METALITERATURA

Revista de literatura

Clínica del acantilado

1/13/2021 Interesante

[Historia aceleracionista de la poética]

 

Memorándum, clausura anno domini MMXX

Campus de Literatura Cuántica y Ciencias Imaginarias

 

Nicolás López-Pérez

 

 
Por:   Nicolás López Pérez

Yo sólo construyo piedras vivas

François Rabelais

Los límites de mi silencio son los límites de mi espíritu. Ya no bastan ni el lenguaje ni el mundo. Ni una obra. Ni una idea transformada en leitmotiv. El lenguaje es un río, las palabras las piedras que van y vienen, de la cima donde el hielo se derrite al mar donde se mudan a un nuevo sueño. La poesía es otro límite, una máscara que no pretende reemplazar a la vida, sino es la vida. Entre descripción y condición, una totalidad. O el intento por de recopilar la mayor cantidad de detalles posibles que resisten al olvido; por movilizar los recursos del lenguaje que no alcanzaron a desvanecerse en la mano que dio a luz oscuridades más o menos luminosas. La escritura es algo que llega demasiado pronto y demasiado tarde. Un aullido de lobo solitario que reverbera y no es interrumpido. Escribir es esa capacidad de hablar sin pausas externas, de subir y bajar el volumen de la melodía propia. Y en la escritura, pertenecer por un instante a un lugar y difuminarse hasta dejarlo todo nuevamente. La mente deja de producir escritura, se traba, se reinicia y el ojo verifica que algo se ha vuelto a velar (se ha revelado) hasta quedar al descubierto eclosionando el huevo donde se ocultó. Al fin. Un aquí y un allá en una sola cápsula. No se sabe qué es, a ciencia cierta. Se intuye que la velocidad dejó huella. Una enorme pisada en el concreto lírico a medio secar. En las veredas y calles de la poesía, una huella en piedra que sea un ecosistema que ya explotó y tan solo duró un par de segundos. Segundos que duraron cientos de años, miles de libros, millones de palabras. A la postre, un vía crucis por objetos inanimados que cobran vida y no al revés. Vuelven a ser, de aquí hasta la próxima glaciación. Un sonido cargado de futuro: el mismo de una vida que se cae a pedazos en su etapa terminal. Este es el sepulcro del cadáver, el cementerio de los elefantes de papel y las cenizas que vuelan sin dirección (…) Una santísima trinidad se asoma en este oasis al interior de este desierto tan real, bienvenidos, aquí no dice ni poesía ni poeta ni poema (p. 11).

 

  1. La máquina cuántica y el acelerador de partículas

 

Digas la palabra que digas, significado que signifiques, poesía es polisemia. Y libertad de la libertad en la libertad. Suena complicado eso. Veamos. La libertad puede quedarse en la palabra misma. O extralimitarse hasta que las letras que articulan el ruido, le permitan entrar en una boca y salir por los ojos. Con todo, que las funciones cerebrales + las convenciones sociales pongan a funcionar un significado. El significado. Tal vez, la palabra libertad nos muestra la ausencia de la libertad. La nombramos porque no la tenemos. Lo mismo que la utopía. Puede ser contrafactual esto. Las pancartas, los lienzos, los cantos en la calle. Las leyes, las sentencias judiciales, la constitución. Las conversaciones, las asambleas, los escupitajos en los bares. Las ferias, las kermesses, las periferias. Los regimientos, los puertos, los parlamentos, los bancos. Los desfiles, los trenes, los aviones, los barcos. Y los pensamientos, también. Una reminiscencia a la época caballeresca. Los minnesänger (trovadores germanoparlantes) Walther von der Vogelweide (uno de los destacados en el Codex Manesse) y Dietmar von Aist popularizaron la lírica Die Gedanken, die sind ledig Frei (Los pensamientos son simplemente libres), ¿cómo un pensamiento sobre o con la libertad es libre? ¿Libre de la libertad?

 

La poesía, en cierta forma, se trata de acercar a ese espacio (no quiero decir ideal ni deber, la deontología de las palabras y las cosas es algo que nos tiene trastornados en este gerencialismo posfordista de presente que tenemos) donde la libertad -no como palabra ni identidad, sino como consciencia- está tejida a una teoría de fronteras posibles en cada porción de imaginación. La poesía, el instante en que se de-tiene un puñado de caos en la órbita de un pensamiento. Desde ahí, urdimbres de nervios y hormonas que le dan caza y casa.

 

La poesía subsiste por sí sola. La poesía no existe. Dos enunciados contradictorios, si se asumen como ciertos ambos. Y de ser así, la poesía sería un objeto. Una digresión: un poema de Ezra Pound “An object”, un objeto. En este idioma: “Esta cosa, que tiene un código y no un núcleo / que establece conocimiento, donde podría haber afectos / y nada ahora / perturba sus reflexiones”. Podría ser un canto a la poesía en sí misma. Un código que establece conocimiento, en un terreno de afectos. Y de afectos los hay. Una recursión a los momentos felices, para urdir una fuente de resistencia al dolor.

 

En el crisol del sujeto y su amor, el tiempo / es un estado de excepción / Un origen es una deuda / No queda sino creer en la memoria que se desespera retornando al punto cero de la vida y la muerte / Podría prescindir de mi memoria (p. 16). No al imperativo moral de la memoria. Escribir es olvidar. O exorcizar. Un ritual, una voz, un eco. Decisivo en todos los sentidos. ¿Y qué se escribe? ¿Se escoge escribir, realmente? La poesía y la libertad en la misma ecuación, alientan y alimentan una fractura con respecto a la forma y sus posibles flujos y fugas. No se escoge. Recuerdo mis primeras incursiones con el campo semántico de la palabra poesía. La tónica del poema de amor. Un poema de mente sobre el cuerpo. Un gran manantial en la historia de la ausencia. Algo que falta. La carencia, volver a los básicos. Como una infancia en tránsito perpetuo. O algo que se dice amar, de alguna u otra forma. Un cuerpo enamorado versus un cuerpo extrañado. Un cuerpo anterior versus un cuerpo posterior. Sedimentos y escombros. Llegar a la felicidad por los senderos en tecnicolor. Un enamorado o una enamorada, quien escribe, en busca de un sueño y de un miedo. En el reverso de la hoja en blanco. En un altar de promesas sin cumplir. Escombros, comenzar por los extremos. O la destrucción. O el amor. Alquimia de los cuerpos. Trasmutar un metal cualquiera en oro puede llevar a la destrucción o a la perfección. Se verá. Un salto aparte, sección quinta, The Waste Land, T. S. Eliot y un verso que ya tatuado continúa ardiendo: “Estos fragmentos que he desembarcado contra mis ruinas”. El libro habla casi a su fin de sus comienzos. Este es el tenor:

 

Escombrario es esto y nada más ni nada menos. Una posibilidad de rescatar fotos, cartas, joyas, sueños, miedos y una mente. Sépase que las cosas no ocurren. Sino que se sugiere su comparación entre sí. Las cosas se hacen. Y son. En las cosas no hay errores. Y nos encontramos en ellas por obra de la desdicha y la casualidad. No de la voluntad. Una buena chance para dejarse llevar por la desesperación. Y empezar de nuevo, de otra manera. Presentar una colección de escombros cosidos a un cuaderno donde se ensaya vida y muerte. Y que sugiere estar atento a las noticias provenientes del otro lado. De este lado simbólico del hipotálamo. De los aviones que no despegarán. Siempre tiene más fuerza la inexistencia. (p. 746).

 

El poeta recoge sus pedacitos de vida para darles una nueva chance. Hablamos de poesía en esta vuelta de rueda. Un telón de fondo donde proyectar emociones y desde ahí, articular un pensamiento que es el momento en que el hablante lírico desaparece. Un instante decisivo, la transmisión del paso desde la presencia a la ausencia.

 

El mundo afuera de la pecera. El mundo adentro. Te gritas desde adentro de los mundos. Te pareces al pasado. Pececito, pececito, te asomas al crisol de la tempestad. Yo soy un planeta ahora. Me parezco tanto a los electrodomésticos de la casa. Una casa que tardó años en amoblarse. Esto se trata de los acuarios en el universo. Energía que se crea, se consume y cuando se transforma, a veces se destruye (p. 39).

 

Y de objeto, cercanía con objetivo. La poesía un objetivo. O dicho en lenguaje embellecido, un horizonte. Algo que está lejos y cerca. Algo a lo que llegamos sin darnos cuenta. O algo que llega a nosotros sin avisar, ni responder un por qué, solo deja un cómo a la intemperie.

 

Objetivo, para llegar a un lugar, tener una dirección, un espacio centrípeto en torno a un eje de rotación. Objetivo es una palabra polisémica, al fin y al cabo. Tratándose del sustantivo o del adjetivo podemos llegar a conclusiones distintas, ¿hablamos de “lo objetivo”? ¿Algo sobre la lógica los hechos? Un poco de las otras versiones de lo que puede llegar a ser un objetivo, el objetivo o lo objetivo. Imagino que no queda fuera la forma de energía potencial, en tanto verbo, de “objetivar”.

 

¿La poesía reclama una pretensión de objetividad? Tal vez. Y de subjetividad, igual. Ese es el sudor. La poesía una trayectoria. En una pregunta que no llega todavía. Una historia con hipergrafía, de algo que va quedando a mitad del camino. Algo que hace fe futura de lo que se está haciendo en el presente. Y desde ahí, el blanco que se arroja a la flecha. Hay una reversión de las letras. En otra dimensión:

 

(la palabra más

imprecisa

de todas)

 

YO

 

se

quiere

decir

 

un

libro

que

no

recoja

nada

de

otro

 

el libro de mi historia no se trata en absoluto de mí, ¿quién lo creerá? (p. 71)

 

La palabra como una bomba de tiempo. La certeza es la promesa de explosión. En el fondo de los nervios. En el comienzo, los pies. El movimiento hasta explotar en la cabeza. “¿Este poema le produce la sensación de quietud o de agitado movimiento?” (p. 75), una referencia a Juan Luis Martínez y La nueva novela (1977). A la postre, como si fuera un acertijo o un teorema de Lewis Carroll, el mismo poema entrega la llave y el candado. (L)a poesía es la cenicienta de la literatura digo (p. 75).

 

Poesía como echarle lejía a las flores para que vivan un poco más. A un ramo de flores en casa, una naturaleza muerta más. Cuándo se dice flores, ¿cuáles? ¿Cuál es la imagen que viene a la cabeza? ¿Depende o no de quien está haciendo malabarismo con la sintaxis? ¿Qué es más rápido, el pensamiento o la imagen? Hay una diferencia entre pensar e imaginar. Luego el color. Y de ahí a situar -o no- la imagen hecha palabra en un paisaje. Las flores se liberan en afinidad. Con la mente de quien trabaja con el texto mismo. Por ejemplo:

 

[una de las primeras cosas que representa el poema es la

afinidad asumida] esta tesis separa entre qué quieres

decir o qué quieres mostrar antes que puedas rebatirla

te reconozco que pueden ser ambas soluciones

no hay por qué ser dogmáticos hoy menos que nunca

piensa más en todo

y desconfía de las formas

chao (p. 96)

 

Lepidoteca es un repositorio de mariposas hechas de palabras. Puede no captarse esto a simple vista. El vuelo de un poema se observa a la lentitud apresurada con que las letras se desprenden de la página y se pegan a las funciones craneoencefálicas para retornar al grado cero de la nada. Poemas con alas membranosas cubiertas de escamas coloreadas. Un gran telón de fondo donde hay función de sentimientos, pensamientos. La poesía como termorregulación, cortejo y dirección. De una experiencia hasta su disección. O la urgencia de decir y reportear las últimas noticias de una percepción cualquiera & específica en el siempre ocaso de la posmodernidad. Y quedar en la criogenia hasta ser archivadas.

 

Roland Barthes se plantea, en algún lugar de cuyo libro no puedo acordarme, “¿cómo funciona eso de escribir?” (Roland Barthes por Roland Barthes, 1975, entrada “el apócrifo”). Detrás de ese tamiz científico heredado del positivismo de Condorcet y Comte, ¿y si no funciona? Escritura disfuncional. Escritura negativa. Un vistazo al grafógrafo de Salvador Elizondo (citado íntegramente en p. 219). Todas esas escrituras y literaturas potenciales. Isidore Isou decía en 1942 “cada poeta integrará el todo al Todo”. Aún no es tiempo del poeta. En el esplendor decadente que lo vimos emerger en la segunda mitad del siglo XX y luego sumergirse en el primer quinto del siglo XXI. Hasta un letargo de darwinismo creativo. El poeta es una flor rara. En un pantano de huesos. O más allá, en una fosa común que son los sueños. Estar cadáver y apilarse en un acceso a la propia incapacidad.

 

No vamos a inquirir en los otros esplendores y oscuridades del poeta, fuera del poema mismo. Antes la verbalización de la otra palabra (no la con métrica que lo dejaba como colibrí, quetzal o zorzal al amanecer atravesado por la luz), el reverberar en la articulación de la palabra. Cómo. El discurso. El diario. El apunte y la glosa.

 

Carpetas perdidas nos lleva a otros trenes del lenguaje. Un primer tren que explotó y no, cenizado por “Recortes astronómicos”. Al respecto pienso en algunos poetas como Mehmet Akif Ersoy (que los turcos en revolución llamaron “Baytar”), Manuel González Prada y José Martí. Y no quiero saltar de prisa al poeta vidente, Rimbaud. O al enfant terrible con dos tumbas en el cementerio de Montparnasse, Baudelaire. Tampoco a los vates que profetizaban el mañana, Mallarmé, Whitman, Neruda. En particular, con los poetas que compatibilizaron la escritura con la participación en instancias colectivas y políticas.

 

En el caso de Baytar es interesante su papel como una figura catalizadora de procesos movilizadores en medio de la formación de la República de Turquía, pasando por un desmembramiento del Imperio Otomano tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el polémico Tratado de Sèvres y la invasión de la Magna Grecia bordeando y aproximándose a la península de Anatolia. Baytar es también conocido por los poemas glorificadores de los combatientes de las Fuerzas Nacionales y los discursos de esperanza en las mezquitas locales. Hoy nos es difícil imaginar una situación al límite de la supervivencia, en que el cuerpo está amenazado con la aniquilación indefectible. En mi experiencia particular, visitando los territorios del despectivamente llamado West Bank, quiero decir Palestina, recabé testimonios de los habitantes en resistencia. Me comentaban que la colonización israelí se hacía de forma legal y a punta de rifle. Por una parte, compraban tierras y propiedades de los palestinos. Por otra, con el amedrentamiento armado y la animadversión de los nuevos propietarios que además solicitan el protectorado de los militares. Y esta colonización es económica, la moneda de Palestina (de facto) es el Nuevo Shekel (misma de Israel) y, en comparación a los valores en el país vecino, los bienes cuestan un tercio. Los últimos momentos de altísima tensión vinieron con la segunda intifada (2000-2005), sin perjuicio de la beligerancia que subsiste hasta hoy. En ese contexto, la poética de Mahmud Darwish hizo florecer los campos de Gaza y Cisjordania en la utopía como forma de vida. La liberación, la libertad. Como hablaba antes. Páginas en la historia de la ausencia. De ahí también la figura del “vate” (palabra que es malamente usada como sinónimo de poeta, olvidando su variable y contexto histórico) que vaticina, augura, profetiza y habla desde una plataforma (espontánea o artificial) como en el Sermón de la Montaña. En Chile, Neruda y De Rokha con esa voz desde el pecho volviendo a recrear un continente, a cauterizar las heridas y romper las cadenas. Ambos involucrados en tiempos políticos que fueron álgidos, guerras mundiales, la guerra fría.

 

La reivindicación del discurso como forma poética, como un telón de fondo desde donde arengar a las palabras a generar acción colectiva. Ya no tenemos un estado de excepción inaugurado por la guerra, bombardeo o invasión inminente, o propiciado por un afán imperialista y colonizador. El peligro del cuerpo está en otro lugar. En las profundidades oscuras de la ciudad, en el cuerpo de las mujeres, de las minorías y de las periferias. Hay lugares donde la violencia fundacional de una estirpe (los nacidos en el continente americano) retorna una y otra vez. En el siglo XXI, las nuevas subjetividades poéticas nacen en la mente en defensa y resistencia de una identidad. En el discurso como en sus distintos géneros del légamo lírico, volver a visitar un par de asuntos. Escenas imaginarias en tiempos posibles poscapitalistas o donde ya se declaró (decretó) la muerte de la poesía. Discursos conformados con pequeños manifiestos, por ejemplo, en “Semillas de ajenjo” (p. 108), la pregunta implícita se desliza: qué es escribir. Y escribir, en el reverso, se pone en un terreno telúrico en el vínculo entre ficción y ley. Más allá del diccionario y del habla. Semillas que emergen en distintos maceteros. Semillas de ajenjo hasta destilar la absenta que anega el mundo. En ese texto, un cadáver exquisito donde participaron cuarenta y ocho mentes. Y los destinatarios están en algún lugar. En “La poesía es un ejercicio de concentración”, las palabras se dirigen a los que vivirán en los escombros de mi casita. En materia: Estamos juntos en el poema. Somos parte de una misma cicatriz; los derrotados del ayer cuya resurrección es posible, tan posible como los vencedores del ayer financiando estas luchas estas concentraciones, uniendo lo que estaba separado. Todo el tiempo es el mismo poema. La poesía es un ejercicio de concentración o yo me desconcentro o concentro cosas. Multitudes se congregan para oír ya no la voz del o la poeta ni del poema, sino de la poesía. Muchedumbres vitorean a los padres a los pulverizados. Nadie es el poeta. Nadie es la poeta.  Ni el poema (p. 145).

 

La voz de la poesía se oculta también en un cuaderno de viajes, en los intersticios de una ciudad que se congela en un diario. Antes de Berlín, “¿cuándo cesa la desconfianza en el lenguaje?” (p. 149). Tal vez el lenguaje no sea posible. Y sigue orbitando una pregunta sobre la escritura, un concepto provisorio, para llegar a la otra orilla, para cruzar un puente imaginario. Escribir es respirar bajo el agua, me digo y me desdigo. En los textos hay excusas y hay disculpas. Hay atenuantes y agravantes de conducta. También algunos eximentes de responsabilidad. En todos me parece estar fugándome de mi propia boca. Trato de huir con una piel que no es la mía. La vida en un demorarse en un intento de síntesis.  Un apilar de sayales y pieles (p. 156). Berlín es un pretexto para despertar y decantar entre los escombros, para buscar estrategias y focos de restitución. Anotaciones que son recuperar la vida en la vida, para vivir en otra latitud. En los escombros, el primer peldaño no a una eficaz -o al menos tenaz- reconstrucción, sino que más allá: un índice de cosas con las cuales reintentar la vida en un futuro que, contra todo pronóstico, se nos hace menos difuso cada día. Las imágenes son volátiles. Y hay una cierta tendencia a consumir los propios sueños proyectados en pequeñas cosas, en pequeños universos, en vasos de agua que parecen contener el mar. Un mar que ni siquiera cabe en una foto ni en una película. Ese es un desafío para la literatura. Los libros son olas en un mismo mar (p. 159).

 

En medio de los escombros, buscar otros ríos para el lenguaje de un quiebre. El de la novela es la interrogante que descansa entre la potencia. El de la novela que se escribe en un constante escribirse y no. Antaño, las empresas de Juan Emar con Umbral (1996) o fantásticamente las de Karlés Llord en Kounboum (2009). O la prueba de galera, poniendo como ensayo a la vida con Pale Fire (1962) de Vladimir Nabokov. O el humor contra el publish or perish y la hipergrafía de recolección y vestigio en La próxima novela (2019) de Felipe Becerra. Hay más, hay más. La cosa es despegarse del lenguaje probable y perder la forma que los otros ven. Como si el libro fuese el aviso de un espejo retrovisor: los objetos están más cerca de lo que parecen (aparentan). La vida ahí, entera. El último “libro por venir”, no desviando a intersección de Maurice Blanchot y Stéphane Mallarmé. Tampoco bajando por Igitur ni desvaneciendo toda palabra, entre la amenaza y el deseo, chorreando por el Open Book (1974) de Vito Acconci. El sedimento es el inesperado. Nunca el mismo que estaba pensando.

 

O es el que deja el caracol como baba. Así como escribe Chantal Maillard en La baba del caracol (2014) como metáfora del acto tan ex nihilo como un infinito que intenta organizarse. “Papeles de malacología” (pp. 173-269). Algunas señales de ruta: El mayor esfuerzo de la vida es no acostumbrarse a la escritura (…) Lo que puedo alcanzar con una palabra, ya no es tan estimulante (p. 188). Pequeñas tecnologías de producción de memoria. La mente se hace esclava de la escritura. Las pulsaciones de apuntes que se capturan del mundo, manufacturados en ideas. Lo literario y lo potencial se encuentran. Si las emociones chocan, aceptamos el mundo que vemos.

 

Por otra parte, rudimentos poco menos que una idea concreta. Creo que los estudios centrípetos y centrífugos de esas páginas, de ida y regreso al origen, tienen la suficiente vida propia para desprenderse del tratado lírico y quedarse en los cuadernos de los que no debieron salir. Lo privado es esclavo de lo público. Y en algún momento, ambos se funden, se pierden y se tornan irrelevantes. La memoria del amor. De mi amor. Así lucía mi primer Codex Manesse. Los primeros poemas –que no quiero llamar de juventud- que escribí eran de amor. La primera comprensión que tuve de la poesía, de lo poético, era cuerpo. Una forma de desocultar el deseo y encerrarlo en un par de palabras. Exaltar esa ausencia para convertirla en una catedral, en una presencia a partir de las palabras. Sin importar la separación, la distancia física, sentimental, etaria, racial, geográfica, de clase. Sin importar la serie de obstáculos hechos de casualidad o causalidad a la hora de descubrir y viajar al amor. Sin importar que no se pudiese hacer carne el deseo que se aloja, por esta noche, en las palabras (p. 247).

 

El sedimento como un suspiro que deja el momento en que se transita de una presencia a una ausencia. Llenar con ese sedimento, la vasija del amor. El poema de amor, un poema de mente en y sobre un cuerpo. “El cuerpo entero padece” nos dice el poeta peruano Jorge Eduardo Eielson en Noche oscura del cuerpo (1955, 1996). Y sí, con el fluir de las palabras que se van quedando en algún lugar, pegándose al cuerpo como el mar se pega a las rocas. La poesía vuelve a unir algo. Nombre y cosa. El intento por comprender puede develarse como fracaso. La forma es puesta en entredicho. Allí es donde Catálogo de taxidermia comienza otra vez, con otros ojos. En la espiral que se enrosca hacia afuera o hacia adentro, dependerá del gusto y el olor del sedimento. La palabra poesía con todos sus derivados queda borradita de cualquier posibilidad de lectura. Y las pupilas se abren a lo caudaloso, al despliegue, de claros, oscuros, tesis, antítesis, síntesis, autobiografía, fantasía, apunte, lo “pantagruélico”, la meditación y el malabarismo de ensayo. Una metafísica de lo impropio. La fragmentación de todo esto es el primer pie en el acelerador de partículas en la historia de la poesía. Poesía es mente, máquina cuántica.

  1. Seguir en la procesión de la vida floral, de la transición al marchitar

 

Vida después de la juventud. Una cadena de experiencia que se desglosa en fotografías extrañas, no como la infancia ni como la adultez. Un intersticio dinámico, en continuo reacomodo, entre la ficción y el hecho, hay una potencia -de madurar como fruto- destinado al tiempo y el entorno. De la poesía, al poeta. Una estructura corpórea, un relato sin desenlace. Se está poeta, se está en poesía.

 

Mandala muda, por pintar: La poesía es secuencia. A veces, consecuencia. No solo viene a partir de la lectura y la escritura, el sistema endocrino alrededor de la literatura, sino fluyendo por la vida y su trayectoria. Hasta un centro, un destino común (…) Le da equilibrio a la estructura nerviosa de un sentido, de una serie de continuidades que son discontinuas en realidad. Le va poniendo nombre a cada una de las cosas que interviene el intersticio entre texto y realidad. Le pone tacto al tacto… (p. 270).

 

A continuación, unas palabras del poeta Rodrigo Gómez en Grasa (2009, 2018) para sus adentros: “Yo debería tener una grabadora conectada directo al cerebro con un par de cables en línea a un proyector de video y así poder registrar todo cuanto haya imaginado”. El o la poeta es un manojo de nervios; es un punctum y un studium en constante desprender, una cámara que queda en su negativo; es una tardanza puntual; una tortuga que lleva una vela a ningún lugar, ilumina un recorrido impreciso. Con una ecuánime luz entre pensar y sentir. El sedimento del resplandor, una foto intervenida por el o la poeta. Todo lo que va tocando el cuerpo se reconduce por la electricidad a un lugar donde las cosas se van decodificando y ahí nace y muere el lenguaje. El poeta es una pérdida inclasificable. Se invoca en la obra, en un yo que abarca -de alguna u otra manera- el espacio de la página. Sea como el hablante lírico absoluto o relativo. Me explico. Dentro del texto con un yo fuerte que correlacione la carne y los paraísos subjetivos. O fuera del texto, oficiando de camarógrafo en un vacío ad infinitum con imágenes que sugieren el contorno de lo que no se dice. Uno dice y el otro no dice. En ese yo, poética. Sí, algo generativo, donde las formas son el contenido y la autopoiesis va funcionando en complicidad con la construcción y la destrucción del lenguaje. Es el siglo XXI, una cosmovisión, una visión de mundo, proyectada en la muralla de los lamentos y las alegrías. Una forma de dar estilo al propio caos, con barro. En términos matéricos:

 

De este lado simbólico del barro:

1) no se puede hablar no porque no se quiere hablar

2) no porque no se sepa lo que se quiere hablar

3) no porque no se pueda hablar lo que se cree que se quiere decir

4) no porque se hable siempre o casi siempre de algo por las razones

equivocadas

[todas las afirmaciones son verdaderas y falsas

su dirección y paradero están en trámite]

5) no se puede hablar

6) no hay dónde hablar

7)

 

(p. 279)

 

Tractatus del ruido. Una confusión de hablantes líricos que puede zanjarse o no, en foja siguiente.

 

¿De qué hablamos cuando hablamos?

¿De qué hablamos?

¿Cuándo hablamos?

¿De qué?

¿Cuándo?

¿Hablamos?

¿Hablemos?

Siento que ya no hablas y que yo hablo sin fin.

Habló mi lugar de origen. Espero tiemble en la oscuridad (p. 281).

 

El poeta surge como una imagen, un anfisbeno de la imaginación. Se posiciona en la creación y manipulación de signos. Lo antropogénico del lenguaje. Y la humanidad persiste en la escritura, ¡hasta cuándo! Demasiados humanos aquí. Los de afuera y de adentro, metáforas, máquinas y artificios que propenden a reconocer lo humano en lo humano. Se abre una maraña de interdependencia. La poesía se moldea como modo de vida y posibilidad de conexión, con otros, y la humanidad se expande al planeta entero. Se escribe en una gran red, uno es un diagrama de flujos. Desde ahí, el retorno al origen de la civilización: el nomadismo. La mente se traslada de un lugar a otro, de un lenguaje a otro:

 

huye

antes que alcances

tu definición más precisa (p. 282).

 

Transición de las rosas es una discontinuidad continua curiosa. Pienso en las rosas como uno de los motores poéticos del gran Enrique Verástegui. Dice en el precioso manifiesto de la Sociedad para la Liberación de las Rosas: “El cultivo de la rosa produce juventud, sensibilidad, inteligencia, vida sana y pura”. Las rosas, fruto de la tierra nuestra, de nuestros antepasados y de los antepasados de los migrantes. La tierra toda. La rosa es signo de belleza indefectible. En otras civilizaciones, la flor del cerezo, del jazmín, de la retama, de la jacaranda, de loto, de la lavanda. No la rosa solamente, sino las transfiguraciones posibles de otros campos. El cultivo del espíritu y del conocimiento. La rosa es un vector de la belleza. La transición precede al marchitar, se puebla con las sensaciones espléndidas que esculpen truenos al interior de la mente. 

 

Lo que sucede, el ciclo de la vida (y la muerte). A simple vista, la tarea de seguir inquiriendo. Una aproximación como la de Johann Scheffler (AKA Angelus Silesius) para abrirse paso más allá de lo que se dice: Die Rose ist ohne warum; Sie blühet, weil Sie blühet (la rosa es sin por qué, florece porque florece). Después de imitar a la naturaleza o tener complacencia con las leyes de la ciencia experimental, ficciones extracientíficas entre mundos posibles. Algunos tri y tetradimensionales. El saber de las rosas tras bambalinas. O un eje de belleza tan común como personal que organiza el caos de los materiales de construcción. Puedes estar en los oasis indelebles, en los cuásares indelebles, en los campos magnéticos, abordando el Super Novalis Express o fumando debajo de la lluvia en Tel Aviv mientras sujetas tu corazón roto y, con todo, sueñas.

 

En la primera parte de “Los campos magnéticos”, hay una gran entropía que juega con las palabras, deshaciéndose en la punta de la lengua y entrando en otra zona, para ser química y sustancia con otra forma. Como bandadas de estorninos, las palabras intentan una transformación y se quedan en lo potencial. En una poesía -como literatura- gris. Problemas de acceso y machacar la insistencia en el decir y el ver, para dejar una baja de voltaje, pero luz a la postre. Hay una enajenación del lenguaje que reposa, con el goce y el dolor, entre autoría en desarme, sin riesgo ni dificultad de pisar en falso. Y de los estorninos, inocencias articuladas en ASCII, recordándonos lo hermoso que podía ser un caligrama, τεχνοπαíγνια (technopaegnia), una carmina figurata en negro sobre blanco o mate. Programar las imágenes contra la interpretación. Odisea del poeta, como en Kavafis, quédate con el camino a Ítaca. Puede que no llegues a destino. Insisto en la imagen de la tortuga llevando la vela. El o la poeta, su participación en el sueño. Aleatoria. El más inusitado de los símbolos en el rollo onírico que se desenrolla. Hay zonas de transición como “Ultraortodoxia”, reescribiendo las últimas imágenes que el cuerpo de Robert Desnos pudo procurarse en el campo de concentración y gueto de Terezín (o Theresienstadt). De una misteriosa a una desconocida.

 

tanto te he escrito que pierdes tu realidad

(…)

esperaba algo del lenguaje y ya cambié de opinión

espero algo del fin del lenguaje

(…)

espero demasiado del mundo, de mi mente y de tu existencia

tanto te he escrito que no sé cuál es tu realidad

y me lo pregunto meses después, qué hacer

con trescientas cincuenta páginas (p. 321).

 

La espera en el luto. Soledad e imaginación en un mismo cuarto. El luto es seguir por puertas y en el camino. Puertas detrás de puertas detrás de puertas. El camino crece a medida que uno avanza, el camino es una escalera. Mientras uno camina, no se termina la escalera. Como la enseñanza zen que Gary Snyder le da a Jack Kerouac en The Dharma Bums (con los nombres respectivos, claro): si llegas a la cima de una montaña sigue subiendo.

 

Ahora las flores son tu sueño. Y tu sueño es el mundo que se destruye en la ilusión que la ficción no termina de escribir. Siguiente parada: Bat Yam. La playa es el sueño que absorbe mi mente, dejándola zarpar contra aquello que resiente (p. 369). Cambiar la forma de los afectos, afectos al fin y al cabo. Otro nombre no es otro cuerpo. Y la escritura, en defecto del silencio, una prótesis (p. 373). Lo que sigue es un cosmos dentro del mismo caos. En el recorrido, llegando al fin de la transición: Antes tuve gran confianza en la poesía y en el lenguaje (p. 406).

 

El o la poeta van recorriendo un camino cualquiera y específico. Como decía, interviene sus fotografías, y les da un corpus autónomo. Se alimenta de la mente, decidiendo el lugar de cada cosa, arbitrando salomónicamente y a cielo abierto. Siempre queda un cielo, por otro lado

 

la mente

se esparce hasta que el temblor ya es escritura y la escritura se hace

alter ego en una prolongación de lo real

todas estas palabras

cuentan con la deshumanización de lo

inhumano (p. 413)

 

  1. Todo libro es un libro de las preguntas

 

No sabemos de dónde viene el miedo pero se ha colado en nuestras ruinas

Virginia Benavides

 

Escribir es despedir. Eres el lugar favorito de esa culpa. De esa cruz. Una estación de trenes a medio andar, con un par de nómadas esperando el próximo servicio. Al lugar donde van a encontrarse con sus miedos y escombros. En un rato a solas, afloran los parásitos mentales. A lo lejos nada hace vudú, pero te declaras con la cabeza. Creyendo que sí. Creyendo que sí. O el origen de un poema posible. O el origen de un apunte que es el torso o las piernas de un poema. Hay una necesidad lógica de ir y volver al abismo. La poesía tiene su última chance. El poema es una soga que tienta, contra toda esperanza. Suéltala (p. 414).

 

Un silencio en la infinita carencia del silencio. O la historia de la ausencia. El poema emerge como una cajita donde guardar una y otra vez un deseo que se cumple en el papel y liberado al mundo, florece en al menos un jardín. Aunque no, el poema no es una excepción. No se les ocurra pensar en eso. O el poema se los comerá vivos y con zapatos. El poema a veces es un medio, otras un fin en sí mismo. Saber discernir eso los ayudará a tomar decisiones, a veces tomándolas sin tomarlas. Ni la poesía es excepcional. Ni el o la poeta. Ya no es posible escribir nada en lo absoluto. Es todo, es nada. No hay poema. No hay piedras. No hay más misterios. No hay ecos de nosotros mismos. No hay túneles, iluminados entre una distancia y otra. Entre una neurona y otra. Entre una hormona y otra. Esta es una época donde la mente es el guion del mundo. Cada persona va viviendo su mundo en su propia cabeza. La mente es un llamado (Ibíd.).

 

Todo existe. Nada existe. Aún no estoy seguro de qué es un poema. Prefiero estar en la posición de la sospecha. Qué es un poema. O qué es el poema. Dos enunciados ligeramente distintos que son pregunta abierta. Y me temo que las respuestas o los intentos de, cuando colman la pregunta lo hacen temporalmente. Son accesos provisionales a una certeza. En algún momento, se esfuman. La definición se destruye en la razón que el sueño tampoco niega. Si leemos la pregunta de qué es un (o el) poema a la luz de su progresión histórica y en la triple distinción primero sugerida por Isaiah Berlin y luego robustecida por M. E. Orellana Benado, obtenemos distintos resultados. Por ejemplo, si es una pregunta formal, los métodos de las matemáticas nos pueden orientar para llegar a una respuesta exacta y firme. En un poema, los distintos tipos de métrica y sus composiciones nos abren la puerta a reconocer un patrón en un texto. Y, por otro lado, una melodía, una cadencia que siguen las palabras como un canto donde lo divino y lo místico se juntan. La forma de un poema se sacia en la medida. Que la pregunta de marras sea formal abre unas varias puertas, no tantas. No me malinterpreten, la poética de Dante Alighieri, Juan de Mena, William Shakespeare, Luís de Camões son mucho más que una operación lógica de instalar un número de sílabas por versos.

 

Si la pregunta es una pregunta empírica, esto es, cuyo método de resolución descansa en la verificación de una hipótesis. Esto puede darse en un par de suposiciones. Primero, en el caso de que se crea que lo dicho por un poema es verdad o mentira. Segundo, si precisamos que la condición sine qua non de un poema es un efecto que cala en el centro del sistema nervioso. Tercero, solo habría poemas ex post, necesitaríamos de nuestra experiencia para discriminar: este sí, este también, este no, este sí. Y de ahí a caer en observar una regularidad, nos garantiza la miopía como lectores.

 

Si la pregunta de marras es una pregunta humana -y acá terminamos con la última de las tres partes que esa triple distinción metafísica y epistemológica alude- entonces admite más de una respuesta correcta o que sea una llave para abrir la puerta, a diferencia de las preguntas formales y empíricas cuya solución es única. La explosión del verso libre nos pone de manifiesto que las formas poéticas son bombas de racimo. En el mundo grecolatino -y también entrado el medioevo-, el motivo se abría en dos ramas igual de importantes. La oda y la epopeya. Ambos se entroncaban en el amor como válvula de escape. En los tiempos sucesivos, la poesía fue un vector de identidad de cada lengua. La Divina Commedia fue, entre otras cosas, un hito fundacional de la lengua italiana. Y esto se sustentaba en la magia de hacer reverberar un idioma, de poner a orbitar una cantidad importante de instrumentos musicales humanos: la garganta, el pecho, las cuerdas vocales, el paladar, la lengua. La poesía se pegó a la musicalidad.

 

Con el verso libre, la pregunta por el poema adopta un matiz de esta índole. Pueden coexistir tantas versiones y formas del poema, como cadencias y efectos también. Un libro de poemas puede intentar esta pregunta en alguna de estas facetas. O no. 

 

Todos estamos en peligro. Entre las cosas que hacemos y las que no. Estamos a pasos de una u otra clase de peligro. O al revés. Los algoritmos comunicacionales nos llevan a la utopía o a la guerra. En lo primero, se conducen opinión y conocimiento en espacios abiertos pero reducidos. En la guerra, la precarización de la existencia ajena. La evidencia de una vida precaria como un horror mayor al de la muerte. El ejemplo del hambre y la falta de bienes de consumo transversales (el pan, el confort, la leche). Hoy la ilusión de las palabras opera en la ilusión de las imágenes. Las imágenes que resetean el contenido de las cosas que se pueden decir con un impacto considerable. El horror se sigue insistiendo como indecible. De la utopía a la guerra, un solo paso. Defender los márgenes en que la vida tiene lugar. Ser tragados por el algoritmo de la utopía o de la guerra. Y habitar los propios programas de papel (p. 419).

 

Tiempo & tempestad es un programa de papel que desterritorializa y desconcentra el lugar del poema. Espera que en adelante la idea de control sea de palabras, de lenguajes o de cosas no sea lo relevante, sino alguna estación en donde bajar a fumar un cigarro y continuar el viaje, tal vez en otra dirección. Al fin y al cabo, el peligro de estar en la zona de pregunta: qué es un poema, qué es el poema. Y buscar en distintos lugares, con los riesgos que una búsqueda entraña.

 

En sus primeras páginas, un texto de Raúl Zurita que, en parte dice: “no hay nada más diferente a la vida que narrar la vida, y al mismo tiempo no hay nada más parecido/ son las dos cosas al mismo tiempo/ los recuerdos están allí / son como piedras / la poesía hace que los hechos, que en sí mismo son parcos, son datos, adquieran la emoción, la piedad y la pasión que en sí mismos jamás tienen/” (p. 420).

 

El poema en muchos poemas. Como si compusieran el cuerpo de un gran Leviatán (véase la portada para la primera publicación de la obra del mismo nombre de Thomas Hobbes). Poemas que se unen en un gran poema, fragmentario y discontinuo, cuya coherencia es continua en contradicciones y evasivas. Una comparecencia infinita a un diálogo que no empieza ni termina, pero reluce en la pregunta y no en la respuesta. Un puede ser, desafiando al tiempo posible en un tiempo neoliberal o en las tentativas de una vida poscapitalista. El poema como un lugar de paso. Lo que dice Zurita es hermoso. La vida dentro de la vida y fuera de la vida. La poesía le entrega el relieve del sentimiento y del pensamiento a las palabras que reconstruyen las escenas, los hechos y los datos. Están siendo a medida que todo transcurre. O tan solo aprenden a ser, tienen una nueva chance en otro puerto.

 

Hace un par de años no escribía poemas tan largos.

Recuerdo uno que iba así: escucho las conversaciones

de mis ecos. Después, con un par de imágenes más

nítidas, me dije este es un poema hermoso sobre Toledo.

Al tiempo podé ese árbol que planté y dejé crecer  (p. 426).

 

Un poema, una pregunta. Sobre algo en específico y en general. Un vector de conocimiento, una reafirmación del sujeto. Las palabras permiten aceptar la vida, después de oír o leer o escribir una explicación de la existencia.

 

En cualquier momento el poema emprende vuelo.

Aunque mis poemas no digan gran cosa

de mí o del mundo estos días.

Pasará que volveré a los lugares donde amé.

Cuando ocurra voy a desconfiar del campo

semántico de la palabra poema

de la palabra poesía

y de la palabra libro.

Voy a construir casas para habitarlas y escenas

que me hagan decir estamos solos en el lenguaje

levitando (p. 428).

 

Me recuerdo de una idea de Boris Groys: “Cada proyecto es, sobre todo, la declaración de un nuevo futuro que se cree que va a venir una vez que el proyecto haya sido llevado a cabo” (Volverse público, 2014, p. 73). En ese sentido, cada poema es un proyecto. Algo que nunca llega eso sí.

 

El libro de los proyectos es también el libro de las preguntas. Tiempo & tempestad está organizado en cuatro libros. En los dos primeros hay sobrepoblación de poemas para después dejar que las imágenes se tomen a mano armada el resto de las páginas hasta restaurar el imperio del poema. Y del poema más abundante: el poema de amor. Reescrituras que van y vienen a partir de versos de poetas y poetas y poetas. Galaxias novísimas que abren la puerta a una reescritura de un amor ya extinto. Del fósil, vivisección en remix. Tomar una grabadora y presionar play en diferentes momentos, lecturas y lugares. Guardar el archivo. Transcribir. Los mismos versos escogidos al azar de un poemario de vida pasada dan origen a un nuevo poema que, para los asistentes, nació y murió allí. Y el registro fue rehusarse a perder esos poemas viejos nuevos, esas combinaciones improbables, en éxtasis y presencia de lo convulsa que puede llegar a ser la belleza. Con todo, quedar en hielo y avanzar más tarde. Las palabras de Edmond Jabès interrumpen y fracturan: “Lo que espero está siempre más lejos”.

 

La poesía consiste en ejercicios de concentración

.

es un síntoma de la ausencia  (p. 472)

 

Y la poesía tal vez se trate de habitar la defensa, en la escritura como un ejercicio de teletransportación artesanal. O de aceleración completamente desmesurada. Hasta que las palabras ya no puedan más. Un realismo total que sea capaz de subsumir y consumir todas las historias previas. Que la vida y el lenguaje posible y que ha desembarcado sea como piezas de museo.

 

En “El primer coro de la roca”, Eliot escribe: “Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia (…) ¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?”. Escribir un poema y creer que se sabe o todo del mundo o todo de la poesía. Sé es poeta, ¿cómo? Hay un “engaño ficcional de lo simbólico”, en la expresión de Mark Fisher en Capitalist Realism (2009, 2017), y dejamos que los ojos del poema nos conduzcan a un lugar que no esperamos. A la postre, ese engaño no será visto como tal, sino un régimen emocional que nos dirá quienes no somos.

 

En el poema, una búsqueda incesante de presente, de un arte de acercarnos a lo que nos supera, una matrix a toda velocidad de lo permanente humano. Después del poema, la lengua ya no vuelve a ser la misma. La escritura es ausencia y laboratorio. A veces pasa que hay imágenes creyéndose superiores a las otras (p. 487). Más adelante, “ayer por la mañana empezó un cuaderno carmesí” tiene zonas de penumbra y una textura abierta en la enumeración caótica.

 

poesía, cuaderno de poesía, corazón, titiritero

corazón date a conocer, por la boca de tu marioneta carnosa

y dile a los presentes ¿por qué carajo escogiste la poesía?

hacer un poema, la mejor película de un corazón al límite

hacer un poema, volver a esa taquicardia, a esa arritmia

hacer un poema, levantar un catafalco ante las exequias

de la palabra, que insuficiente brilla en los umbrales

de civilizaciones y barbarie, de cavernas y metrópolis

hacer un poema que se repliegue, que se vista con cashmere

en un libro imaginario nunca iniciado nunca terminado

un poema es ilimitación limitada, es corriente en flor

(…)

un poema es la guerra y la paz dentro del pensamiento

emoción posible emoción pasada emoción futura

o digamos ponerse alfileres directo a los ojos

para derramar el iris sobre las manos para desarmar la casa

corazón en qué sentido canta tu poder absoluto  (p. 521).

 

Otro corazón es posible. Otro silencio, también. Nuestro problema con los latidos es que son casi lo único confiable que queda. La confianza es a presión. Y luego, perdemos la capacidad de responder. El viaje de regreso de la locura no espera. Carlos Oquendo de Amat en sus 5 metros de poemas (1927) escribía: “Tuve miedo / y me regresé de la locura” (también en p. 601). Y otra vez Jabès: “Descubrir la obra que va a escribir es a la vez un milagro y una herida” (p. 609). Desde el descubrimiento, la locura, emprender el camino de vuelta a cualquier lugar menos a casa. Pensando, con candidez, que se hace al hogar.

 

Otra obra es imposible. La parada siguiente es el valle de los espejos, contemplando lo que Paul Celan llamó “la dicha de enmudecer”. Ya sin lengua, señas y asistencia de otros para rearticular lo que se quiera (y tenga) que decir. Acto seguido, enmascararse para seguir amando, aferrarse a las palabras de otros para que mi boca pueda hablar. La ignición es el otro, pero también la palabra de algún otro otro. Y como en el reverso: “el significado de un poema sólo puede ser otro poema” (p. 660, la remisión a un poema del poeta argentino Alfredo Veiravé). Buscar los significados, así ad infinitum. Hasta que el poeta se borre por completo. Y la poesía sea, de una u otra forma, póstuma.

 

El recorrido termina ya en “Silabario ¿hispano?americano” (pp. 695-749). No hubo Hispanoamérica, o España o América. Palabras más o menos, del sorprendente Gamaliel Churata. Cómo se van leyendo las vicisitudes de una obra. Todo patas para arriba. Otra obra es posible. La lectura es el recorte del recorte. El ex profeso de una escritura. O ex proceso. Las palabras salen al paso. El estar de la lectura no es el libro. El estar del libro es una casa donde defenderse de los escupitajos del mundo. Por un libro que se desea. Escudriñen en su propia biblioteca, lo más selecto, las mejores tincadas que se puedan tener. Al final: déjenlo todo, otra vez. Y regresen con las manos peladas. Una voz renace. Para volver atrás y reiniciar cualquier peste que acabó con la lectura (p. 695).

 

Y en cada retorno algo nuevo renace. La mayor parte de la escritura vertida en este apartado ofició antes en los rincones de la Internet y fue, de alguna manera, impresa con sus impertinencias y aciertos. Escribir, hablar sin ser interrumpido. De corrido, de algo sin importancia y específico. Los soportes varían. Esas son las últimas noticias de la escritura. Para mí, instagram es como un libro cuyo fin es incierto e inesperado. Escribo en un lugar que puede desaparecer (p. 732). Y ya no escribo en instagram, se transformó aceleradamente en un faro del morbo, la ingravidez y un repositorio de impulsos e intuiciones que no nos llevan a un lugar distinto de la extinción. Es un lugar donde se potencia la capacidad de reacción en desmedro de la capacidad de reflexión.

 

La inminencia de lo que nos deja o de lo que abandonamos. Una escritura que nos madruga y que nosotros madrugamos. Una casa para la caza, una tumba para el mundo, pregunta antes de ver el sol por enésima -y quizás última- vez: ¿qué pensará este libro de ti ahora? De mí ya no piensa nada este libro, quiere abarcar lo que más puede, hasta que su costura se raje de palabras y páginas.

 

El mundo da vueltas y vueltas y soy escupido de regreso en alguna de las playas de Tel Aviv, la antigua Yafo, una tierra nunca prometida para los de mi estirpe. Al ser escupido, acaricio mis ruinas. Veo al miedo ahí, tomando cuerpo. Se despierta para continuar con los estragos. Todo lo que hay alrededor son las partículas que brillan en la playa. Con este nuevo sol. Se alumbra la forma. El trópico de mi imaginación. Su primera trilogía. El porvenir es una llave. La puerta todavía no existe. La poesía es reencarnación cósmica (p. 750). Y el Dhammapada es soberano con el ser del presente: “Lo que somos hoy procede de nuestros pensamientos de ayer y nuestros pensamientos presentes forjan nuestra vida de mañana: nuestra vida es la creación de nuestra mente” (p. 752).

 

El autor es un paisaje umbrío que no se entiende muy bien. En una aceleración constante como si en caída libre, se escucha el choque y azote de un cuerpo contra el suelo y se tiene una revancha. Pues a escribirlo todo. De la naturaleza afectiva de la forma es una poética de microtonos, un tratado lírico y también un espicilegio de una vida donde las palabras no han sido fáciles. Pese a que han llegado a borbotones, es un viaje en un alfabeto ajeno. Cualquier lugar es el principio. Y cualquier lugar el fin. No se olviden de viejos conocidos: piedras vivas escritas y la frase de apertura -se invierte- los límites de mi espíritu son los límites de mi silencio. Después de tantas palabras, Vallejo, sobrevive la palabra. El acantilado es sanador. Es un buen augurio para los arqueólogos del futuro. Ustedes.

 

***

Nicolás López-Pérez (Rancagua, Chile, 1990). Poeta, traductor y abogado. Sus últimas publicaciones son el objeto de reacción literaria Escombrario (Chile, 2019), los libros Tipos de triángulos (Argentina, 2020) y Metaliteratura & Co. (Argentina, 2021) y el tratado lírico De la naturaleza afectiva de la forma (Argentina/Chile, 2020). Administra la mediateca de poesía La comparecencia infinita; escribe, traduce y hace coleccionismo de ocasión en su blog personal La costura del propio códex.

 

De la naturaleza afectiva de la forma (coeditado por el laboratorio de publicaciones chileno Astronómica y el sello editorial argentino Metaliteratura) puede ser adquirido en Amazon.

 




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