METALITERATURA

Revista de literatura

EL PALACIO DE LA LUNA

11/4/2004 De novelas
Los narradores norteamericanos en boga, narran en primera persona y cuentan historias entretenidas, sin complicarse la vida con la perspectiva del narrador y todas esas gabelas que caracterizaron a la novela de mediados de siglo ( hoy pasado).
 
Por:   La extraña
En El palacio de la luna nos enfrentamos a un narrador personaje. Marco Fogg (M) da cuenta de su vida, interesando al lector para acompañarlo hasta la última página. Se trata de la vida de un muchacho huérfano que vive con su tío Víctor, músico itinerante, y el que también muere repentinamente, dejando al protagonista abandonado y vacío. Las primeras páginas de la novela dan cuenta de la soledad de M y del tiempo que vive en un parque como un enajenado que no espera nada por la vida. Afortunadamente, es encontrado por su amigo de universidad Zimmer, quien, junto a kitty (otra amiga del pasado), lo trasladan a vivir al departamento de Zimmer. Una vez restablecida su salud mental y física, consigue un empleo que consiste en sacar a pasear al paralítico ciego Thomas Effing. El viejo resulta de un vigor psicológico impresionante, envuelve y activa la vida anímica de M con increíbles historias que dan cuenta de su pasado. El viejo Effing asegura haberse cambiado el nombre, después de saberse muerto, dejando así mujer e hijo para comenzar una nueva vida con otro nombre y otra circunstancia. Sabe que ha dejado un hijo, pero desconoce su suerte. Pero una vez con M, se pone en contacto con él, a fin de dejarle sus bienes porque está consciente de que va a morir pronto. El ciego le pide a M que escriba las memorias de su vida mientras se las cuenta, para que después, una vez muerto las publique, bajo la más absoluta convicción de que resultarán interesantes. Sucede tal como lo ha pensado y programado el obsesivo Effing, muere el día esperado, dejándole dinero también a M, quien tras su muerte se pondrá en contacto con Barber, que corresponde al nombre del hijo del ciego, para entregarle el testamento de su padre. Andando las cosas, de esta caja de sorpresas inagotable, se llega a la conclusión que Effing es su abuelo y que Barber su padre, etc,. La puntada es larga, pero entretenida y resulta convincente hasta la última página. Lllama la atención la simplicidad para contar de este narrador y nos preguntamos dónde está la gracia, la sal que mantiene expectante al lector, puesto que la perspectiva de narrador es sencillamente plana. Funciona tal vez como una especie de caja de Pandora, de donde se saca una historia tras otra, ante la mirada asombrada del lector.
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