METALITERATURA

Revista de literatura

El Goya

3/21/2005 Interesante
Este artista de profesión periodista, dice ser un trabajador que va del trabajo a casa y de casa al trabajo ... sin renunciar a lo que quiere y le gusta. Sus caricaturas polisémicas, mudas en apariencia, son un pasaje seguro a la memoria de los tiempos.
 
Por:   La extraña
Se puede comprobar en actas parroquiales o libros del registro civil: Hermenegildo Sábat nació en el lapso de sesenta años por lo menos dos veces. Claro que, para evitar confusiones, tuvo la precaución de hacerlo en siglos, cuerpos y almas diferentes. La primera ocasión fue en la España de 1874. La segunda en el Uruguay de 1933. El Hermenegildo inicial –o por lo menos el que calificamos así, pues tal vez haya habido otros en el pasado y no lo sabemos– fue dibujante, caricaturista y pintor. Tenía apenas un año y medio cuando llegó a Montevideo de la mano de su padre, un catalán que era teniente coronel del Ejército español y fue contratado por el Estado uruguayo para enseñar esgrima. En esa ciudad se crió y vivió hasta su muerte, ocurrida en 1932 mientras se dedicaba de lleno a la enseñanza como secretario de la Escuela de Artes y Oficios, puesto en el que sucedió a Pedro Figari. El otro Hermenegildo Sábat fue su nieto y aunque no lo conoció, porque nació en 1933, creció entre sus caricaturas y pinturas, que junto con la completud del nombre y apellido le trasmitieron las primeras iluminaciones del camino artístico que recorrería años más tarde. El destino y la identidad de los hombres se labra de infinitas y a veces misteriosas circunstancias, pero ¿quién se atrevería a discutir la influencia que ejercen en nuestras vidas las palabras con que nos designan los seres entrañables y los objetos que nos rodean en la niñez? "No puedo negar que desde los primeros años de mi vida la referencia a ese individuo que tenía mi mismo nombre me despertó una enorme curiosidad. ¿Quién era esa persona de nombre tan largo que, a pesar de haber muerto, estaba tan presente en la casa paterna? Después empecé a conocer sus obras y también conocí su historia", dice ahora Menchi Sábat, recordando los años de su infancia. Pero, lo sabemos desde Heráclito: nadie se baña dos veces en el mismo río. Ni bracea en sus aguas de idéntico modo. Menchi recorrió un sendero profesional similar al de su abuelo, pero lo hizo a su manera. De esa forma que sólo logran los grandes artistas, que es personal e inconfundible porque empieza y concluye en un universo que es único. En Sábat, por otra parte, ese universo plástico está enriquecido por la confluencia de muchas otras destrezas, porque además de dibujante, caricaturista y pintor de excepcional talento es escritor, poeta, periodista, fotógrafo y músico. Todos oficios que él desarrolla separadamente con alta calidad, pero que si no los practicara lo mismo podría reivindicar como suyos por el modo en que los sintetiza y hace presentes en su maravilloso mundo de líneas y colores. Ese mundo, construido a través de cuarenta años de producción regular y variada (exposiciones, libros, artículos periodísticos, etc), se ha hecho en parte visible y familiar al gran público gracias a las colaboraciones diarias que Sábat realiza en Clarín. El acostumbramiento que produce esa cotidianeidad y el hecho de que Sábat es identificado por la mayor parte de la gente sólo como el dibujante de un diario, pueden llamar, sin embargo, a engaño. La dimensión de este artista excede largamente lo periodístico, aunque un segmento sustancial de su obra se nutra de él. A la manera de un Goya nuestro de cada día, él ha montado en las últimas décadas una demoledora y puntillosa imagen de la Argentina real. Desde la Argentina negra que devoró el alma y la vida de tantos hombres y mujeres, hasta esa otra en la que habitan los artistas más queridos y trascendentes, los creadores que como Gardel, Borges, Troilo o Piazzolla han reivindicado ante el mundo la vertiente más humana y soñadora de este territorio desangrado por inacabables peleas en sus dos siglos de existencia. En la economía o sutileza del trazo de Sábat, la historia argentina de ese período ha logrado una de sus visiones más profundas y poéticas, una memoria integral hecha de figuraciones a menudo humorísticas, otras veces líricas o esperpénticas. Y sin acudir a ninguna palabra, salvo las indispensables, en ocasiones, para identificar el nombre de un personaje. ¿Qué testimonio más rotundo de lo que ha sido el afán de perpetuación en el poder de Menem se puede pedir que el dibujo del presidente aferrado constantemente a su sillón? Muchísimas de esas escenas o viñetas de la vida argentina han sido recogidas en dos libros fundamentales: La casa sigue en orden (cuatro décadas de historia en dibujos) y el volumen editado por el Museo Nacional de Bellas Artes de la exposición pictórica de Sábat en 1997. En este último libro se pueden encontrar la conmovedora serie de los desaparecidos y también los retratos de artistas excepcionales como Duke Ellington, Pee Wee Russell, Toulouse Lautrec, Juan Carlos Onetti o Marilyn Monroe, seres todos ellos amados por Sábat. El maestro Sábat en su estudio de San Telmo. "Cuando no hay palabras viene la conjetura. Pero siempre se puede deducir un significado: ningún lenguaje es inocente. Tampoco yo o los elementos que uso proclamamos inocencia." Anécdotas –¿Dónde comenzó a trabajar como periodista? –Empecé a trabajando en el matutino El País y luego pasé a Acción, donde trabajé dos años y medio. De allí me fui porque me peleé con Jorge Batlle, que era uno de los dueños del diario. Era joven en ese momento y no entendí demasiado bien lo que pasó. Sólo un tiempo después se me aclararon las ideas. En realidad, lo que Batlle quería era que yo hiciera una carrera política junto a él. Y mi reacción fue muy violenta al rechazar lo que me proponía. Claro, para un hombre como él, que es un verdadero animal político, que ha bebido la política por vía dinástica (muchos de sus parientes han sido presidentes de Uruguay), es muy difícil entender que alguien haya tomado una determinación interior firme con respecto a lo que tiene que hacer y que esa decisión no se refiera a la política. –En el libro La casa en orden se cita una frase elocuente de Hannah Arendt, que explica bastante su actitud: "En la política el amor es un extraño". ¿A su abuelo también uno de los Batlles le ofreció hacer carrera política? –Sí, es cierto. Y él no aceptó. –¿Qué hizo cuando se fue de Acción? –Volví a la redacción de El País. En ese instante advertí de manera muy rápida que si quería trabajar como ilustrador en un diario debía hacer una carrera periodística. Es decir, el trabajo de un periodista gráfico tiene que incluir una percepción de lo que es el periodismo, de lo contrario el trabajo se reduce únicamente a llenar un espacio con alguna cosa más o menos bonita y más o menos sustituible. Así que fui fotógrafo, redactor, diagramador, titulero. Todo. Hasta que el dueño del diario, Carlos Scheck, me ofreció la secretaría general y le dije que no. No lo podía creer. Luego de eso me tuve que ir otra vez. Estuve en ese lugar entre 1957 y 1965. Poco después me radiqué en Buenos Aires. Y años después comencé a trabajar en La Opinión. –¿Cuál es la mejor manera de hacer su trabajo? –Para mí, una cosa importante para hacer bien este trabajo es estar lo más distante posible del poder. El poder nos roza a todos de alguna manera. Y nadie es del todo independiente. No soy millonario y carezco de la posibilidad de hacer todo lo que quiero. Pero si, a lo largo de los años, uno logra demostrar que no está en la trenza, ni en conspiraciones, y que no hace el dibujo para destruir a nadie, finalmente te dejan hacer lo que querés. Y se produce a veces un fenómeno extraño: el tipo que se siente molesto por algún dibujo y lo expresa a través de un tercero, es el mismo que al otro día manda a pedir el original de algo que hice y él desea tener. –¿El presidente Menem ha protestado por algunas de sus caricaturas? –No, él nunca expresó disgusto por mis dibujos. Es algo que me ha hecho pensar. Supongo que él nunca le prestó demasiada atención a lo que venía del lado de la información. Lo único que siempre le importó, y es lo que mejor hizo, fue detentar el poder. No le preocuparon ni las leyes, ni la revolución productiva ni el salariazo. Menem es un ejemplo rotundo de un hombre que adora el poder. Pero debo decir que tampoco Alfonsín nunca me dijo nada. Jamás. –¿Y Galtieri? –Yo tenía la costumbre de dibujarlo con una copa con dos cubitos de hielo. Un día estaba en la redacción y me llamó una persona por teléfono. Era una mujer y me contó que el hijo había hecho la conscripción en Rosario, cuando Galtieri era el comandante del Segundo Cuerpo de Ejército, y que nunca lo había visto borracho. A mí me salió del alma decirle: "Tuvo suerte señora". Pero con Galtieri no pasó nada. Una vez a lo largo de los años, hubo una llamada, mejor dicho una grabación con una advertencia. Pero no tuvo consecuencias. Tampoco podía ser tan excepcional que nunca me ocurriera nada. Jamás estuve ajeno a las cosas que pasaban. Creo que me protegió el hecho de trabajar para Clarín. Por otra parte siempre estuve lejos del poder y mi forma de vida es simpre la misma. No tengo que fingir que hago una vida especial. Lo único especial que hago es esto: ocuparme de mi trabajo, de mi familia y de las cosas que quiero y que me gustan. No voy a renunciar a pintar, a escuchar música, a leer. A esas elecciones no se puede renunciar. –Los gobiernos autoritarios suelen detestar la caricatura. –Los gobiernos militares han repudiado siempre la caricatura política. En época de Perón, hubo un dibujante de La Vanguardia, Ginzo, que firmaba con el seudónimo de Tristán, que fue preso porque dibujaba a Perón como una pera. Por una inocencia como ésa. –¿Qué les molesta a los dictadores, la exageración de sus rasgos? –A mí me parece que lo peor de la gente no está en sus rasgos. Lo importante de Martínez de Hoz no eran sus orejas, ni en Hitler ese bigotito ridículo que tenía. El concepto habitual que se maneja de la caricatura es que es una deformación de valores, aunque sea de los valores fisonómicos. Creo que es diferente y hace años que lo digo. Se trata de una exaltación de los valores, aunque ellos sean negativos. Y eso sí puede molestar. Los artistas son enemigos de los dictadores. Acuérdese de lo que les pasó a los exponentes del expresionismo alemán con Hitler. Paul Klee, Ernst Ludwig Kirchner, Otto Dix. Hitler los denominó representantes de una "pintura degenerada". El tipo ese sabía muy bien lo que no le convenía. –¿Desde cuándo lo llaman Menchi? –Desde chico, porque era Hermenegildo, Hermencito, Mencito, Menchi, un apócope. Fueron mis hermanos quienes lo inventaron. –¿Y el nombre Hermenegildo nunca lo preocupó? –Estaba preocupado por el tamaño del nombre, pero no con otra cosa. Nunca me afectó. Incluso hubo una historia con Blanca, mi mujer, que es notable. El día que la conocí, en una fiesta, la acompañé de regreso a la casa de uno de sus hermanos donde iba a dormir. Habíamos bailado y conversado. Y al despedirnos, me preguntó cuál era, además del apodo, mi verdadero nombre. Yo vacilé. Y ella agregó enseguida: decilo, peor que Hermenegildo no va a ser. –¿Cómo se define cuando le preguntan por su profesión? –Periodista. Una vez viajando se me ocurrió poner "demócrata" en la ficha que se debe llenar para ingresar a un país. Pero desistí para no tener problemas con los funcionarios de aduana, que no suelen tener sentido del humor. –¿Por qué no pone artista? –Acá la palabra artista tiene significados diversos, entre ellos algunos significados peyorativos. "Porque vos te creés que sos un artista", se dice por ejemplo en un tango. No voy a decir que es una mala palabra en este país, pero tiene distintas connotaciones. –¿Hay gente que todavía desvaloriza la caricatura? –Ese es un antiguo prejuicio. La caricatura es todavía una especie de enfermo de la familia del arte, a pesar de los ejemplos de artistas formidables que la han practicado. En la Argentina, el caso de Florencio Molina Campos es típico. Cuando vino Walt Disney, el único tipo de este país que le provocó interés fue él. Y se lo llevó a Holywood a trabajar. Sin embargo, en vida de él, la tapa del libro donde ilustraba El Fausto de Estanislao del Campo lo presentaba como un pintor costumbrista. ¿Por qué era un costumbrista? Porque pintaba a la gente como era. Y eso es muy difícil. Claro, como queremos parecernos a los europeos, cuando nos tropezamos con alguien que es de acá, lo repudiamos. –Es el caso de Piazzolla. ¿Cuánto tiempo se tardó en reconocerlo? –¿Cómo? ¿Y Julio De Caro, el artista que llevó el tango a la consideración internacional? Las evidencias son muy contundentes y muy dolorosas. –Hablando de artistas. En Acción usted trabajó con Onetti. ¿Cómo era? –Era un hombre muy notable. Tal vez un individuo para una relación limitada, porque tenía un carácter fuerte. Entre nosotros había mucha diferencia de edad. El tenía 24 años más, pero simpatizaba conmigo y yo lo admiraba profundamente. Había muchas cosas que me motivaban hacia él. Incluso el tipo de vida que hacía, que era extraordinariamente ascético. Ese estilo de vida le permitía trabajar en las condiciones que quería y dedicarse a la literatura en serio. Un día me llamó porque había leído el cuento El perseguidor, de Cortázar, y como sabía que a mí me gustaba el jazz, me dijo que quería conocer el rostro de Charlie Parker. Entonces, como yo tenía una foto de Parker se la regalé. Y él inmediatamente la colocó en una pared. Estaba loco con el cuento. –¿Con Cortázar también realizó un trabajo en común? –A fines de 1977 le escribí una carta a París contándole la admiración que sentía por su cuento El Torito. Al año siguiente, lo visité en su casa de la rue Saint Honoré. Era el apartamento de un hombre exquisito. Le mostré los dibujos que había hecho sobre Toulouse Lautrec y él dijo que haría un texto para ellos sin comprometerse con el tiempo. Un año después recibí un texto muy peculiar con la recomendación de que lo leyese y ponderase. Recuerdo muy bien el verbo, "ponderar". Eso hice. Y entonces le escribí pidiéndole que retirara unas líneas que me parecía no tenían nada que ver con Toulouse Lautrec. Y él las retiró. Fue, a pesar de esa pequeña diferencia, una relación muy fructífera. El se portó muy bien conmigo y fue muy generoso al escribir un texto para mí. Lo recuerdo con mucho afecto. –Pero no trabajaron sobre el tema del jazz, que era el amor de los dos. –No hubo tiempo porque poco después de salir el libro de Toulouse Lautrec perdió a Carol Dunlop y ese fue un golpe tremendo para él, que le aceleró la muerte. Yo fui testigo de la forma en que se trataban. Parecían adolescentes, y ella podía ser la nieta. –En los últimos tiempos, y sobre todo a partir del color, en sus caricaturas de Clarín han aparecido leones, tomates, bananas. ¿Le pregunta la gente qué significan esos objetos? –Sí, hay gente que llama por teléfono y pregunta. El otro día llamó un tipo y me preguntó qué quería decir la presencia de un león en un dibujo. Nada, señor, le contesté. Es una sugerencia, usted puede entender lo que quiera. Y me puteó. También se enojó mucho Armando Cavalieri porque salió con un tomate en la frente. Me contaron que había pedido 70 millones para su sindicato y lo dibujé de esa manera. Se pasó toda una mañana en distintas radios protestando indignado. –Pero, usted más que significar algo concreto abre una posibilidad polisémica en el dibujo. –Son signos. El lector puede imaginar varias cosas. Claro, siempre hay lectores más ansiosos que quieren tener certeza. Finalmente, es una necesidad humana: ponerle palabras a todo. Cuando no hay palabras, entonces viene la conjetura. ¿Vos querés decir tal cosa o tal otra? Pero siempre se puede deducir un significado, porque como decía el amigo Roland Barthes: ningún lenguaje es inocente. Tampoco yo o los elementos que uso proclamamos inocencia. Coleccionista, óleo, 1975. Sábat: "La caricatura, el enfermo de la familia." Equilibrio inestable, óleo, 1975. "El lector puede imaginar varias cosas. Algunos son más ansiosos y quieren tener certeza. Finalmente, es una necesidad humana: ponerle palabras a todo." Sábat con El Arca: un sincero mano a mano. Atardecer Las siete de la tarde. La luz en el taller del pasaje Giuffra se va apagando. Dentro de muchos años, en esta casa habrá una placa recordatoria de Hermenegildo Sábat como la que tiene en París el domicilio donde trabajó y vivió Camille Claudel. "La gente recuerda a los países por los artistas", dice Menchi. Y tiene razón. El cincuenta por ciento de los turistas que van a Amsterdam lo hacen para visitar La ronda nocturna de Rembrandt en el Museo Real o el Museo Van Gogh. ¿Quién se acuerda hoy de quienes gobernaban en vida de esos dos colosos? Esto ocurre, simplemente, porque el único pasaje seguro a la memoria de los tiempos se consigue gracias al genio, sobre todo artístico. Alguien puede ser capaz de nacer dos veces en la vida como lo han hecho Hermenegildo Sábat y otras personas y asegurar así una larga perduración del nombre en la estirpe familiar o social. Pero para ser inmortal se necesita algo más. Por ejemplo, llamarse Menchi, que es como un sinónimo de talento.
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