METALITERATURA

Revista de literatura

BARTEL LEYENDO

7/19/2007 Textos
Basilio Bartel sale del baño con un libro debajo del brazo, las manos húmedas todavía. Camina apurado hasta la biblioteca. Nunca aprendió a secarse bien las manos. Se sienta en su lugar de siempre: detrás del mostrador, con las piernas cruzadas....
 
Por:   Bermani Ariel
Basilio Bartel sale del baño con un libro debajo del brazo, las manos húmedas todavía. Camina apurado hasta la biblioteca. Nunca aprendió a secarse bien las manos. Se sienta en su lugar de siempre: detrás del mostrador, con las piernas cruzadas. Abre el libro en la página señalada con un trozo de papel higiénico y rápidamente se deja envolver por la lectura. Lee: Ella duerme boca abajo. El hombre detiene su mirada en la espalda de la mujer y también en el cuello. Ya revisó la casa. Ya robó el dinero de los dos y lo puso completo en la billetera. Se pone las zapatillas pero sin atarse los cordones, no quiere perder más tiempo. Necesita salir, volver a la calle, al sol. Abre la puerta de la habitación sin hacer ruido. En la vereda se peina con los dedos, tira hacia atrás el poco pelo que aún le queda en los costados de la cabeza. Para un taxi. Cuando ella se despierte, piensa, va a buscarme por la casa y me va a insultar, a los gritos. Le indica una dirección al taxista. Se recuesta en el asiento. Baja en el puerto. Compra un boleto para cruzar el río. Compra un libro en uno de los puestos de diarios. Después, mientras espera que llegue la hora de embarcarse, se encierra en el baño y distribuye el dinero en las medias y en los bolsillos internos del pantalón. Deja en la billetera unos pocos billetes, para cuando le de hambre. Bartel cierra el libro, marcando con el trozo de papel higiénico la página donde suspendió la lectura. Se para. Y se rasca la cabeza. Y bosteza. Una persona acaba de entrar a la biblioteca y le pregunta si tiene un volumen cuyo título no recuerda en este momento pero que en sus páginas se habla de una traición y también de una fuga. -No lo tenemos -contesta Bartel, sin mirarlo-. Y vuelve a sentarse. A cruzar las piernas. -¿Está seguro? –le pregunta el lector, pasándose las manos por la cabeza para tirar hacia atrás el poco pelo que le queda. -Completamente –dice Bartel. -¿Cómo puede estar tan seguro? -Conozco cada uno de los libros de esta biblioteca –responde, miente, Bartel-. Los leí todos. Abre su libro. Vuelve a sumergirse -adentrarse, perderse-, en la lectura. Ni siquiera le importa que el intruso siga ahí, mirándolo.
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