METALITERATURA

Revista de literatura

Como un unicornio umbrío en un arcoíris de fuego

7/20/2020 Interesante

La escritura es una forma. La literatura es una forma de pensamiento. La patria aún puede ser una semilla de manzana. Los límites de la forma echan raíces en el pensamiento. La literatura se puede manifestar imitando. No se sabe nada de las cosas que se imitan. La imitación es un juego. Puede ser tomado en serio. Hasta imitar las imitaciones. Cada lengua tiene sus propios orificios. Y sus propios ojos. Los míos son, solo por hoy, mi profesión de fe literaria (o literatuicida). O, en confianza, son 29 párrafos sugestivos y eufóricos antes del después de lo poético, 29 estilos de sueños posibles o mantras sobre nada en lo absoluto.

 

 

 
Por:   Nicolás López Pérez

I.         La poesía está manchada. Uno discrimina las manchas. Y habla sobre ellas. No intenta poner productos de limpieza para pretender que allí no pasó nada.

II.        Cultivar la mayor cantidad de sentidos y usos de las creaciones humanas. Sin quedarse solo con y en la poesía. La fotografía, el cine y el arte contemporáneo tienen bastante que chupar de uno. Y desde ahí, pasa que se exploran sonidos, se mira bajo sus aguas. En la naturaleza hay otros sentidos que recolectar. Se mira cómo cambian las cosas alrededor. El asunto es tan óptico como vocal. Uno trata su propio ritmo. Y aprende a amarlo, ensayando en el error. El éxito es aleatorio. El amor, incondicional.

III.      O se tiene una anarquía o la gravedad de Newton en las palabras expropiables que uno va dejando. Se decide el punto de partida del poema a partir de la lectura. Que no se parezca a lo que uno conoce como poema. El guion es personal. Se prueba rebobinando las cosas al revés.

IV.       Jugar con las opciones que da el procesador de texto para procesarlo. Negritas, cursivas, subrayados. La tachadura, cuando sea esencial. El interlineado, accidental. Uno es el artista de su propia cascada. Las palabras cuando pertenecen, escapan, caen en cámara lenta. Se imagina su descenso. Se regula su velocidad.

V.        Probar las onomatopeyas en la vida de uno. Si el sentido del humor en la realidad cabe en el papel, está bien. Si no cabe, está bien, se inventa. La idea es sin fingir, sin convertirse en un personaje del todo, que el todo sea el personaje de uno. Imaginarse en ánimo festivo. Como incidental. En un carrete.

VI.       Los poemas no solo vienen de la mente. Son parte de la vida. Desaparecen de un lugar, aparecen en otro. Se mudan. Cuando se establecen, ya es tiempo. Se piensa que son como un huevo que eclosionó por sí solo. El fruto en la justa medida. Se de-tiene la escritura. Sin hacer borradores con la ceniza. Los pétalos se abren para ver y ser vistos.

VII.     Liberar la imagen. Liberar la emoción. Uno se aproxima hacia el caos para que, del pensamiento desde la estética interna, florezca el pensamiento que lo corone todo. Un poema es una casa. Se prepara como si fuera la propia casa y hubiera invitados a comer. Esta noche.

VIII.    La imagen: un sistema perfecto de color, con una textura y una promesa. El espacio: el pedestal para reproducir algo. El tiempo: la película imaginaria de las palabras de las palabras de uno. Se lee sobre teoría del color y sobre mecánica cuántica. Estudios sobre cine y ornitología también son buenas referencias. Sin olvidarse de las cosas sencillas.

IX.       Hacer ejercicios prácticos. Preguntas complicadas y capciosas, de buena fe. Cuántos árboles tiene un bosque. Cuántos libros tiene una biblioteca. O cómo conocer los colores sin el sentido de la vista. Recordar que, si el poema es ciego, es clarividente. Y viceversa. Programarlo. A prueba de certezas. Al instante, combatir las pausas y frenos empalagosos: los pero, los sin embargo. Los conectores de prueba de selección universitaria. Se deja que el mundo -ese mundo- tenga al menos una salida de emergencia.

X.        Se trazan límites a las metáforas, a las metonimias y demás figuras literarias. Esas cosas no son una religión. Esas cosas no existen mientras estás viendo la realidad. Existen cuando se trata de decirlas e incluso así no alcanzan. Se recuerda que el sonido de las torres gemelas desmoronándose o el sonido de una piedra impactando un carro de policía son más que cualquier poema. Se recuerda que una huelga de hambre no se compara con miles de poemas sobre el hambre.

XI.       Piénsese que las cosas se pueden leer con otros lenguajes. Un poema con los binoculares de la astronomía, con el microscopio de la biología celular, con una etnografía o con un anemómetro. Un poema con los anteojos de una novela.

XII.     En el texto uno va a tocar a la distancia. Se reflexiona bien sobre cuál de los sentidos se quiere tocar primero. La mente en plenitud es el objetivo. Allá la flecha que vuela tiene que impactar y no. Es la mente la que se convierte en una flecha que corta el aire hasta ser el viento.

XIII.    Si se llega a un libro que sea uno de preguntas y que abra otros uni-versos. Que el libro de uno sea un desvío, un salirse de la página blanca, una página blanca que no distinga entre memoria y olvido. Es uno reproduciéndose como un virus en otra vida.

XIV.    Se desconfía de lo que se está leyendo. Y viendo. Considérese que el campo semántico de una palabra es un campo de batalla donde las flores crecen y se mueren al día, donde los cadáveres se pudren por las lágrimas de sus familiares. Una palabra, desde la primera vez que fue proferida hasta la que se crea última. Se miran las etimologías, se es la raíz de la propia voz y de la hebra de ADN que se porta desde quién sabe quién.

XV.     Escribir con lenguaje. Escribir con silencio. Escribir con la vida. Lo que a uno le nazca, en la forma que salga. Socializa. La escritura es una práctica colectiva. La lectura es la literatura de la intimidad a puertas abiertas. Más cuando hay tanto libro dando vueltas en la web aún libre y democrática. Una buena idea es conseguir buen_s aliad_s en la guerra contra la imaginación. Se van a necesitar.

XVI.    Encantarse con el trabajo de otra gente. Con esas obras colosales que costaron noches sin dormir, horas que el sueño recuperó habitando el país de las maravillas escritas. Esas obras son otras al ser leídas. Encantarse de las posibilidades de crear e imaginar. Escribir como si esas obras fuesen el destino común. Escribir contra ellas. Y contra la de uno. La renuncia es un buen paso.

XVII.  Uno piensa en las expresiones creativas del lugar donde vives. Acto seguido, se busca a poetas locales, provinciales, nacionales, continentales. Si se hablan otras lenguas, traer a comer, a bailar, a celebrar a cuánt_s poetas de esas hablas se pueda. Si no se hablan, encantarse con alguna y darle. Más de algo ocurrirá.

XVIII. Se desinhibe la gramática, la sintaxis y la retórica de uno al habitar la hoja de papel. Dejar que los manantiales fluyan en lo virtual, en lo presencial. Son los ejercicios de concentración personales los que se pondrán a prueba. Después ir viendo si hay que tallar la cabeza. El texto se edita a consciencia. Sin suprimir ni el júbilo ni el dolor. Dejarlos orbitar, un poema será un yin yang de bolsillo. Si se llega a muchos borrones y errores forzados es porque se está reprimiendo la concentración. Tal vez al capitalismo que quita tiempo, que le da y quita identidad a uno. Pensarse como consciencia escrita, como un gerundio hecho reacción química. La novedad es un deseo que se consuma, consumiéndose.

XIX.    Literatura y ecología van unidas con la misma huincha. Sin prisas. También es bueno prestar atención a otros temas como disidencias, esoterismo y filosofía. El cuaderno de uno es un gran oikos. Las manos, eros y tanatos. El logos se va escapar hasta por la mirada. La aleteia también es importante.

XX.     No escribir un poema político hasta saber lo que no es un poema político. Recordar dos caminos posibles: el poder de la palabra y la palabra del poder. Prepararse con un gran caballo de Troya. Ninguno sirve. Hackear lo que se diga improbable. Dar pequeños chispazos a lo posible. En los vectores, esos adjetivos -en impersonal- hay una llave para acceder a otra consciencia.

XXI.    Uno cuida las obsesiones. A la poesía no se llega por la poesía. Los materiales de construcción no están ahí. Se cree si alguien dice que la literatura se hace con más literatura. Se piensa en la clase de poesía que se quiere hacer. Si se verifica viraje a la novela, el pensamiento recae sobre su lenguaje, no en su relato posible. La poesía es desarmar una bomba en tiempo record.

XXII.  Hacer una lista de poetas interesantes. Cortar en pedacitos los nombres y ponerlos en una bolsa. Agitarlos. Sacar tres. Esos serán las lecturas de este mes. Buena suerte.

XXIII. En función de proyectos y promesas, quizás. La poesía como la cocina; como el orden de una habitación; como jugar al Tetris, sin perder, el mayor tiempo posible; como un trayecto en micro que cruza la ciudad. Si se logra vibrar con algo, uno se pone a prueba. Recordar: quitarse todos esos preconceptos de la poesía. Se trata de decir ¿creé yo ese poema? Con asombro y desasosiego. Sin responderse aún, calma. Cuando sea tiempo, vendrá el juicio sobre la supervivencia de ese poema. Otro día será su tiempo o el de sus sucesores más dignos. La presión será la necesaria para que ocurra o no.

XXIV. Tener un ejército de cuadernos. En distintos grados. Que el cuaderno del general sea como el cuaderno del cabo. Solo escribir. Distinguir los cuadernos solo por misiones en la cabeza de uno. Un rango medio tiene más batallas que uno alto o que uno bajo. La mesura es prudencia. La prudencia es la duda. De ahí, una certeza de ida y regreso. Encerrada en un frasco sin etiqueta. Ya se abrirá.

XXV.   Escuchar lo que sale de las entrañas. Uno se lee, piensa y sueña. En ese orden. Y en cantidades que un pronombre no produzca ceguera ni ojo de halcón. La perspectiva de la acción va dependiendo de quién sea el camarógrafo de la película y cómo se grabe. Hay una invitación a vibrar con el sonido del espíritu. A resonar y reverberar en los lugares donde las palabras están resistiendo al caos de la vida en general. Se escucha a los demás. Al entorno. Se transforma la violencia que en todo y que en uno exista. La violencia es creadora también.

XXVI. Se trata de ser la grabadora que está en la cabeza de uno. Sin filtrar. Se dejan que vengan las heridas, las costras y las cicatrices. La ley del universo es penetrar y ser penetrado, dice el poeta Antonio Silva. Si se es capaz de soltar la carne, escribir con el cuerpo. Si se es capaz de soltar la respiración, escribir con la mente. Escribir con los elementos de la tierra. Y nunca perder de vista la naturaleza. Paciencia. De la ciudad ya estamos hartos.

XXVII.           Pastelero a los pasteles de uno, quién sabe. Se prueban nuevas recetas, nuevos procedimientos, nuevos sabores. Citas para los que citan. Los epígrafes, los diálogos con los muertos, la urgencia de pedir hombros para mirar más allá, pueden esperar. Se está sol_ en el poema.  La compañía viene de quien se quiera. Y de lo que se quiera. Buscar la reescritura y el intertexto. El entremedio es un lugar atractivo para dejar que la energía se transforme. Se sabe que no se destruirá. Tampoco se intenta. Se ve que el poema de uno es indestructible. Y para mal.

XXVIII.          Escribir para el lector del futuro. La fotocopia de las circunstancias personales y la evolución de las mismas hacia otros mundos posibles. Tal vez, se acertará. Sin distinguir lo verdadero de lo falso. Desconectarse por completo. Ir a ver como es el mundo. Se puede decir el río, se puede dibujar. El fluir no depende de uno. Mirar el río como si fuera la primera vez. Si algo nace, escribir. Si nada nace, recordar las primeras veces. Se van a necesitar. Volver a ser un niño descalzo ante la inmensidad de los nombres que aún no se conocen ni se han dado.

XXIX. Llevar un registro. Sin exagerar las palabras cuando no lleguen a puerto. Que los deseos no naufraguen. Sin temor ni vergüenza de lo que se sabe, del lenguaje o de cuán digno puede ser lo que se ha vivido. Uno está protegid_ por el cielo. La poesía ya no cambia al mundo. Genera agentes de cambio. Lo cambia a uno. Lleva la propia metamorfosis a otros lugares, a través de actos. Sin cegarse. No habrá fama ni uno será moda. Se escribirá. Algo cambiará. Templanza. Entregarse al trance de las profundidades de la propia mente. La visión del mundo de uno puede ser la de alguien más. Alguien ancestral. Cuidar a ese alguien. Cuidarlo de uno. El mundo está hecho para fluir con él. Y para tocarlo, a distancia.

 

La escritura es tecnología. La lectura sitúa, pone a la mente en la geografía de una gran isla. O de una fuga en helicóptero. La mente reinventa las instrucciones de uso. En algún momento, llega a ser capaz de optar por un lenguaje que sea una crítica a su propio lenguaje. Una articulación que evoluciona. Asume excesos y defectos. Lo poético es una trayectoria ciega de un lado a otro, en un terreno de incertidumbre y de fantasía. La promesa de algo que quiere quedarse y se va, de algo que quiere irse y se queda. Una conexión que puede caerse en cualquier instante.

Si se cree que falta algo, que no se diga, que se traiga aquí. En caso contrario: todas las cosas pasan. Incluso lo que llama la atención, que se desvanece en un poco más de tiempo. Se desvanece, a la postre. La poesía posee ya el sueño de un tiempo del cual debe ahora poseer la consciencia para vivirlo realmente.

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Nicolás López-Pérez nació en Rancagua, Chile, en 1990. Poeta y abogado de la Universidad de Chile. Codirige la microeditorial & revista Litost. Administra la mediateca de poesía “La comparecencia infinita”. Ha publicado las plaquettes Geografía de las geografías (Litost, 2018) y Coca-Cola Blues (Vuelva Pronto Ediciones, 2019); los artefactos La violencia creadora (2019) y El sol ciego (2020) y el objeto de reacción literaria Escombrario (2019), estos últimos tres por Contraeditorial Astronómica; y el libro Tipos de triángulos (Metaliteratura, 2020). Traduce y hace coleccionismo de ocasión en su blog “La costura del propio codex”. Reside en la ciudad de Santiago.

 





Ana Abregú.

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