancia de olvido.

La distribución espacial se imbrica en el discurso como una maquinaria que genera sentido.

 

 

(pegar aquí un link de una canción que despierte el sistema simbólico de las personas) (pegar aquí una ruta para salir del eterno laberinto de mi mente) (pegar aquí una forma de reparar mi desasosegado sentir)

 

Párrafo que presenta una coincidencia clara entre el cruce del plan de escritura, y el relato del plan de escritura, que expresa en el propio discurso estados de motivación, de percepción personal, el texto refiere permanentemente a un estado mental del personaje y a la relación entre las palabras que necesita escribir que se resuelve en una poética que recurre a recursos de grafía e incluso a convenciones de pre-escritura, que de quedan como una huella del plan de escritura, pero que significan un camino a la inversa: la conversión en poesía del plan de escritura y contenidos.

El camino reverso: convertir el plan de escritura en movimiento poético.

A partir de ese primer capítulo donde se presenta la rebeldía por las formas, la palabra “novela” con que se declara el texto, comenzará el relato –aunque ya ha comenzado, formalmente– con el texto, constituido ahora, de los recursos expuestos, la historia amorosa, las circunstancias, el uso del espacio, las transgresiones gramaticales o de contexto, el objetivo claro de la transgresión como representación de una revolución del lenguaje.

Durante el relato se prefigura la vida del protagonista y sus inquietudes, los libros que lee y la forma de leerlos, “…no abrir Conversación en La catedral[1] para fijarme como usa el tiempo, las estructuras, y demás,…”, dice el personaje. Como también: “Como una mala película europea surgían las calles París; yo recordaba perfectamente aquellos versos que Hinostroza menciona en un paisaje de su locura de su librito Tratado de la limpieza: ‘y claro que me gusta la vida, ya lo repito, en París, con mi café y mi tristeza’”

La novela se presenta como el relato de la escritura de sí misma, y la deriva de pensamientos del protagonista, como si asistiéramos al escenario de la escritura misma, atravesada por la realidad e impactada por el estímulo del acto de la poesía, el protagonista transcurre la vida del poeta que aspira ser.

El texto me hizo pensar en la estructura de la poesía Épica, con la mezcla del lenguaje de la época actual, la mención del uso de herramientas de escritura como Word, o herramienta de la Internet, como Google, y palabras de poetas, atribuciones, citas, que expresan la admiración del protagonista –y a su vez el recorrido poético– por los referentes locales –el autor es peruano, y la genealogía de la poesía peruana es frondosa e importante–, y se presenta con un dinamismo vertiginoso, construido en base a repeticiones, a conductas en las que participa el cuerpo, y recursos que permean la tradición poética, estableciendo una construcción a la manera de Milman Parry[2], en el sentido del análisis de los epítetos: “Vallejo, el misio, el poeto”; “señor -seriecito- Stephane Mallarmé”, marcaciones de epopeyas de la lectura, reemplazando epítetos por poemas, citas y comparaciones. La clase de estímulo importante para leerlos, además de al mismo autor.

Admirable la enumeración con se arman escenas de verdadero impacto sensorial:

 

En la esquina, antes de llegar a Vicentelo, -perros ladrando al viento, monedas en las manos de los cachineros, que acaban de sacudir unas bolsas negras repletas de basuritas; sudor en sus sienes, el pelo entre húmedo y seco, pelícano, gorrita de tela rojita botellas de Inka Cola, Kola Real, cajas de Kolynos y Dento; olor a canchita recién preparada -dulce, con azúcar encaramada sobre la blancura, meliflua, anticuchos, los jóvenes albañiles Marcos, Arana, Miguel pasando- y mojaremos las papas en lagos de mayonesa, kétchup y mostaza. Encima el pellejo rostizado del pollo, crujiente y negrito- las papas saladitas. El humo, la sal, la lechuga crujiente, rodajas límpidas de tomate, perfectamente bruñidas, mientras titilan los cantos de las aves que dan vueltas encima de la basura, y algunas tiritas de zanahoria. Sonará en la calle la música salvaje, loca de siempre: reggetón de moda, salsa de siempre; nadie hablando de poetas ni libros ni revoluciones mentales ni comunistas, simplemente gente vagando, comprando cigarrillos caros, tragos de marca para seguir aparentando una vida que carece de otros fines salvo consumir y andar

 

Fragmentos que parece desatender la historia, para convertirse en una historia del lugar, convierte todo en un plano de relato, un recursos vanguardista propio de Juan José Saer –texto “lugar”–, el lugar o espacio establece un control de la deriva, por sobre la interrelación formal de la lógica de narración.

Y ninguno de estos recursos, parecen suficiente para describir el abismo, el amor y la pasión, la escritura perversa a la que le queda insuficiente los moldes de la grafía o los glifos e incluso requiere de simbología de otros sistemas de representación, ajenos a los literarios formales, la voluptuosidad en la forma:

 

Y dando vueltas, y enredándome en mi cuarto + el tiempo + la tristeza +  la velocidad de la belleza  + este calor en el cuerpo + dos o tres horizontes perfectamente nítidos + la sinceridad =  pensaba, con mi ser y mi corazón (y el ser de mi corazón, y mi ser dentro de otro corazón: cuerpo, voces, la mirada intensamente es otra (tú y yo, y volver al yo, es inexorablemente un espejo) y mis sesos enloquecidos rabiosos (bulla, arco, vulva, calles, escueta mirada: y hay que hacer algo a lo Vargas Llosa, a lo Bryce mejor, pero con un toquecito de tu mirar, canto contra un flaco hormiguero ) como un serrucho, inmensos y furibundos como navajas cortando mi razón -miles de peces, aves: orgasmo como flores, lluvia y eternas ganas de gritar,  y de beberme una cerveza, y de estar solo con alguien de no ser absolutamente yo, ni estar en ningún puto lado; de salir huyendo, abandonarlo todo- y yo gritaba contra las paredes ¡nosotros no somos poetas, somos algo peor!  ¡somos muchachos que no queremos hacer nada por la vida!  ¡Tenemos tiempo y nos desesperamos! Vemos que todo es un circo medio estúpido, y solo queremos hacer arte: delicioso himno mental rabiosamente perlado sobre la yema de nuestro espíritu. Paciencia. Siempre, eternas paciencias Matías Bote. Dedicamos el minúsculo esfuerzo al trabajo y aborrecemos el mundo actual. Habría que leer El pez de Oro -prepararse un escabeche de pescado con jugosas rodajas de cebolla-, dos o cuatro tomitos para aprender inglés, así estudiar la poesía moderna; comprarse buenas medias, calentar el café, y obligarse al ejercicio diario, esfuerzo más trabajo, unir y unir palabras como quién suelda y suelda hierros, calles, casas, árboles. Pegar y pegar sonido, calle, color, viento: pero nada detiene tu dulzura, chibolo, y solo das vueltas y gritas como un enloquecido. Muchachos diseminados por Lima y el mundo, abriendo y cerrando documentos en computadoras – computadoras como el tiempo, viejo metal o arquitectura de algo tan herrumbroso como una metáfora sobre yo y la soledad y una navaja de rabia en tu lengua; creyendo que exploran la realidad suavemente pronunciando su mente, desvaída y amarga como un plato de aceitunas secas con rodajas moradas de cebollas.  Arrastrando el click del mouse -inútil poder- para abrir otro documento donde insertar pedacitos de la realidad + el tiempo +  el sortilegio de la realidad como medio kilo de mandarinas. Y, frente a todo, evidentemente serenarse llegar a ese regocijo consigo mismo. 

 

Notable el recorrido de epígrafes que forman parte del recorrido literario del autor, como una huella ya recorrida. El presente del personaje prefigurado entre epígrafes, lecturas anteriores.

Julio Barco es un autor que tiene presente que la novela también es lenguaje, como dice Mario Montalbetti, poeta lingüista, peruano.

Semen, como Descierto, son la épica de un viaje hacia o desde, la literatura, la clase de libros que recupera, además, el interés por la tradición poética peruana; Julio Barco, desde otro ángulo, nos hace caer en la poesía peruana contagiados de la pasión provocadora de sus textos.

En 1884, Paul Verlaine en su obra Los poetas malditos, iniciaba una expresión poética de poetas que, relegados por la sociedad, o desdeñados por los modelos poéticos a los que adherían, no tenían espacio en los medio culturales tradicionales; los poetas del grupo infringían modelos poéticos y “vivían” la poesía con referentes biográficos que molestaban a la sociedad. Julio Barco se consolida entre los poetas malditos –término que se usa por primera vez en el poema Bendición de Charles Baudelaire–, sin limitaciones a reglas en la expresión poética; Barco establece una huella estilista sugestiva, tensa, que empuja los límites convencionales más allá de las palabras.

Las características de la poética de Julio Barco, reflejan una manera de vivir, denuncia la indiferencia sobre la cultura que impacta en su país, sus poemas representan la realidad biográfica del autor, con una vida al estilo Flaneur, libre, ajeno a los prejuicios, expresa con lenguaje ecléctico la realidad de su época y construye la belleza entre palabras contradictorias, Barco avanza sobre las palabras hasta hacerlas estallar.

Un poeta maldito del siglo de la Internet.

 

 



[1] Mario Vargas Llosa.

[2] Doctor en Letras en la Sorbona (1902-1935)



 


Ana Abreg�.

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