METALITERATURA

Revista de literatura

El artista y el contexto

3/5/2005 Interesante
Entre el silencio y la violencia es una producción de la Fundación arteBA. La muestra indaga en el arte argentino de los últimos treinta años a partir de una premonitoria obra de León Ferrari. Con curaduría de Mercedes Casanegra y montaje de Vázquez Ocampo, se exhibe en Espacio Telefónica.
 
Por:   La extraña
Un acuerdo entre arteBA Fundación y Sotheby´s Nueva York fue la excusa que dio oportunidad para realizar una relectura histórica sobre una década singular del arte argentino, la de los setenta. Se trató de una propuesta para exhibir de manera institucional un conjunto representativo de arte contemporáneo argentino ante la escena internacional en noviembre de 2003, simultánea a la muestra del remate de arte latinoamericano de dicha casa. En 2004, Telefónica de Argentina cursó la invitación para realizar una segunda versión de la exhibición en su Espacio de Buenos Aires con la posibilidad de hacer una ampliación de la misma de doce a quince artistas y la publicación de un catálogo libro. El decenio en cuestión se convirtió en el eje de reflexión curatorial, ya que su análisis dista de estar agotado y resulta aún intrincado y polémico. A lo largo del último cuarto de siglo, su perspectiva ha cambiado con dinamismo y la progresiva distancia histórica ha jerarquizado de manera superlativa determinada producción del campo de las artes visuales. De una visión de arrasamiento, de generación diezmada, de campo cultural fracturado, en palabras de Beatriz Sarlo, se pasó en tiempo reciente a una valoración específica de la obra de determinados artistas, hasta el punto de haberse convertido en hitos paradigmáticos tanto del nombrado período como dentro del panorama general del arte argentino. A partir de las citadas relecturas emergieron dos vertientes de fuerte presencia: el desarrollo del conceptualismo, más tarde neoconceptualismo, que surgió en nuestro país a fines de los años sesenta, al cual identificamos como silencio; la otra se refiere a aquellos artistas que desde enfoques diversos abordaron el tema de la violencia, primordialmente, por la vinculación de este término con la década del setenta y como marca de identidad de la historia argentina. Se podrían citar escenas de una violencia romántica en las pinturas de batallas de la segunda mitad del siglo XIX, pero de manera decidida las dos tendencias aludidas surcaron el desarrollo del arte contemporáneo una vez efectuada la transición modernidad-posmodernidad a fines de los años 50. Es más: ciertos actos de violencia estética, incluidos en experiencias como Arte Destructivo (1961) entre otros, fueron los impulsores de aquel pasaje. Ambas tendencias constituyeron dos tipos de respuestas estético-artísticas formuladas ante una misma situación política y social. Los años 70 testimoniaron desde el comienzo un clima político turbulento: el regreso de Juan D. Perón entre dos dictaduras militares, guerrillas, represión y terrorismo de Estado. Muchos intelectuales y artistas argentinos se exiliaron y otros continuaron su trabajo en el país de manera silenciosa y resistente. Fue a partir de aquel período cuando, de manera paradójica, cobraron plenitud los discursos de varios de los artistas incluidos en esta exposición. Artistas y obras Entre los ejemplos paradigmáticos se cuentan las Analogías de Víctor Grippo, desde 1970, su Construcción de un horno de pan (1972), sus primeras mesas (1972-1978), su homenaje a los oficios (1976); los laberintos y sistemas con organismos vivos de Luis F. Benedit, como modos de análisis sobre los comportamientos sociales, desde 1968 hasta 1974; las esculturas de Juan Carlos Distéfano, que inauguraban una técnica inédita de resina poliéster para dar forma a una figuración antropomórfica de consolidado dramatismo; las cárceles de Horacio Zabala, que "ponen en evidencia el carácter represivo y autoritario de las sociedades de la región (América latina) y la situación de aislamiento contextual para los artistas", según Lauría-Llambías; la instalación Violencia (1973), de Juan Carlos Romero, quien utilizaba en la institución artística estrategias propias de la difusión en la calle, los medios gráficos y la circulación literaria para llamar a la reflexión sobre la violencia circundante; las esculturas orgánicas de Norberto Gómez, que desde 1977 expresaban a una carnalidad violentada por el dolor; las lenguas, los amordazamientos, los antimonumentos de Alberto Heredia a través de formas antropomórficas inéditas, realizadas en telas engomadas y materiales de desecho que ostentaban crítica e ironía extremas; los objetos, los gestos, el arte de comunicación a distancia de Edgardo A. Vigo, que daban prioridad a un cambio de la función social del arte; el comienzo de los gestos estéticos de Liliana Porter, sólo en apariencia mínimos; los primeros objetos fundacionales del singular y casi mágico desarrollo de Roberto Elía, que datan de 1969 a 1971. Estas obras surgen como puntas de iceberg ineludibles. Si a continuación trazáramos imaginarias líneas de puntos entre toda la producción citada en base a tendencias y direcciones, emergerían las dos líneas anunciadas: el Silencio como modo de designar múltiples prácticas conceptuales en desarrollo sistemático y sostenido en el período, y la Violencia como una línea que echaba raíces en direcciones relacionadas con la historia, el contexto, traducida en estrategias diversas, maneras expresionistas, otras denunciativas de hechos de la realidad objetiva, otras emergentes del escenario político, etcétera. Antes y después de los setenta Una vez señaladas estas vertientes, se pudieron hallar antecedentes fundantes en el pasado reciente; por ejemplo, los gestos y las obras fundamentales de León Ferrari que obligaron positivamente a retroceder hacia la primera parte de la década del sesenta y otras líneas de continuidad que devinieron posteriormente como continuación de las direcciones setentistas. Oscar Bony mantuvo de manera permanente una postura estético-crítica no sólo hacia el entorno, sino hacia las formas mismas del arte. Durante los años noventa realizaría sus series de "suicidios" como manifestación rotunda. El cambio generacional se dio con Jorge Macchi, artista cuya aparición se registra a fines de los años ochenta; creó todo un repertorio de signos desplazados; Graciela Sacco y Cristina Piffer, con desarrollos en los noventa y en estos últimos años, con expresiones de la violencia vinculada con la vida política y la historia fáctica, con formas más exteriorizantes, la primera, o más contenida, en representaciones relacionadas al concretismo, la segunda. Ellos, que pertenecen a la generación intermedia, trabajan con la memoria colectiva de un país que aún no ha concluido la construcción de su propia identidad. La ética entre el Silencio y la Violencia El Silencio y la Violencia aparecen como tendencias iniciadas en un período y prolongadas más tarde como marcas identificatorias de conjuntos del arte argentino. A menudo se han presentado de manera pura; otras, en lecturas mixtas, entrelazadas, complementarias. La libertad que estuvo cercenada en gran parte de la citada etapa la pudieron ejercer estos artistas en cuanto a la intocada autonomía creativa, aun desde los márgenes o desde un obligado hermetismo. Dentro de la variedad lingüística y sintáctica hubo una constante: la subyacencia de un fundamento ético en todos ellos, tal como si a través de sus obras existiese la posibilidad de establecer un equilibrio en el imaginario colectivo frente a una de las décadas más sangrientas y violentas de nuestra historia. La exposición se complementa con un catálogo libro con textos de Oscar Terán, Daniel Link, Silvia Dolinko, un texto curatorial y reproducciones de todas las obras. Mercedes Casanegra Fuente: La Nacion.
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