METALITERATURA

Revista de literatura

Por encima de cualquier prejuicio.

7/13/2021 Improbables

Sobre Envejecimiento ilícito de Eduardo Méndez.

En los infinitos e indescifrables trazos que pueden templarse con las palabras, pululan por entre sus pasadizos mórbidos y suaves, los que simulan ser los caminos apropiados -o recomendables-, o los que deberían ser tenidos en cuenta para no pensar que los significados son solo una estampa adosada a la superficie. Comprender que solo son partes del naufragio de los abismos posibles cifrados en la fuga de sentidos que colma la juntura de las letras es otra tarea.

 

 
Por:   Rotundo Laura

La parafernalia narrativa no se abisma con la sola práctica de los encuentros del recurso, ni la doble significación de los endebles bordes, sino que prolifera en marcas que son cómplices de otros sentidos, al tiempo que desdibujan las curvas de su ilusión repetida. Si escribir es registrar, perdurar inmortal en un trazo, simular el olvido de la letra es negar su sino. La escritura es la brecha imborrable que interpela lo imposible en vertientes inconexas de atávica simulación y reconocida máscara. El cuerpo de M, en la novela de Méndez, da cuenta del paso del tiempo en esa escritura que olvida para no escribir, que escribe para no saber, que recuerda para permanecer y simular. El despliegue cruel y fático de incultura y acumulación de dinero, de poder y engaño, son la clave que interpela al lector en la narración tosca de un personaje sin estudios que logra ser parte de esas elites dejando en claro lo poco que se necesita para ser quien maneja el sistema y no quien lo padece. Una única escuela puede reunir en un solo personaje la viveza infame, la ausencia total de empatía y el gusto por el dinero: la calle y el desamor producto de una infancia triste y miserable.

Su gusto por la escritura de lo íntimo es el vicio del exhibicionista, el duelo entre el arte y el propósito desmedido no conjuga las partes sino que atraviesa la pluma de ese narrador que no se confunde en un antes y un después inmerso en la desmesura de sus actos, la impunidad de su mole inescrupulosa de acciones propagadas en la miseria ajena que han socavado la felicidad de tantos y no han alcanzado, ni siquiera multiplicados en miles de billetes vacíos, para abastecer la propia, sino que se extienden en falsas enmiendas para sus maniobras viles y no deja nunca, ni antes ni después, de contar que no tiene remordimientos, sino que el buen resultado de su fortuna valieron la pena y el dolor del vulgo anónimo que conforma la mayoría de las personas que viven en el país. A pesar del anonimato de los personajes reales del poder político resguardados por detrás de las letras sueltas, es posible pensar las sagas críticas de medidas de una nación en relación con los monstruos de la historia reciente que hace de marco en la historia contada.

Como en un cuento de hadas trunco, el malo no se hace bueno ni recibe un merecido por sus fechorías, ni siquiera en la soledad ínfima de su vejez la falta de seres queridos que lo acompañen y lo quieran es percibida como pobreza o ausencia, sino como un merecido descanso después de tantos años de trabajo y esfuerzo en beneficio propio y perjuicio de todos los demás habitantes. Cuenta sin descaro e invirtiendo el tiempo, la vejez es el presente de un pasado sin ataduras a la moral o al deseo de otra prosperidad mayor que la acumulación de dinero, que su objetivo de vida es positivo para él y suficiente para lo que sea que a otros les cueste. No repara en el exterior porque le es inexistente y ajeno, en esa crueldad radica el espanto de saber lo cierto de los acontecimientos históricos relatados.

El principio de la narración es el final de su vida, pero M no le teme a la prisión domiciliaria porque su casa costosísima es cómoda y hermosa, lugar de privilegio en la que ha sabido acumular objetos preciados que confortan su mirada ausente de otro anhelo que no sea glotonería económica. La lectura de esos fragmentos incomoda por su lograda agudeza y desinterés, allí donde el personaje no se lamenta de sus actos, el lector experimenta un desagrado total a la raza de políticos que se refleja en este personaje vacío de humanidad y que ha sido elegido por la gente. Lo que parecería una contradicción refleja de alguna manera no solo a las clases dirigentes, a quienes descubre en sus argucias, traiciones, manejos y coimas sino también a los que, ajenos a saberse manipulados, han colaborado en que esos especímenes concreten las bancas políticas que condujeron al desmedro económico y político del país y el socavamiento de la dignidad de la gente.

La figura literaria que invoca es la del viejo Vizcacha, sus enseñanzas son el descaro, el desamor y la estrategia inescrupulosa; nada de eso tiene aspectos negativos en la voz de M ya que -aclara- son realizados con un objetivo que se cumple ampliamente en su vida. Eduardo Méndez nos introduce con su novela en la mente infame de M logrando incomodar al lector ante este poderoso ejemplar de la política argentina en un momento bisagra de la historia del país, lo único que nos salva ante tanta impunidad es pensar que la ficción pueda reivindicarlo y dejarlo en el plano de la novela para siempre.

 

 

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