METALITERATURA

Revista de literatura

Fonoteca de lexías y antropofuguismos

6/7/2021 Comentarios

 

Posfacio del poemario Antí(eu)fon(í)as, por Nicolás López-Pérez

Si en Atrave(r)sar –poemario anterior–, Ana Abregú desafió a la vivencia como forma de acceder al lenguaje, a partir de incisiones y fragmentos que pueden leerse como poesía y que cuestionan la idea de legibilidad y permanencia que cada texto logra con su significado, en Antí(eu)fon(í)as presenta una serie de secuencias que montan y desmontan pequeños dioramas donde la poesía aparece ya no como certeza, sino como posibilidad.

 

 
Por:   Nicolás López Pérez

Los textos que componen el volumen son operaciones que abandonan la construcción de algo mayor. En efecto, fugarse de los márgenes de lo que pueden ser las funciones autor(a) y obra. La institución literaria y sus diferentes conflictos de intereses (algunos en sus cruces con el fetichismo que determina al trabajo intelectual como una cosa susceptible de valor y, por tanto, de competir en el mercado con otras mercancías avaladas por el marketing y las estrategias –y estratagemas– de la publicidad) van fijando –en el inconsciente creativo– las formas y maneras destinadas al cómo escribir. Y no es que los textos vayan pareciéndose unos con otros, sino que quedan al arbitrio de una maquinaria que los excede y de la que participan, la referencialidad que, a la postre, es legitimación y pertenencia.

Abregú ejercita algo que puede ser visto como contrapoético, que va contra el poema inclusive. La forma es un camuflaje que existe solo en función de cómo leer los desplazamientos y precisamente eso ocurre en una superficie que ya no es visual, sino sónica. No  trata de esto de cómo suena mejor o peor, sino de cómo suena la voz que hay detrás de todas las cortinas y que ejercita la técnica de articular una lengua inconsciente en reversa. O tal vez de desarticular una lengua consciente en una dirección que vaya a cualquier lugar menos al origen y la identidad.

Recuerdo un ¿cuento/aforismo? de Franz Kafka que en alemán tiene seis palabras (Ein Käfig ging einen Vogel suchen) y que en castellano es difícil reducir de las ocho (Una jaula salió en busca de un pájaro). La extensión y la tarea del traductor no son el tema aquí. Sino puede ser la inversión del sentido de lo que estamos pensando, como el notable ejercicio poético que también hace Peter Handke en su texto Die verkehrte Welt (El mundo invertido). La posibilidad de ir en reversa o bien, el constante hecho de la fuga. Una fuga que es, contra todo, una antropofuga. Esto último, un ruido que viene de un texto casi baladí de Julio Cortázar, pone a las hormigas como las reinas de la creación, ¿y cómo crean estas? Cargando la materia prima, colaborando las unas con las otras en las actividades vitales. El trabajo de Abregú, en esta oportunidad, se nos presenta como las palabras van cargando la materia prima de algo que está a punto de ser y no ser, al mismo tiempo.

En Antí(eu)fon(í)as se asoma un hablante lírico que merodea por distintos fragmentos, a veces en presencia, otras en ausencia. Y que no necesariamente coincide con una autora o un autor. Dice el número 200: “Escribo para comprobar que existo”. La escritura tiene que ver más con una trayectoria, como ese cargar de la materia prima que llevan a cabo las hormigas. Todo nace en un lugar y se acaba en otro o en el mismo. Como un Big Bang que abre un universo. Como un dios que se suicida después de crear el mundo. La primera es la tesis del astrónomo belga Georges Lemaître. La segunda, del filósofo alemán Philipp Mainländer. Huevos cósmicos hay por doquier. Las alusiones hechas no son casuales. La idea es tratar de darle cuerpo a ese mito de la inspiración tantálica que se derrama del proyecto escritural de Macedonio Fernández y que baña la materia prima a la que Abregú solo le recuerda que es literatura o, exagerando un poco, pone a la escritura como una condición de posibilidad de algo impreciso. Y lo hace a través de procesos y operaciones de desfragmentación en unidades poéticas que pese a ser ordenadas, decantan y se abren paso entre una zona donde tienen lugar el caos y las fracturas de la autora.

En efecto, ahí es donde cobra sentido el término “lexías”, ruido cuyo rastro prefiero situar en la cartografía que Roland Barthes en uno –de sus híbridos– libros, titulado S/Z (1970) trazó a propósito de escrituras fragmentarias y fragmentadas. En Antí(eu)fon(í)as la prioridad no está en saber ni qué se fragmenta ni por qué ni cómo ocurre. La pregunta es un cercano y distante “para qué”.

¿Para qué, a estas alturas, fragmentarse al hablar, después de haber desfragmentado la materia prima? Sin ánimos de evadir la pluralidad de lecturas ante la fragmentación de la perspectiva (pensando en la división entre sujeto y objeto), queda a la intemperie el realismo capitalista y las sociedades de control algorítmico. En el algoritmo hay algo de ritmo.

La inspiración tantálica pone la música y el baile es la comprobación de la existencia de quien habla, no para saberse hablante, sino escribiente (en la lexía 200) y, a la postre, viviente. Con todo, un extracto del cuento de Macedonio:

“Un Hecho, un hecho que enloquezca de humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre, por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación, meramente concebido por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia el No-Ser todo lo que es” (Textos selectos. Buenos Aires: Corregidor, 1999, p. 52)

La escritura, antes, como una trayectoria, pero también como un hecho y un estado. El mundo es todo lo que acontece, propone Ludwig Wittgenstein al inicio de su magistral Tractatus Logico-Philosophicus (1921). En esa lógica, el mundo que crea la escritura es todo lo que acontece en el acto de la escritura mismo. Y como acto, en la inscripción del cuerpo y la mente, es finito. Como estado, incluye o excluye otros estados subalternos que se forjan en el radio de la ficción, más allá de lo que un No-Ser pueda ser. Vuelvo a la idea de los huevos cósmicos de Lemaître y Mainländer. Una creación donde una nada explota y las esquirlas de la misma caen en millones de direcciones. O una creación que es abandonada por su creadora.

El huevo cósmico de Abregú conjuga ello y, además, la capacidad de tensionar ese No-Ser de todo lo que es (me remito otra vez al relato macedoniano). Por ejemplo, en la lexía número 110: “En otras palabras: te extraño; en estas palabras: no existes”. Y quedarse en el texto aún, no ser lanzado. El momento intermedio de la significación es interesante, porque aún puede significar. Lo pre-significado como ese cargar de la materia prima que algún sentido tiene o no o cabe preguntar: ¿por qué escribe usted? ¿Escribe que escribe cuando escribe?

Y la trayectoria de lo pre-significado, lo que significa la tarea de Hefesto, la forja desde el fuego mismo los instrumentos del cielo, se inscribe en el acto mismo. No es posible salir del hecho en que la práctica escritural se lleva a cabo. Ahí un enclave interesante entre vida y obra que no es el único. La medida es cómo rastrear el trozo de moira, del trozo de vida que le toca a cada cual vivir, en la escritura. La gran pregunta es cómo se filtra. Y no hay receta para responder. Abregú (se) sorprende en la lexía 91: “Empujar el trazo, el signo, hasta que el sentido se tache a sí mismo”.

¿Y puede que todo esto no tenga sentido? Sí. No. Escrituras como las de Abregú, en esta ocasión, son anfisbenas y aporemáticas. Quiero decir, van en dos direcciones e incluso pueden contradecirse. Y se hace ver en la lexía 57, con el juego de Oitos Rossi de V e Y. 

Y con todo, hay palabras que le hacen falta a los idiomas para

Vibrar y mencionar algunas formas del amor; hay algo en la palabra que lo nombra que desvaloriza su verdad, como si lo demeritara.

 

Y lo que nombra la palabra siempre será más que la palabra. En el espacio fuera del lenguaje está este libro de Abregú y, contra todo muro sintáctico, el sonido es el sedimento que cada incisión al lenguaje deja. Por ejemplo, en las lexías que usan el paréntesis como otros modos de leer, de significar o de significar todo y nada a la vez. En la número 10:

 

“En todos mis h(esf)ue(r)sos

talla el poema

presagios afinados

ofrenda implícita

de no comu(for)nicar

sino cincelar”.

 

O en la número 99:

 

“Hay b(v)e(r)sos que se clavan como esquirlas

se inhuman en la memoria del poema”.

 

Hay lexías que paladean un sonido y se transforman en teorías y sonoridades que se esparcen por toda la página. Y los sonidos producen conciertos y desconciertos, para dejar ver la porosa textura de ese intersticio creativo de la escritura, donde el hablante lírico está siendo construido, está siendo tutelado por una persona de carne y hueso. Desde la lexía, leer. Algo que se puede esfumar a medida que avanza el texto. Abregú da y quita sentido. Lo presta. Lo confiere. Lo revoca. Lo retroalimenta. En el espacio en que la sinapsis interactúa con la producción y destrucción de sentido, oído a oído, decidir una lectura posible y una imposible. Llevarlas a cabo a como dé lugar. El texto en su conjunto, entonces, como describe Barthes es un "tejido", de estados de escritura, de vaciamiento de inspiración tantálica donde el No-Ser es ajusticiado en la traslación y repetición de los significados. A veces aparecerá la autora para desaparecer. Por ejemplo, en la lexía número 182: “Quién sabe, la literatura cicatriza en algún momento”. La escritura como una herida siempre abierta, ¿y la lectura? Véase la lexía número 177: “Leer, proceso geológico, vivir en los abismos tocados por el lenguaje como el explorador de capas minerales”.

Y de proceso geológico, leer la página, un trozo de naturaleza y un libro que fue un árbol alguna vez. Un árbol que fue una semilla, una semilla que fue el suelo mismo y que creció en las entrañas de la tierra. “Geología de los medios” en cuestión como sostiene Jussi Parikka en un ensayo más que actual titulado de igual forma y que la editorial argentina Caja Negra ha tenido bien a publicar este 2021 en traducción. Y de la geología a la espeleología, la caverna oscura que contiene un mensaje arcano, tal vez una escritura inscrita, dice la lexía número 176: “De qué está hecho el poema: de asuntos antiguos; restaura penumbras que intenta reverberar”.

La poética que Abregú problematiza en Antí(eu)fon(í)as es materia prima y proceso creativo que van sonando en el instante que otra certeza ya no es posible. La lexía número 205 es decidora: “El amor tiene otro nombre / que no se restituye en la escritura”.

La restitución no tiene lugar, porque nunca se ha poseído. Es una inversión, en sentido monetario y en sentido de posición. Algo que se altera, que va y viene. Introduce, la marca de la autora que se difumina, pero que hereda a sus lectoras y lectores la heterogénesis (véase la hermosa conversación entre Juan Luis Martínez y Felix Guattari).

 

De una nueva raza de poemas o de grafemas cuyo sonido es el amanecer que estaban esperando. Abregú se despide, en algunas lexías, del oculocentrismo tan abundante en la poesía. Y quizás una chance de segunda mano. Qué quiero decir con esto. Leer las lexías como si ya hubiesen sido leídas. Como un plato recalentado y comerlo como recién sacado de la olla, recién servido.

Los textos de Antí(eu)fon(í)as buscan su propio tempo mítico más allá de todo mito, donde la partitura no empieza ni termina (porque no es relevante ni el inicio ni el fin), no así la escritura que fue una ilusión (como si todo nunca hubiese sido escrito) de una persona ensayando el delicado sonido de un estado transitorio cercano a la antropofuga, una hormiga que lleva la materia prima directo al reproductor de la melodía.

El libro es un gran repositorio de posibles audiciones, una hermosa fonoteca. Ya no hay eufonías que queden con cabeza, las antífonas vienen a cantar las V, las Y, las fugas del cuerpo de un lenguaje a otro. Su sonido es la posteridad de una elección imposible: la página anterior.

La coda de Oitos Rossi es inmejorable, resume una poética de la evolución de la que este libro es partícipe. Aquí las lexías son vermiformes, tienen forma de gusano, se enroscan hacia dentro, reposan y llegado el momento, se convierten –por sí solas– en mariposas que a su vez son trayectorias que Abregú dibuja con rostro de efímeros infinitos, para fugarse en sus propias huellas, acaso sus derroteros en una apresurada y lenta desaparición, pero desaparición, al fin y al cabo. Como un arpegio reverberante en un rectángulo de papel ahuesado.

 

Rancagua|Chile, 28abril/18mayo-MMXXI

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Ana Abregú.

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