La tierra del silencio

Sobre Ostubo, M. C. (2012) Kawanabe. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Series O.

Todo parecería indicar que la novela cuenta un viaje.

Todo parecería indicar que la novela cuenta un viaje. Narrado sobre una estructura sencilla donde la relación causa-efecto está entramada a partir de la idea de causalidad, en la necesidad de existencia de ese otro que irrumpe para trastocar el sentido del camino, la historia traspasa las fronteras occidentales para internarse en el mundo oriental, exótico, desconocido, inaprensible; allí, en esa circunstancia involuntaria, en esa otra forma del lugar que se extiende escondiendo los sentidos que no podemos comprender desde acá, sucede el texto -ese otro-.

La viajante -intensa sombra que accede a la luz brevemente en su pasar por la palabra- se interna en Japón segura en lo desconocido, segura de su pasado, del espacio, de las posibilidades de la narración. Personaje sin nombre narrado por una tercera persona que espía en itálica sus incomprensibles pesadillas dislocadas, intensas, inmensas, respeta sin vacilación el rumbo geográfico preestablecido mientras accede, casi sin percibirlo, a la resignificación de la razón misma de su viaje.

La palabra, elemento primordial imprescindible de la comunicación y la explicación, va a ser la que trastoque el sentido dando otra profundidad a la trama. Si bien el motivo del viaje es la búsqueda de identidad, la clarificación del pasado de Susan -nombrada cuando logra tomar entidad y personería en la novela, cuando recupera su voz y su inquietud para ponerla en juego ante la imposición de la narración del otro- va a aparecer inmiscuida entre los pliegues y presta a desenvolverse sostenida por las circunstancias, es decir entretejida fuertemente al cuento y a cómo vaya transitando el programa del viaje, la pregunta por el sentido, por el formato, por la idea que representa ella misma.

La trama que se construye -se sostiene y realimenta- alrededor de la idea de reconstrucción, que se transfiere a lo largo del relato de la historia vivida del viaje -verídica en la ficción por doblemente sugestiva, doblemente contada y compartida, doblemente existente y necesario, casi programática- al sentido del trayecto, de un itinerario relacionado con el comprender el pasado a partir de la escritura del otro que escapa a la palabra, a la comprensión, a la herencia.

La historia contada por Hashimoto no va a ser solo un marco del relato, sino que va a redireccionar, en esa doble idea de contar, el sentido del itinerario. El viaje se multiplica en la idea de regreso de donde nunca se ha ido. La huida del padre es suturada -de alguna manera- en el reencuentro con un pasado desconocido e incomprensible. La ausencia del relato del pasado, la ausencia de personajes, de casas, de cosas, de conocimiento, dificulta la comprensión que está doblemente jugada en la idea de sentido.

Escritura y reescritura, oralidad y traducción, intimidad, transducción, van tomando forma ampliando el recorrido estático del paseo. Hay entonces otra novela allí, en el borde, en el límite mismo de esa historia que se codea con la palabra que la enuncia, donde descree de ella misma y comienza a narrar, a partir de silencios, una búsqueda que si bien no profundiza ni imprime certezas, inaugura preguntas abriendo paso a la confusión que llama a indagar, a preguntar, a repensar.

Desde el lugar de inocencia que instaura el desconocimiento, el arriesgarse sobre el vacío, el exponer las emociones más íntimas, el tránsito por el abismo de los recuerdos ajenos que construyen la historia, la sensación de irrealidad -varias veces nombrada- que vive cuando la otra historia irrumpe en la suya para cambiar, no su recorrido sino su camino, el camino de su historia, su pasado, exacerba el carácter ficcional de la ficción.

A partir de un cuerpo sin rastros, sin rasgos donde solo el nombre -apellido paterno, herencia de una raza olvidada, censurada ¿hasta dónde puede borrarse el pasado? - registra el pasado, la raíz donde no hay más que el recuerdo de silencios, la búsqueda del pasado logra construir-se a partir de la escritura: la propia y la ajena que se incorpora a su itinerario delineando los sentidos que el recorrido intenta asimilar, conjugar, conjurar.

En ese comprender inaccesible de una escritura ajena, en ese dibujo inentendible pero atesorado que es letra y es ilegible, revelador por ser en sí, donde el hecho de entender completa -a partir de la tercerización de la comprensión, del poder de comprender la otra palabra, la no dicha pero deseada, sentida y robada- la ambigüedad del signo, Obstubo reformula la relación del signo agregándole un componente contextual que no está anclado en el contexto mismo sino que es un componente que provoca un acceso denegado al sentido que circula al enunciar la palabra.

Si el pasado está sostenido, contenido, conjurado por un canal externo, atravesando otro cuerpo que procesa y deglute devolviendo palabra; si saber, entender, comprender, depende de otro que traduce eligiendo el contenido que se adecúe a la intención, la narración misma reverbera incandescente y parlante en múltiples sentidos en la lectura y en la escritura, en la escritura y la palabra, en la voz del que habla, lee, escribe y vuelve a leer.

Kawanabe es el destino del sentido, no solo del pasado sino del entender la palabra que no es inentendible por extranjera sino por externa, promiscua, ajena y propia.

En esta novela, María Claudia Ostubo revela una notable percepción de las imágenes poéticas que, a partir de silencios y dilaciones, se entrelazan con el flujo narrativo exponiendo un movimiento calmo que acompaña el ritmo de la narración.

 

    Estudiante de Letras en la UBA. Profesora de Lengua y Literatura en secundarios y en el Instituto de Formación docente N59 de General Madariaga. En Madariaga, coordina un espacio cultural que incluye biblioteca y taller literario

DESTACADOS

El amor en un monstruo de dios de Luciana De Luca

En esta interesante novela se navega entre los intersticios de los sentidos. Primero llegan las moscas, desde la perspectiva del libro de Sartre, sobre el efecto de lo individual y lo colectivo que C.G Jung denomina proceso de individuación o autorrealización, considerados arquetípicos; las moscas, metáfora de conflictos bajo fuerzas incomprensibles que se hacen visibles en la presencia del insecto, zumbidos, olores, presencias mínimas que saturan el texto de síntomas de opresión; la narración transcurre en todo orden, vivos, muertos, actos, una pulpa densa en la que se construye un vivir.

 

PERSONAJES

El corazón es habitar la experiencia y el ritmo

Pasquale Mesolella, I giorni della pandemia. Prato: Pentalinea, 2024.

 

[Este es tal vez uno de los libros más emocionantes en la obra de Pasquale Mesolella (Teano, 1949). Va dedicado a “tutte le persone, note e ignote, conosciute e sconosciute, vittime inermi ed innocenti del covid o della guerra ucraina”. A simple vista, puedo decir que se ve a un poeta desprovisto de artilugios del lenguaje y que consagra la escritura como si su mano fuese un sello de lacre. Un poeta que se ha convertido en un reportero de un tiempo álgido que no está tan lejos y que continúa a hacernos eco. Los primeros textos de esta colección corresponden a enero de 2019 y los últimos, como el prólogo, se remontan a septiembre de 2023]

 

DRAMATURGIA

Mi novia del futuro de Anto Van Ysseldyk por Ana Abregú

«¡Como si se pudiera matar el tiempo sin herir a la eternidad!».

(Henry David Thoreau)

 

El viaje en el tiempo es un tópico complejo, sobre todo durante una obra teatral, donde la comparación entre temporalidad se debe resolver en un espacio reducido. Esta situación se metaforiza en un escenario con elementos de luz y desplazamientos en espiral, haciendo y deshaciendo el tiempo en el espacio, tal como se define el tiempo mismo, una tela, una autopista peraltada.

 

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