En esta interesante novela se navega entre los intersticios de los sentidos. Primero llegan las moscas, desde la perspectiva del libro de Sartre, sobre el efecto de lo individual y lo colectivo que C.G Jung denomina proceso de individuación o autorrealización, considerados arquetípicos; las moscas, metáfora de conflictos bajo fuerzas incomprensibles que se hacen visibles en la presencia del insecto, zumbidos, olores, presencias mínimas que saturan el texto de síntomas de opresión; la narración transcurre en todo orden, vivos, muertos, actos, una pulpa densa en la que se construye un vivir.
En el año de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM) y de las “inteligencias artificiales que charlan” han ido apareciendo muchas preguntas inquietantes: ¿tomarán las IA nuestros trabajos?; ¿cuáles son los diez trabajos que desaparecerán gracias a chat-gpt?; ¿vinieron las IA a conquistar el mundo y desplazar al humano?; ¿estamos cerca de la singularidad?
Uno de estos días le voy a escribir a Roberto. Hace mucho que no le hablo. Hace mucho que no leo, que no escribo.
Negra. Las palabras son en alemán. El lugar es una librería en el subsuelo. La librera vende libros, usados y nuevos, de autores latinoamericanos y versiones de autores alemanes.
Con una cerveza en una mano y en la otra la correa de Zeit, mi nuevo amigo, esperé en el cuarto cubierto de posters que es la antesala de mi cine preferido.
-¿En qué te hace pensar este olor?
Estas crónicas no pretenden ser la pintura realista ni de un vivencia ni de una Berlín, sino la mirada alucinada de alguien que fue llevada desde una Buenos Aires ‘in distress’ a vivir a la ciudad del muro y que se encontró, contra todas sus expectativas, con ‘la ciudad del Muro’ todavía flotando entre 1989 y los ‘90. Aunque ese anacronismo también sea una alucinación traída desde Argentina.