METALITERATURA

Revista de literatura

Entre la letra y el mundo

1/1/2022 Improbables

Sobre La próxima puerta de Roberto Ferro

Laura Rotundo

Cuando la mirada se funde con la escritura y la lectura, cuando la hendidura que deja el hilo que encastra el rumbo de los devaneos queda suspendido en su propio principio sin fin -anhelante...

 
Por:   Rotundo Laura

Cuando la mirada se funde con la escritura y la lectura, cuando la hendidura que deja el hilo que encastra el rumbo de los devaneos queda suspendido en su propio principio sin fin -anhelante, intrépido, de una intensidad insostenible- dentro de los límites de lo real, el arte queda como inmerso en paraísos desconcertantes donde todo lo conocido trastabilla consigo mismo y no -porque también el abismo suele ser un lugar común-, y los pequeños espacios que horadan la madera son puertas en sí, próximas unas con otras, que interfieren la relación entre el que mira por fuera y el que se atreve a espiar; porque no es solo mirar y suspender, aquietar y quedarse ahí; es saber que detrás de lo que no se ve, también la mirada construye, a través de la palabra, la historia que la imagen quiere mostrar, que el ojo quiere ver, que la cabeza quiere entender, que la mano quiere contar. Y la escritura, esa inefable, es siempre una apertura a múltiples posibilidades, no solo por lo polisémico del lenguaje en sí como medio o fin -o elemento o suceso o actante o sutil espectador-;sino por la fuga infinita de sentidos que puede advertir, sugerir, establecer, nombrar, reacomodar, constelar.

Entonces, como la vida, resuena infatigable en el texto lo efímero del tiempo que en la realidad no se puede asir. Las puertas se abren ante los posibles narrativos conectando imágenes que capturan -sin inmovilizar- catervas de esferas que, en consonancia con lo inesperado, se organizan para demostrar que el hecho de no percibir -en la vida- la existencia de las aristas combinadas, no significa que no estén terriblemente organizadas para devenir historias. Si nos dejamos llevar por la magia de pensar que, como dice Macedonio, “La realidad trabaja en abierto misterio”, la mano de Cáceres que escribe lo que Ferro firma no es menos ficción que las fotos tomadas por Duchamp o la ruptura en pedazos de su obra maestra exhibida en su realidad de vidrio roto, más que en la estabilidad de su modo incorruptible como pieza de museo.

La idea de estos personajes que se saben a sí mismos como funciones dentro de la obra, remiten de alguna maneracomo praxis al Museo de la novela de la eterna, pensando por un lado en Cáceres como narrador detractor del autor apócrifo Roberto Ferro, en su doble intención por ser y no ser quien es, y por otro lado en la imagen construida en “la novela” de un Duchamp, artífice de su propia imagen en el arte y en la vida como RroseSélavy, anagrama de su deseo como artista y como persona que interviene la realidad desde el acto de ser quien quiera ser en realidad.

Creo que, como Cáceres, el caso amerita una primera persona para poder pensar el análisis desde esta humilde lectura; la reiteración de los nombres, el juego inacabado de identidades perpetradas en imágenes esmeriladas que trastocan lo real para que sea posible enmarcarlo en los textos- a lo largo de las novelas y me atrevo a decir (no sin miedo al equívoco infernal) de la escritura del mismo firmante- han sido una constante para poder advertir que la vida no es menos infame que la escritura y que los sucesos que se devanan como casualidades atracadas por la supuesta cotidianeidad y la causualidad -dixit Freud- no son tantoinescribibles en los registros de la palabra como esferas olvidables en el espacio y el tiempo inasibles.

El ojo que mira fija en las palabras, y en esa selección de lo relevante realza la esfera de lo escogido como foro de lo que parece ser ficción al servicio de la trama, algo acertado a medias si tenemos en cuenta que esta misma escritura no lo es tanto, como el producto de la catarata de sensaciones que la lectura dispersa al propagarse por los dedos lectores. La continuidad o el atisbo de una existencia ligada solo a los episodios puntuales nos da solo una órbita de la maraña desovillada de que se sirve el narrador para pensar en la escritura. Cáceres no es la excepción, y su mejor traje de doctor Ferro que pulula como incierto entre sus páginas para legitimar la ausencia de esencia delimitada, divaga entre lo conocido y lo certero, entre lo real y la ficción, para volcar en Maidana su propia impuntualidad identitaria.

María Laura, que habita incesantemente los pensamientos de Cáceres y casi excesivamente las páginas de la novela, puede ser también un recorte esmerilado de algunos cuerpos deseados y mágicamente ensamblados por quien dice no ser quien es el que mira ni el que escribe. La mirada estrábica permite el desvío y la vergüenza de los posibles referentes que, aunque se sientan adulados por la juntura y la reverberación, no logran sentirse portadores de tamaño erotismo, “el único ismo en el que Duchamp creía de verdad” ¿o es Cáceres el que confía, o el mismo Roberto Ferro? Algunos años de extraño y entrañable conocimiento me permiten la divergencia y la intromisión. Siempre los espectros formaron parte de la fantasía que, en connivencia con la realidad, reaparece detrás del velo de la palabra.

Cáceres, en doble juego de narrador y experimentador, de escritor y actante, del que construye la puerta con sus agujeros y el que mira sin querer, que se esconde detrás de las espaldas de un nombre propio -el de Ferro-, juega a las escondidas con sus deseos que, agazapados por entre sus dedos, se escurren de los posibles narrativos de su vida para reaparecer plasmados con otros nombres en la novela. Si María Laura y Martín Maidana -¿y Cáceres?- son repeticiones, solo un nombre irrumpe y desborda lo real. Como la imagen fotografiada por Duchamp, la creación del escenario de lo real se alza desde lo imaginable para concretarse solo en la obra de arte. Cáceres lo comprende desde su ansia de eterno voyeur de su propia historia a través de su propio nombre, que presta al autor como en concesión a cambio de poder vivir esa otra vida ascética que le permite deslizar una identidad anónima como parte de sus infinitos posibles vividos. 

Todos los escondites fueron ya vistos por alguien en el juego de las identidades, las atribuciones que no son contempladas por nadie como parte de su carácter de humanos, no existen como tales por eso solo son desaparecidos y de ahí el intenso dolor de fuga en las coordenadas espacio-tiempo. La remisión no es casual, una huella enmarcada en tránsito invade todo personaje que haya vivido esa época infernal y fantasmagórica donde lo inimaginable se hizo tangible ante los ojos de quienes no quisieron narrar el horror despiadado, por eso casi se esfuma en el viento. Escribir es también eso para Cáceres, no el registro de los hechos en su libreta negra como un fetiche repetido que duerme en las bibliotecas innumerables del estudio de Ferro en la calle Azcuénaga, sino como uno de los modos de pensarse como productor de los que quieren que quede un registro.

La última puerta de Duchamp, su última obra no está cerrada para obturar sino para invitar a otro motivo insoslayable; íntima e infernal, combina el vouyerismo como modo de producción con la intriga que mueve a las personas a espiar para ver, el que espía es porque quiere saber que hay del otro lado, le interesa construir esa historia de lo otro desde su mirada oculta, sin ser visto. Ferro es descubierto detrás de esa próxima puerta como el artífice de la mirada que indaga en la interioridad de Cáceres, que reflexiona sobre la imagen en las obras de Duchamp, en las fotos de Irene, en la intensa quietud de Julio, en el cuerpo deseado -espiado- de María Laura. Esperamos los lectores que esta próxima puerta, en consonancia con el enigma Duchampiano no sea la clausura de la obra, sino una invitación a espiar futuros modos de articular el enigma y el arte.

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Ana Abreg�.

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