METALITERATURA

Revista de literatura

Palabras peligrosas:el lenguaje y el nombre propio

8/3/2005 De novelas
La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo La cuestión del lenguaje juega un papel fundamental en La virgen de los sicarios. Este tema aparece planteado en la novela a partir de la misma figura del narrador, que al ser construido como un gramático permite que al mismo tiempo que narra su historia se produzca una continua indagación y reflexión acerca del lenguaje.
 
Por:   Vaca Alejandra Edith
Fernando Vallejo parece compartir con el personaje narrador el interés no sólo literario sino también científico por el lenguaje y el idioma. En su libro Logoi (Una gramática del lenguaje literario), plantea la existencia de una serie de diferencias entre la lengua hablada y la lengua escrita (es decir, entre el lenguaje oral y el lenguaje literario al que hace referencia en el título). Mientras el primero, según Vallejo, supone practicidad, inmediatez y la utilización de diferentes matices de voz, el lenguaje escrito (literario) conlleva en cambio una intencionalidad ordenadora y estética, así como una serie de procedimientos y figuras característicos. Vallejo plantea, incluso, que hay palabras que pertenecen exclusivamente a uno de estos ámbitos, y no pueden ser traspuestas al otro. Es interesante observar que en La virgen de los sicarios nos encontramos con un texto escrito, literario, que se presenta a su vez como la narración escrita (“adentro nada, salvo una cama, una silla y la mesa desde la que les escribo” p. 23) de un gramático, que también es literaria, pero que está salpicada constantemente por rasgos de oralidad (frases como “ya ni sé, hace tanto, ya no recuerdo…” p. 9, por ejemplo). Resulta problematizada así la distinción lenguaje oral /lenguaje literario al que se hizo referencia. El propio Vallejo señala la existencia de esta “mezcla” al referirse en Logoi a la reciente novela latinoamericana, cuya definición pareciera adecuarse a su propio texto. Dice: “El lenguaje coloquial, con su desorden y su encadenamiento fortuito de las ideas, pasa de los diálogos al relato y se apodera de la novela entera”. En La virgen de los sicarios, aunque el narrador reflexiona sobre su propia escritura y sobre el lenguaje en general, parece centrar su preocupación en el lenguaje oral (en el habla), que es más espontáneo y no presenta la preocupación propia del lenguaje literario por la exactitud, por utilizar la palabra justa. Por eso es en el habla donde se evidencia más claramente que el lenguaje es un organismo vivo, que cambia constantemente, y en el que inciden una serie de factores variables como por ejemplo los diferentes contextos o matices de voz. Esta metáfora del lenguaje como un “organismo vivo” nos permite pensar otra, que podríamos denominar “errancia”. El lenguaje en tanto organismo vivo se mueve, se desplaza constantemente, entendiendo “desplazamiento” en varios sentidos. Primero: como desplazamiento material, físico, concreto. Si el acto de escribir (lenguaje literario), implica un desplazamiento espacial, gráfico, sobre un papel, el habla implica por su parte un desplazamiento temporal: las palabras habladas ocupan tiempo. En un segundo sentido, podemos plantear que el lenguaje se desplaza porque cambia, es inestable y varía de acuerdo a la época, al lugar, al contexto. La existencia de una multiplicidad de modalidades, jergas, etc., produce una serie de brechas interpretativas que hacen necesaria una actividad de traducción. El tema de la traducción es fundamental en La virgen de los sicarios: el gramático traduce constantemente, en especial, traduce para el lector la jerga de los sicarios y con ella toda una cultura y una visión del mundo. Ahora bien.: traducir no es sólo trasladar sino también interpretar. En Logoi, Vallejo señala cómo se fueron trasladando los textos de Homero, en principio de la oralidad a la escritura y después “de copista en copista y de interpretación en interpretación”. Toda traducción es una interpretación de un lenguaje que es esencialmente ambiguo y polisémico e implica, por lo tanto, la elección de un sentido. Es en esa elección de sentido donde está siempre latente la posibilidad de un error. El lenguaje es “errante” porque se desplaza pero también porque conlleva siempre el peligro de una errata, de una mala interpretación. Esta mala interpretación puede darse en el ejercicio d e una traducción, ya sea por elegir el sentido equivocado o por creer que el sentido elegido es el único posible, pero también puede darse entre personas que comparten el mismo registro lingüístico, porque todo acto de comunicación verbal implica la necesidad de una interpretación e incluso, pareciera, de una traducción entre los dos “mundos” que representa cada individuo. En La virgen de los sicarios, Alexis y el gramático no comparten un mismo código lingüístico, pero es significativo que, sin embargo, el primer error de interpretación entre ambos no se deba al empleo de una jerga o un lenguaje erudito sino a una frase “común”. El gramático le dice a Alexis “a este lo quisiera matar”, lo que el muchacho interpreta no como una expresión de deseo o como una frase hecha sino como un pedido o una orden. Aquí no hay un error de traducción en el sentido convencional del término, pero sí hay un error de interpretación del sentido de la frase. Pareciera que aunque el lenguaje escrito es igualmente equívoco, esto se hace aún más evidente en el habla, donde cobran importancia una serie de elementos que podríamos denominar “para- verbales”. Como dice el gramático: “no es la palabra en sí sino su carga de odio”. El error de Alexis, por otra parte, no es anecdótico: con este asesinato comienza el recorrido violento y homicida que conforma el texto. Entonces: si el lenguaje es un elemento inestable y equívoco, evidentemente es imperfecto e insuficiente, y puede engañar. Es el caso, por ejemplo, del lenguaje empleado en los medios de comunicación. Hay toda una reflexión alrededor del adjetivo “presunto”, del lenguaje “hiperbólico” (como denominar “matanza” al asesinato de cuatro personas), de los adverbios terminados en “mente”. El gramático se coloca constantemente en el rol de profesor: explica la diferencia entre “debió” y “debió de” o señala cómo, en la jerga de los sicarios, una misma palabra puede tener diferentes significados de acuerdo al contexto. En el fondo de esta concepción del lenguaje como un elemento engañoso, parece subyacer una postura acerca del carácter arbitrario del lenguaje, con la que la novela concuerda. A partir de esta idea de arbitrariedad es posible pensar también la problemática del nombre propio (clave en la novela), como una condensación de la problemática del lenguaje en general, como aquel tipo de palabra donde se hace evidente la ausencia de relación motivada entre significante y significado. En este sentido, no sólo resulta arbitrario “poner nombres de ricos a pobres”, sino también, elegir entre los múltiples nombres de ricos uno y no otro. Es decir: no hay ningún motivo, por ejemplo, para que Alexis se llame de esa manera y no de otra: se podría llamar Wílmar. Una de las muchas maneras en que se puede entender el juego de sustituciones entre Alexis y Wílmar es ésta. Apoya esta idea el hecho de que en múltiples ocasiones el gramático confunda los nombres y llame Alexis Wílmar. Incluso llama a los dos de la misma manera: “el ángel”, “el único”: una misma denominación para dos personas diferentes, así como Medellín, que según el gramático es una ciudad “partida en dos” tiene un sólo nombre para ambas partes, ya la vez varios apodos (Medalla, Metralla). Como se puede observar, o siempre hay una correspondencia entre el nombre y aquello que designa . En “Proust y los nombres”, Roland Barthes plantea que hay en Proust una concepción del nombre como motivada, y analiza desde la posición del escritor la tarea de elección del nombre de acuerdo con una serie de cuestiones (fonéticas, etc.) y su importancia en la construcción de un universo narrativo. Barthes señala tres características del nombre: su poder de esencialización (es decir, de tener un solo referente), de citación (de convocar oda una esencia) y de exploración. Si bien Barthes se centra en el escritor y el proceso de creación literaria, el texto resulta igualmente pertinente para observar que la postura que La virgen de los sicarios plantea con respecto al nombre no concuerda totalmente con la que Barthes lee en Proust. En principio, porque en la novela de Vallejo el nombre propio aparece como un elemento arbitrario, como ya señalamos. A partir de esta premisa, se complejiza en la novela el poder de esencialización del nombre planteado por Barthes: recuérdese, por ejemplo, la referencia al apellido López, que resulta equívoco al ser compartido por tantas personas. Resulta complejizada también la posibilidad del nombre de convocar una esencia, la idea de Barthes de que es una “monstruosidad semántica” que libera todos los sentidos a la vez. La novela evidencia, en este sentido, la interferencia del desconocimiento: el nombre Wílmar no es suficiente, no le permite al gramático establecer ninguna relación con “La laguna azul”y, por lo tanto, con el asesino de Alexis. Podría decirse que el nombre Wílmar libera una serie de sentidos pero oculta otros y que, como el lenguaje en general, puede resultar equívoco e insuficiente para determinar una identidad. Esta ambivalencia puede extenderse incluso a los apodos. El texto presenta un personaje apodado “el ñato”, ante el cual el gramático se pregunta si es el mismo “ñato” que él conoce o es otro con el mismo apodo. Se observa aquí cómo el nombre, en vez de ayudar a identificar, confunde. Es interesante también el caso de “el difunto”, porque es un apodo originariamente “motivado” o lógico (a “el difunto” se lo creía muerto) que finalmente termina fosilizado y se vuelve tan arbitrario como un nombre propio, produciendo incluso una situación extraña o paradójica: llamar “el difunto” a alguien que está vivo. Es interesante cómo la novela complejiza la cuestión. Si bien plantea que “no se pueden contar historias sin nombre (…) no te vayan a confundir con otro y por otras cuentas también te maten” (p.12), también evidencia cómo el nombre mismo puede confundir y a la vez muestra que por no confundirte, por identificarte, también te pueden matar: Wílmar mata a Alexis porque sabe quién es. El nombre es confuso, y peligroso. Y como el nombre, el lenguaje todo es confuso. Hay en el texto otros dos claros ejemplos: llamar ángel a un sicario y el que, en la jerga de los sicarios “estar enamorado” signifique “querer matar”. En este último caso se evidencia la peligrosidad de decodificar de la manera equivocada: entender, casi, lo contrario. Es interesante cómo la novela plantea en su construcción misma esta posibilidad: depende del lector interpretarla en una modalidad irónica o no, y dependerá de esta elección el sentido del texto, que puede llagar a ser radicalmente opuesto. Fernando Valllejo dedica Logoi al gramático Rufino Cuervo. Dice de él: “entrevió la más penosa verdad para un gramático: que el lenguaje humano, en su móvil ambigüedad escapa a todo sistema, que la única forma de apresarlo es la más humilde, la enumeración exhaustiva de los diccionarios”. La virgen de los sicarios no plantea una crítica al lenguaje, en el sentido de mostrarlo como un elemento inútil, que no sirve, sino que pone de manifiesto su complejidad para mostrar el error e incluso la peligrosidad de creer perfecto y tomar “al pie de la letra” un elemento inestable, equívoco, ambiguo y arbitrario como el lenguaje. En cualquier lugar, pero especialmente en una ciudad tan peligrosa como Medellín, usar el lenguaje sin tener el cuidado necesario es casi como caminar junto a un sicario armado por las calles.
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