METALITERATURA

Revista de literatura

La inmensidad inescrutable

6/8/2020 Improbables

Sobre El pozo de Funes de Roberto Ferro

            El tiempo y la escritura comparten los recovecos del laberinto, se esconden juntos para encontrarse separados y denunciar al que continúe agazapado, preso del sentido, entre la dilación y el soplido tenue de la respiración del texto.

 
Por:   Rotundo Laura

En sus antípodas -o a sus pies, siempre verdeando ante la luz- está la lectura, que se inmiscuye en la memoria que inscribe en su rostro una mueca de amarillo, resplandor del espanto y la arena, que regenera sobre sus bordes la imagen mil veces ausente y reinventada, inerme y bella, ancestral y eterna -pero siempre escribible- del sentido de las letras acomodadas con destreza sobre el papel.

            La representación de la novela como un objeto que asegura su existencia se va reconfigurando a medida que avanza la historia, es el propio Cáceres -ya trasmutado de vendedor de libros raros a escritor de sus hazañas- quien asume los hueco o pozos de su propia memoria como dolorosas esferas inalcanzables que sobreviven diluidas siempre en un papel. La memoria, el recuerdo y el olvido, las posibilidades de ambos de combinarse o evocarse, de desenterrar lo olvidado salvándolo de la molienda del tiempo y de la misma acción de la rememoración, es el leitmotiv que parece conjugar la escena con las incansables circunstancias que se alinean -o triangulan- para perturbar el orden o más bien reacomodarlo.

            Pensar que escribir es una forma de no olvidar es solo un idilio infantil que la ensoñación de Jorge Cáceres -siempre en negro: libretas-pozo- se empeña en evocar para reconocer al fin que siempre trata de una reescritura, que no hay manera de salvar del pozo, como si fuera el Funes, los trozos de vida perdidos y distribuidos en vaya uno a saber qué dimensión del pasado o de memoria o de la libreta.

            Acompañada de sus fantasmas, doblemente leída, vivida y escrita, la novela deja translucir, deshilvanando su hechizo, los enceres de la máquina de la ficción que enmarca su trama y que, dando cuenta de los gajos que la conforman, exhibiendo los mecanismos como una ofrenda, reclama la duda de su hechura en el mar de personajes convocados a actuar en relación, no solo a los engranajes, sino también al decorado de una función mayor que se esconde por entre los pliegues del texto. Esta vez sin enredos amorosos ni desvíos de atención, sin imágenes aberrantes ni ensueños enloquecidos, el enigma -apaciguado- muestra su múltiple carácter: anclaje, andamio y herradura, descifrando las redes que lo evocan -o convocan- y poniendo sobre la ficción un manto que cobija la narración dejando entrever el hilo que la ciñe a la supuesta realidad.

Develado a medias el pliegue es descubierto a medias el retruécano: si Cáceres escribe sus libretas negras – que paralelamente proliferan como un fetiche de prestidigitador en el estudio del Dr. Ferro- como una forma del recuerdo o una clausura del olvido, como una forma de acomodar o recordar el desacomodo que interpela siempre agazapado, esparciendo sus rumores, y contamina a quien se atreve a acercarse, entonces hay una escritura anterior a la escritura que queda en tensión con el deseo del narrador y que sobreimprime sobre la historia el rasgo de verosimilitud que interpela al lector de las libretas y al de la novela. Todos lo lugares son compartidos, intercambiados e intercambiables por el que escribe, el que narra y el que lee enmascarados en la danza casi mística, onírica y fugaz, presa él mismo del mismo invento que lo libera y condiciona.

            El pasado en el presente, evocado por la imagen imprescindible que devuelve el tiempo, la escritura como un modo de permanencia, de existencia, de acercamiento de las distancias que le son ajenas, la soledad que permite la búsqueda y los aromas que envuelven lo vital y lo devuelven a sentir el frío en el rostro como un anclaje del presente, son solo algunas de las incidencias que la novela permite en su devenir historia.

            Con el ojo desviado puesto siempre en temas puntuales que hagan brillar un mundo oculto a simple vista, inhabituado a esa mirada, la academia anquilosada pierde nuevamente las batallas contra la pasión de la verdad que logra encausar sus investigaciones a cualquier precio con tal de dar cuenta que el discurso dominante no siempre es el acertado y que, nuevamente, se acomoda para preservar intereses que nada tiene que ver el tema en cuestión.

            La conexión entre la lectura estrábica y la literaria que siempre resuelve el enigma mostrando no solo las posibilidades positivas de su puesta en marcha sino también su particular devenir vida en la escena, es esta vez la llave y la duda porque permite la mirada de lo externo pero no es del todo fiable para convocar las imágenes del pasado. La lectura duda del pasado porque al edificarlo no pierde su carácter de intervención. Cáceres lo sabe y en su padecimiento de realidad evoca la oscuridad tranquilizadora que impide la rememoración, las voces de los otros que aparecen en la foto, el rastro perdido de su pasado.   

            Abriendo siempre el juego a la percepción de las innumerables formas de analizar lo que solo puede ser dicho de una manera, esta nueva novela de Roberto Ferro se aleja de las pasiones mundanas, toma distancia de las escenas preconcebidas de amores intrincados y se arriesga a declamar lo innecesario de su presencia para lograr la completitud de la escena sin distracciones. Sosteniendo la tensión con el solo relato entreverado de la multiplicación del tiempo mirado con el cristal del presente -mirado estrábicamente-, intentando no desviar la atención para poder desarrollar el enigma con tranquilidad, maestría y una intimidad concebida desde el suceso, avanza la trama limpia de escenas altisonantes y con la pasión siempre bordeando lo inasible. Nada más que lo imprescindible para sugerir lo que se quiere contar, nada menos.

 

Se consigue en Amazon: El pozo de Funes




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