METALITERATURA

Revista de literatura

Teletransportación lírica de la materia en un negativo a todo color

11/12/2020 Comentarios

4 apuntes para leer Des(c)ierto (Buenos Aires: Metaliteratura, 2020) de Julio Barco

por Nicolás López-Pérez

 

 
Por:   Nicolás López Pérez

§1.

 

“¿Qué es real? ¿Cómo puedes definir lo real? Si estás hablando de lo que puedes sentir, oler, saborear y ver, entonces lo real es solo unas señales eléctricas interpretadas por tu cerebro. Este es el mundo que conoces.” Son algunas de las palabras que Morfeo le dice a Neo en una de las grandes escenas de Matrix (1999). En la secuencia siguiente de movimientos, muestra al primero enseñándole una televisión, cuyo contenido es el mismo mundo que conocemos (¡el de fines del siglo XX!). Al continuar el diálogo, Morfeo sentencia: “Bienvenido al desierto de lo real”.

¿Qué es real? ¿La poesía es real? ¿La melancolía es real? ¿El viaje es real? ¿La mente es real? ¿El Perú es real? Lo real nace en esplendor. Necesito totalidad de lo real (p. 15), dice el poeta. En las primeras páginas va naciendo para mostrarnos el acto continuo, el acto creador, ese momento después de la eclosión de la cloquera. Mis emociones son un puñado de luces arañando mis ojos / escribo la desobediencia / vivo mi lenguaje / yo soy el hombre manos de tijera que deambula por la tarde, sereno y fugitivo / soy una máquina cargada de melodías y constelaciones (pp. 5-7).

Todo desde la mente. En la mente nada es real, todo es real. Señales eléctricas que conspira y reorganiza el cerebro, esa gran máquina cuántica. Este es el mundo en que se vive. O en el que al menos se permanece como fenómeno sintiente. Ese mundo, a través del cual vienen las sensaciones que se asocian a pequeñas certezas, pequeñas unidades de lógica, conceptos y ruidos que nos sirven para prometer una comunicación. En el ya clásico esquema de Roman Jakobson, de emisor-mensaje-receptor, la promesa ocurre. Hay una reacción del otro lado. Se conectan los cables que van traduciendo con nictógrafo a mano. En poesía, se escribe en la oscuridad, para que la luz ilumine más que en cualquier combinación de cosas. Se borran las sombras de las cosas, interrumpiéndolas con un relámpago. O lo real como una prolongación de lo que hemos acordado. En el decir de Juan Ramírez Ruíz: “la Realidad no es un refugio para nadie”. Aunque la mente es más que un refugio, es un cielo donde hay desiertos, páramos, mares, fiordos, cordilleras, acantilados. La clínica de los impulsos que esperan respuesta. El poeta, en este caso, se posiciona en un lugar posterior. Ayer escuchaba a la poeta Carmen Berenguer en un zoom, hablando de la poesía como un estado, un catch-up, lo que se va tomando de lo que se cree o de lo que se siente realidad y al escribirlo, salir de sí, que algo quede.

La escritura, entonces, como sedimento. Un sedimento que deviene río. Un río que va a dar a la mar, no se funde en ella, fluye y comienza un nuevo viaje hasta desembarcar en otra orilla. Des(c)ierto de Julio Barco es un sedimento que va, en catábasis, para sumergirse en las profundidades de la vida misma, donde el cuerpo enfrenta al mundo y viceversa, con la fuerza de un tsunami, dejando a la letra un rizoma de reacciones y asociaciones que van en movimiento. De Lima para Trujillo, salir por la carretera mirando la costa, en línea recta, más de quinientos kilómetros. El caos de las buganvilias (¿cuáles son las buganvilias? Hablar de especies de flores es tan estimulante como sobrecogedor, casi tanto como llenar el gran significante vacío que es la palabra “flor” con su reflejo-imagen. El conocimiento de las flores es un gran tesoro de lenguaje y espíritu) arranca con un verso de José Santos Chocano (el cantor de América), cuya alma en pena deambuló por las calles de Santiago de Chile hasta 1965, que nos dice: “El que no vive de su arte, no es poeta”.

 

§2.

 

Vivir de tu arte, ser poeta. Desarmo: Arte de tu vivir, estar poeta. La vida ya superó a la poesía. Con creces. La poesía le copia a la vida. En mayo pasado hice una selección de Des(c)ierto, algunos pasajes que me llamaron la atención. Por ejemplo: “Estallo en todos los cuerpos. No tengo futuro / Ni otro ritmo que mi furia interior (…)  No te puedo contar el caos que es / mi furioso sonido. Por eso, / estoy ahora aquí, en tu ciudad, / escribiendo poemas que se / alejan como niños tristes / porque ya es tiempo de ser frontales / y si tomé un bus hace unos días / fue para besarte, / ¿acaso crees que juego cuando expreso / mi intensidad?” (p. 28). La intensidad no solo es uno de los temas de la poesía de Julio Barco, sino ya un tópico de la poesía peruana. Y su expresión, a modo de una simple cartografía para estos efectos, encuentra parecidos de familia en varias poéticas. Se me viene a la cabeza Rodolfo Hinostroza, a quien estuve releyendo el fin de semana (“mis poemas serán leídos por infinitos grupos de clochards / sous le Petit Pont / y me conducirán a los muslos de Azucena / pues su temporalidad será excesiva / cosa comunicante”). Enrique Verástegui, Domingo de Ramos, Mirko Lauer, Óscar Málaga, Miguel Ildefonso, Juan Ramírez Ruíz. Este último, en “Hechos que no deben olvidarse”, reza: “Llena de intensidad las palabras / Los poemas deben tener el olor del mundo y deben respirar como un ser vivo, un poema integral es siempre un operativo cultural”. Un pequeño gran Big Bang en la lira del Perú.

¿Qué es la Poesía Peruana? / Hinostroza, un pentagrama de astros; / Verástegui, la estrella de la muerte; / Eguren, un titilante diente de león; / Vallejo, un ariete de fuego; / Chocano, sinfónica de guerra (…) ¿Qué es la Poesía Peruana? / Una casa quemada” (p. 36). La poesía de Barco es intensidad, pero también investigación, escudriñar y ajusticiar a esos poemas y campos semánticos que no terminan de quemar y de quemarse. Hay un operativo cultural, una meditación con la historia de la literatura propia. Un poeta, en el reverso, que va pensándose cómo seguir, por qué escribir, elucubrando pretextos y todo esto, bajo la lupa de un mundo en revolución. Una revolución sanitaria, atravesando la pandemia, las medidas de prevención. Del distanciamiento social a la mascarilla obligatoria. De la pérdida de apego al inmovilismo, a la ingravidez. “¿Quién necesita ahora la poesía? Lo que/se necesita es un gel para evitar el contagio. El virus dijo: la naturaleza humana es frágil como brizna. /Miles mueren y miles /morirán” (p. 41).

 

La poética que propone Julio Barco en Des(c)ierto es dinámica. Y se las arregla con los asedios contingentes de este 2020, aquellos que también se encuentran en Cortar, copiar, pegar, cargar (que vio la luz como adelanto en Argentina y luego como libro en Colombia este año). Buena cosecha, ¿se sabe ahora qué es la poesía peruana? Tal vez una interrogante de siglos y que seguirá en el horizonte, como esa que inicia el clásico Conversación en la catedral (1969) de Mario Vargas Llosa (¿en qué momento se había jodido el Perú?). La poesía peruana es una gran torre de babel que alumbra con el reflejo del Rimac, el sol estrellado en la sierra, el traqueteo de fauna en la selva y las flores que se abren para ver al desierto resistir al viento.

Hacer de tu vida la obra de arte. Barco lo exuda. Hay un trabajo de labrar con la hybris (la desmesura) y el moira (el destino) que viene a partir de seguir pese a la carencia, pese a que se está dando todo en la forja del poema. El libro, al otro lado, como pensaba Stéphane Mallarmé, un instrumento espiritual que confirma la ficción. La ficción del sedimento donde va corriendo el torrente de la vida y sus exigencias para que el poema sea posible. Hay un extracto de la entrevista dada al programa radial “Noche de Furor”, conducido por Roberto Santander, Barco dice: “(La poesía) debe ser un trabajo asumido desde la seriedad, desde la plenitud, y no solo un juego o un hobbie (…) Hoy más que nunca, me siento orgulloso y digno de ser un soldado más de la poesía de mi continente” (p. 58).

Me recuerdo de Ramírez Ruíz, a quien ya he mencionado un par de veces antes. Precisamente este extracto de “Palabras urgentes”: “El acto creador exige una inmolación de todos los días, porque definitivamente ha terminado la poesía como ocupación o jobi de días domingos y feriados, o el libro para completar el curriculum.” Aunque la seriedad ya está registrada en otros lugares como en “El artista serio”, ensayo de Ezra Pound, publicado en 1913. El highlight de ese texto estaba en equiparar al artista con el científico en el progreso del espíritu de la época.

 

§3.

 

La disimilitud de lo similar. La ruptura. Cien años en el tiempo. 1920. Qué estaba pasando en ese entonces. Ya se había publicado Los heraldos negros de César Vallejo. En el resto del continente, la efervescencia de otras poéticas como las de Vicente Huidobro, Rubén Darío, Alberto Hidalgo, Julio Herrera y Reissig y otros menos conocidas -no menos importantes- como las de Salustio González Rincones y Zacarías Espinal en el Caribe. De ruptura a la vanguardia. La vanguardia en Latinoamérica presenta características distintas a los productos europeos. A rasgos generales, no con miras a ahondar ahora ya, hay un desasosiego con la lengua. Más o menos por 1920, a trece mil kilómetros, se fundó el grupo Devětsil en la flamante Checoslovaquia. El primer polo de vanguardia en la Europa central de la época, posguerra y la alienación de los hablas se hace patente, ya más allá de las escenas y narraciones que propone Franz Kafka. En este grupo, que más era un colectivo, se fundó el “poetismo”, cuya carta de navegación vino en 1924 con el manifiesto de Karel Teige. El poetismo estaba por sobre todo, era una forma de vida. Asimismo, una parte natural de la vida cotidiana, una función de la vida y al mismo tiempo el cumplimiento de su propósito. El poetismo se apoyaba en las vanguardias más afines como el constructivismo. En ese sentido, el poema ya no era una revelación, sino una obra laboriosa de los obreros.

 

Vuelvo a lo que cité antes, un soldado de la poesía. O un obrero, ¿qué se aplica a nuestros días? Las vanguardias fueron una iteración constante en la historia de la literatura occidental en el siglo XX. Algunas tienen sus cables directos al hoy, como el concretismo brasileño, la neovanguardia chilena, el trabajo de Hora Zero y se pueden ver con mayor claridad, por la distancia temporal que presentan en tanto obra y en tanto contexto histórico. Hay un libro interesante de Alain Badiou, The Age of the Poets (2014), donde presenta una tesis que conecta el cambio en las perspectivas de la construcción y proyección del poema con las condiciones de posibilidad del poema más como un producto al calor de ribetes filosóficos y sociohistóricos. Según Badiou hay una “edad de los poetas” en un momento de la historia de la filosofía cuando existe una sutura de lenguajes. Por ejemplo, ante una explosión científica entre avatares del positivismo y la doctrina del progreso; en una explosión política, de los diferentes avatares de la filosofía política revolucionaria; o en una mezcla de ambos que se traduce en la superposición de una ciencia de la Historia y un voluntarismo político cuya proyección filosófica ha sido el materialismo dialéctico. Los poetas en diferentes momentos de la historia se convierten en faros del pensamiento de una época, a raíz de las ideas que empapan sus entornos. De ahí que sea conveniente atender al desarrollo localizado de una posición del poema, del poeta, de la poesía.

Julio Barco, al igual que varios otros poetas notables de una generación “posnoventista” (si empleo el ruido que la poeta española Luna Miguel acuñó para estandarizar a los nacidos en los noventa) muestran sus facetas de poetas más maduros que inmaduros, en una fase de expansión de la era digital. En la década de los dos mil, para los adolescentes, vino a partir de plataformas como Fotolog, Blogger, MSN Messenger, Gmail y en progresiva mudanza a Instagram y Facebook. Los procesos histórico-políticos luego de 1989, de la caída del muro de Berlín y el triunfo del neoliberalismo condicionó el terreno creativo por casi veinte años. Fue la crisis subprime de 2008 la que puso en alerta al sistema dominante, que también comenzó a ponerse aún más en duda por los bordes ante el auge de las minorías y la democratización virtual de la denuncia y la protesta. Las poéticas de una generación posnoventista estallan en lo que Mark Fisher llamó el “realismo capitalista” y la de Barco, en particular, en un Perú con un norte más o menos difuso, con una agudización de los problemas que venía experimentando ya hace diez años y, a la vez, generar un hablante lírico tan vivo como el yo mismo. Un hablante lírico que en Des(c)ierto salta entre los escalones que los versos dejan y que tratan de abarcar la vida entera, pero sin convertirla en dato duro, se hacen difíciles de rastrear las coordenadas de una mente.

 

§4.

 

La poesía es comparecer. Ser y estar. Estar siendo. Siendo ahí. Y a la vez, es teletransportación. Un trabajo entre mente y cuerpo, pero “¿qué es la mente en el poema? ¿Qué es el verso dentro del lenguaje poético o el vacío de papel? ¿Qué fuerza nos arroja a la vida a cazar los versos? Los temas, y las formas, son aleatorias pero el ritmo es uno: la vida, el canto, la urgencia y necesidad vital.” (p. 3). Ya no qué es la poesía ni por qué, sino cómo. Y cómo le hace algo a sus materiales de construcción. A las palabras, las secuencias, los hechos, las cosas. Quiero comentar una idea de Víktor Shlovski sobre la poesía como “una forma particular de pensar: un pensamiento por imágenes; de esta manera permite cierta economía de fuerzas mentales, una ‘sensación de ligereza relativa’, y el sentimiento estético no es más que un reflejo de esta economía” (en “El arte como artificio”).

¿Economía? ¿Sentimiento estético? Fuerzas mentales. Una situación intermedial que abre la puerta en distintos registros, que integra tal vez, una economía completa. Pienso en los tres grandes sectores de la economía. Las materias primas, la manufactura y los bienes y servicios. Poesía, poema y poeta. Economía no como ahorro, sino como una maquinaria. Lo estético va más allá de la “obra del poeta” o de la totalidad de la obra. Lo poético como pensamiento. Y de ahí, las fuerzas mentales concentradas entorno a ese ecosistema, a esa santísima trinidad. Todo eso se archiva bajo un mismo concepto, un gran concierto del “otro”, un amor al que se dedica esa intensidad que cae en forma de pensamiento, en forma de emoción, en forma de monólogo interior. Florecen las erupciones de energía que nos trascienden, parafraseando el verso de apertura del “Manifiesto letrista” (1942) de Isidore Isou.

La poética de Julio Barco es un volcán en medio de la ciudad, de calles coloridas, de una hiperrealidad que sale y se mete en la cabeza, de una cuya sonoridad que es ir aprendiendo a domar las pasiones en la soledad, del ritmo de un lenguaje en llamas que no se consume. Des(c)ierto nos lleva a un paraíso perdido para que exista otro (el del poema) o como canta Charly García “hubo un tiempo que fue hermoso / y fui libre de verdad”. Ser libre al estar desprovisto de una idea de libertad. Y ese tiempo, un tiempo posible, uno donde habitar suspendido entre el poema y su posibilidad. Al cierre, un trago de ron de arroz: “Todo este poema es pintarrajeada realidad / de mi mente / Fluyen los autos en las avenidas. / Y la realidad de mi mente es una brújula delirante. / Infinitas ciudades, calles convertidas en protesta / Y siento la vida y la vida me empuja y la verso” (p. 60). En el desierto crece, se marchita y vuelve a germinar la flor de la mente. En ese 2020, seguir vivos. Para decirnos, como al comienzo de Trópico de Cáncer (1934) de Henry Miller: “Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí”. Y de Barco, ha quedado el sedimento en los cuadernos de la pasión por el lenguaje, en los cuadernos de la poesía peruana en un negativo a todo color.

 




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