METALITERATURA

Revista de literatura

Fuerza Fuerte

7/19/2007 Textos
Las llaves golpearon otra vez en la palma de la mano. El sonido era metálico, perfecto...
 
Por:   Fontana Mariano
Las llaves golpearon otra vez en la palma de la mano. El sonido era metálico, perfecto, y sin embargo lo que duraba era tan poco que dejaba apenas una impresión breve en los sentidos. Parado sobre el cordón de la vereda, como si estuviese a punto de cruzar y una noticia interesante lo hubiese detenido, el Ñato sostenía el diario abierto y leía. Leía la nota, en la página derecha, abajo, y si bien no estaba absorto de lo que lo rodeaba –a su izquierda estaba el puesto de diarios; unos metros más la puerta de entrada a la financiera; enfrente, sentado sobre el capó del Torino, el Vasquito, vigilando; adentro, en el asiento del conductor, el Pibe-, al menos de lo importante, había comenzado a recorrer las filas de palabras con detenimiento y aunque al principio se había sorprendido por el lugar donde habían hallado el cadáver de la mujer, lentamente fue recordando que, aun cuando no eran habituales, las imprecisiones periodísticas existían, debido a errores humanos o quizá a un acontecer necesario e inevitable. Enfrente, el Vasquito, que luego de haber cambiado la rueda delantera se había dejado caer levemente sobre el capó del Torino, apoyando también su mano izquierda que, en un acto reflejo, por el calor, había retirado pero de inmediato volvió a apoyarla, acaso buscando que algo en su mente se purgara, exhalaba el humo por entre los labios que sostenían el cigarrillo, que no retiró ni una sola vez desde que lo había encendido, y con una regularidad particular movía en la mano derecha el llavero, como si en su intimidad también se alternaran lapsos cortos y largos. Parecía estar disfrutando de ese momento, ese descanso fingido, y ni siquiera le respondía al Pibe que desde adentro del auto, con un temblor constante en los brazos y en las manos, que transpiraban y mojaban el volante, no paraba de hacerle preguntas. Nada, ni siquiera el sol que caía vertical e iluminaba las páginas grises y la sombra que proyectaba en el piso se fundía con la sombra, casi circular, del cuerpo del Ñato, formando en el conjunto una figura que poco o nada tenía de relación con las formas que representaba; ni el humo que exhalaba el Vasquito y que no sólo casi no producía sombra sino que se extinguía rápido en la claridad intensa del aire; podía sugerir que esos hombres serían los protagonistas de los hechos violentos que habrían de suceder. Nada, ni nadie por supuesto hubiese sabido advertir en el conjunto cerrado de gestos, voces, ruidos, olores, colores, formas, algo que permitiese deducir de esa totalidad una acción concreta e ineludible; porque aunque percibiera algún rasgo –la señora que había llegado a la esquina, cargada con bolsas de supermercado, se había detenido unos instantes esperando el semáforo y había mirado por un momento al Ñato parado sobre el cordón, como a punto de cruzar, y había observado, por la proximidad en la que habían quedado los cuerpos, mientras acomodaba las bolsas que seguramente pesaban demasiado, que la nota que estaba leyendo pertenecía a la sección de policiales y después había comenzado a cruzar la calle, habiendo olvidado, como si nunca lo hubiese visto, el cuerpo del Ñato, el diario, la sombra que sobre el piso los unía y, extendiéndose un poco más en el tiempo, acaso haber estado en ese momento en esa esquina- no podría asociarlo a ningún otro, simplemente porque lo que iba a suceder estaba en otra esfera de lo cotidiano, aquella que regida por lo inesperado se hace presente mostrando que, si bien contiene una cadena de causalidad, es imposible a priori detectarla como si en realidad no existiera. CONTINUA...bajar el archivo!
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