METALITERATURA

Revista de literatura

Como un acorde en el aire

4/26/2020 Improbables

Sobre Gala, Marcial, Sentada en su verde limón, CABA: Corregidor, 2017.

El arte es una llama que ensordece, que lo invade todo porque la pasión es tan intensa que no puede ser ni siquiera trasmutada en su propio signo y así es infinita y perturbadora, eternamente intransferible, imposible de ser enquistada en un solo momento o un solo ciclo de manifestaciones, impertinente, interminable pupa de cáscaras infames, inciertas y brillantes de duro carmesí.

 
Por:   Rotundo Laura

            Si la cotidianeidad pudiese atisbar el centro mismo del refusilo que se enciende al saberse portador de una llave que abre las puertas cerradas, nada podría ya escaparse a esos ojos ciegos y entonces, no hay historia -ni Historia- que las palabras puedan -o quieran -o se permitan- nombrar. El período especial en Cuba, que actúa como fondo en la novela, no lo es nunca porque nunca un fondo es solo eso porque sobre él descansa, insolente, la imagen y ambas son partes del mismo acto (y no), porque es quien también acuna la trama y entonces se vuelve imprescindible. El momento en el que algo transcurre, la elección de sumar un episodio efímero al pasado es tal vez un modo de intentar asir los momentos para que no mueran solo con sus sabidas urdimbres, para que no quede solo la sensación que dejan los sucesos conocidos, para que no sea solo una descolorida partitura o una desconocida inflexión.

            La escritura en Sentada en su verde limón intenta, con abismal y dolorosa certeza, unir o intentar acercar los mundos que siempre estuvieron cerca pero que se alejan de solo decirlos, se unen con solo escribirlos. Ese límite borroso o inexistente -o imposible- entre lo que es posible y los fantasmas, solo engrandece a los que lo perciben como un espanto que ronda, con su baile de escobas, las pieles endurecidas por el tránsito y el espasmo de lo real que no logra dejar lugar para todos los que intentan atravesar la vida con su cuerpo incómodo y fatal. La escritura salva la inercia no por prestarle a la historia su cuerpo sino por hacer posible su existencia sin espacio. Los fantasmas que pululan por entre las almas que viven en Cienfuegos o en Londres no son menos vivos ni muertos, la vida que mueve las vértebras y lleva la sangre por sus oscuros pasillos no puede ser solo un tránsito novelesco que se repite siempre después de cada nacimiento, hay algo que redime, que descorre el velo y lo vuelve a ungir para extenderlo sobre la piel irreversible… la escritura de Gala, el saxo de Harris, las manos que están escribiendo esto en otro lado, en otro tiempo.

            De alguna manera lo que quiebra en la novela no es la ruptura como modo, no son solo las palabras de las que se apropia para nombrar a los que hablan por sí mismos, sino la escritura de la nada y el todo, de las existencia la borde del exceso y el fin del abismo sin ser nunca fin,, ni exceso ni abismo; vidas que no significan por su permanencia sino por su arte y que son eternizadas a su vez, doblemente vivos-doblemente muertos, siempre artistas- por el arte de la escritura. Solo ser dichas y aparecen, ser leídas y reviven, entonces la muerte de papel los revela inexistentes y eternos.

            La sensación de no poder cambiar la trayectoria, de no querer, de no saber. Hay algo volitivo en esa nada de sus vidas que se repite cada día en cada botella, en cada vez que se sientan en la mesa del bar, en cada impuso sexual que los quita un poco de adentro del cuerpo para devolverlos a él más suaves y melancólicos. La elección de vivir para la palabra y la escritura nuclean los posibles vivos y muertos que se entrelazan en la danza macabra de la eternidad de papel, de la música de Lennon, de las pinceladas de Ricardo, de las notas de Harris. Las vidas de la novela no se bastan pero la escritura las vuelve bellas, poéticas, escribibles, inmunes al paso del tiempo que quieren extirpar en cada acorde, cada trazo, cada verso.

            El juego de las voces interiores y exteriores representadas por el cambio de tipo de letra son, además de una invitación a descubrir la profundidad del alma de los personajes, su relación con ellos mismos y con su arte; un juego de doble espacialidad: adentro y afuera del cuerpo, adentro y afuera de los ambientes y lo único que atraviesa sin unir, unta sin zurcir, es el arte y la droga o el alcohol que, como constante inherente a lo insuficiente del resultado, no logra insuflar de vida sus vidas ¿son felices? También hay algo de eso, qué es para ellos la felicidad, qué es para nosotros o para alguien; cuando Harris se va a Estados Unidos y no aguanta, de lo que se da cuenta es de que el éxito va de la mano de la esclavitud a una carrera y el arte debe ser libertad, entonces no hay caminos reales sino decisiones que tomar y eso es un dolor tan profundo que su clave de sol se esconde en las sombras de la realidad y solo puede tocar como los ángeles en el lugar en que las notas flotan libres en el aire. La pregunta que susurra sobre el final es ¿por qué? Y en ese punto la oscuridad se vuelve compleja y envuelve al lector en una dulce y profunda incertidumbre. Cada uno elige su destino y la sensación, o no lo hace nunca y entonces: - ¿llueve?

Los espacios, el de la palabra y el de la escena, el de la vida y el de la muerte, el del arte y el de la fama, son siempre hostiles y desgajados: a todos les falta lo que el otro tiene para poder completarse, entonces el arte los salva de la nada y los hunde en ella. El afuera, la belleza de la ciudad no alcanza pero ellos no padecen su destino porque es de alguna manera su leit motiv. La música que trasmuta los cuerpos, que les brinda los idílicos orgasmos por los que dan la vida -si la vida fuese solo lo que es para uno o muchos ¡qué cortedad da pensarlo! -, los aniña con la paloma blanca y los ensombrece con las rondas de excesos, pero siempre perduran impertérritos, brillantes sombras de papel, escritos al ritmo que ellos eligen danzar y con el que prefieren morir para volver a ser leídos.

 

A Ana Eichenbroner y Marcial Gala por la pasada -muy pasada- invitación este mimo tardío pero amoroso.

 





Ana Abregú.

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